La pregunta más relevante de toda la humanidad…

16 agosto 2013

Me hacía la siguiente pregunta a mi mismo:

“Mi mismo… ¿crees que exista en el mundo una pregunta tan importante para resolver que, de hacerlo, todo cuanto existe en el universo adquiriría un sentido diferente? Es decir ¿Cual es la que considerarías como la cuestión más relevante de todas? Esa que si, llegases a descifrar, todo lo demás terminaría siendo irrelevante…”

Habiéndome sorprendido a mi mismo con la complejidad de dicha reflexión, me puse a meditar sobre ella.

¿Cual podría ser esa única pregunta tan relevante? Es que de existir, me parece que todos los hombres de ciencia, los investigadores, los buscadores y, por ende, prácticamente cualquier ser humano sobre la faz de la tierra se debería de abocar a resolverla prioritariamente.

Cual sería esa pregunta que, de resolverse, todo cuanto hacemos, todo cuanto vemos, todo cuanto somos adquiriría un sentido completamente diferente, o mejor dicho aún, adquiriría o perdería el sentido por completo.

Tras varios días de darle vueltas a esta idea en mi cabeza, llegué a la siguiente conclusión:

La pregunta más relevante es, sin dudarlo…  ¿Dios existe?

Así es, me parece que esta ha sido, en resumen, la gran cuestión a lo largo de todos los siglos de humanidad que hemos acumulado.

Algunos creemos haber encontrado una respuesta afirmativa a esta pregunta y otros lo piensan en sentido contrario, pero sea como sea nuestra postura, me parece que en el corazón de cada hombre, creyente o no, siempre habita un resquicio de incertidumbre que queda sin resolver, y de ahí la relevancia de esa cuestión.

Los creyentes asumimos que tenemos certeza suficiente, más no plena de la existencia de Dios. Los no creyentes, de igual manera, argumentan tener un grado elevado de certeza respecto a la inexistencia de un creador todopoderoso. Pero en ambos casos, dicha certeza no es absoluta.

Por eso, me parece que una respuesta definitiva a la pregunta ¿Dios existe? sería la que eliminaría tal duda latente en ambos corazones y nos uniría en una sola postura, misma que haría que nuestro actuar en el mundo se transformara por completo.

Si Dios existe, y tuviéramos la capacidad de resolver su misterio a prueba de toda duda, los hombres sin excepción, se dirigirían a Él en cada acto,  en cada pensamiento y en cada emoción. No dudaríamos en procurar el bien tal y como Él lo propone con todo esfuerzo, sabiendo que si fallamos en el intento, el Creado estaría ahí para ayudarnos a mejorar. Si las pruebas de Dios fueran irrefutables, los hombres sumirían su compromiso con Él sin miramientos y sin escatimar sus designios.

Presidentes, gobernantes y directores ocuparían cada minuto de su tiempo en llevar a sus gobernados hacia la verdad de Dios. Concluiríamos que, aunque los hombre somos falibles e imperfectos, el destino de la humanidad estaría protegido por la esperanza que Dios siempre nos ha ofrecido y prometido.

 

Pero si resultase que la respuesta a la pregunta de Dios,  fuese en sentido contrario, es decir, que se demostrara la inexistencia de su ser, entonces el mundo se alinearía en forma distinta.Nos habríamos de dar cuenta que como humanidad estamos solos, a la expectativa de lo que se nos ocurra en el momento.

No habría un por qué más grande que el beneficio que como comunidad pudiéramos lograr para nosotros mismos. Las leyes humana serían las normas finales y nuestro deber por apegarse a ellas quedaría supeditado, en gran medida, al miedo que podamos tener de la fuerza pública por obligarnos a hacerlo.

De igual manera, si resultase que Dios nunca existió, entonces entenderíamos que la suerte jugó a favor de los hombres en una escala evolutiva, pero temeríamos que esa misma suerte se terminara en cualquier momento una vez que la naturaleza y sus leyes caóticas y caprichosas así lo provocarán. Seguramente Iglesias y templos serían cambiados por centros de gobierno o museos históricos en memoria de la incredulidad humana. En resumen, la humanidad dependería únicamente de si misma.

Pues bien, así fue mi reflexión.

Toda ella me llevó a considerar la importancia de la posible respuesta que tengamos a la cuestión sobre la existencia de Dios.

Desde luego que yo me incluyo entre quienes tienen la suficiente certeza racional y emocional de que Dios existe, pero también me permitió entender que esta misma certeza puede habitar en sentido contrario en el corazón de muchos otros hombres. Por mi parte, creo y siento que Dios existe, pero aún así, cada día salgo a buscar pruebas que me ayuden a verificar que esto es así.

Me declaro un buscador permanente de la verdad de Dios, pues si Él existe… ¿Que otro asunto podría ser más relevante?

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Tu peor enemigo

8 julio 2013

Hola:
Permíteme presentarme: Soy tu peor enemigo.

Lo digo en virtud de que tengo enorme poder sobre ti, soy capaz de dominarte, influirte, destrozarte y, lo peor para ti, paralizarte.

Mi dominio sobre tu persona obedece en gran parte a que eres tú mismo quien me ha permitido someterte. Conscientemente o no, todos los días me abres las puertas y me dejas revolver tu interior a placer. Y es justo esta acción la que más control me da sobre ti.

No te confundas, cuando no has podido lograr una meta, he sido yo quien te lo ha impedido. Cuando te has sentido deprimido y desesperanzado, soy yo quien está provocando dichos sentimientos. Igualmente cuando has truncado una dieta, un proyecto o una relación amorosa, soy yo quien se adjudica tu fracaso. Si, siempre soy yo, tu peor enemigo.

Tus dudas de fe, tu falta de perseverancia, tu mal humor, tu egoísmo, ira y pereza yo las ocasiono en ti. Y eso es justo una muestra de mi poder sobre tu persona. Te domino y te controlo a placer.

Es más, me atrevo a decir que si no piensas hacer nada al respecto con mi presencia en tu vida, si tan solo te limitas a seguir omitiéndome, yo no pienso cesar mi fuerza sobre ti. Si tú no me lo impides, como no lo has hecho hasta hoy, seguiré manejándote a mi placer.

Soy tu peor enemigo y sabes que así es pues durante años me has tenido junto a ti y no has hecho nada por controlarme.

Así que, si no tienes inconveniente, seguiré actuando contra ti, mientras no estés dispuesto a permitirme lo contrario.

Atentamente: Tú mismo.


Hijo, te amo por que eres tú.

28 diciembre 2012

Soy padre de tres hermosos hijos que día con día me enseñan algo nuevo del mundo. Podría pensarse que mi labor como su papá es la de mostrarles el mundo  y educarlos para que se puedan desenvolver en él, pero la verdad es que quienes han tomado el papel de instructores son ellos y el alumno soy yo.

Es maravilloso lo mucho que disfruto cada paso, ocurrencia, aprendizaje e incluso cada caída de mis pequeños. Su mamá y yo podríamos pasar horas enteras admirándoles, no esperando que hagan algo en particular sino simplemente observándoles ser, pues para que un padre quiera a su hijo no hace basta que este último haga algo en especial, tan solo que “sea” quien “es”.

Quienes son padres como yo , no me dejarán mentir. No se necesita de su parte acciones extraordinarias para que se les ame. Así como son, o más bien, como van siendo está bien. No hace falta que acumulen fracasos ni éxitos para demostrarme nada. El amor de un padre por sus hijos encuentra su mayor profundidad justo en dicha simpleza.

Es más, personalmente puedo decir que uno de los momentos en que más gozo contemplando a mis hijos es cuando entro a sus cuartos por las noches y los veo dormir. Justo ahí, en ese espacio de quietud y paz es cuando más puedo corroborar que los amo por el simple hecho de ser quienes son, no por que estén haciendo algo en particular.

El amor verdadero es incondicional y es por eso que la familia es el núcleo central del amor pues es, por mucho, el único lugar del mundo en donde se te quiere por que si.


Ser hombre (V)

24 septiembre 2012

Ahora hablemos de la mansedumbre.

Definámosla como la virtud que nos permite tener control sobre nuestras emociones explosivas. Si, desde luego que tiene en común con la templanza que ambas buscan regular un impulso, solo que, mientras el enfoque de esta última, es la lujuria, la mansedumbre busca regular principalmente la ira.

Como ya mencioné en anteriores entradas, el hombre es un ser cuya vocación es la protección y la consecución, para lo cual Dios le ha provisto de cualidades muy particulares: fortaleza física, capacidad en enfoque, una mente orientada a los datos y otras cualidades que hacen que el hombre se sienta especialmente capacitado para la lucha.

Pero una cualidad sobresale: la fuerza. El hombre es un ser preparado para resistir, contener y arremeter, que son las principales manifestaciones de esta cualidad. Sin embargo, esta misma fuerza le pueden llevar en múltiples ocasiones a denostar cólera, sobre todo cuando siente amenazada su “supuesta supremacía”.

En nuestro país le solemos llamar “machísmo” al denigrante fenómeno que se da en un hombre que se impone por la medio de la fuerza (física o psicológica) ante una mujer. De hecho, se dice que en América Latina el “machísmo” es un problema relevante y apremiante de erradicar.

Un hombre que usa la fuerza que Dios le proveyó para arremeter contra el objetivo incorrecto es un ser inmaduro y primitivo incapaz de gobernar su propia “hombría”.

Por eso, la mansedumbre es la virtud que, inculcada desde la infancia, lleva al hombre a entender el verdadero sentido de su fuerza: proteger para enaltecer. Si el hombre es fuerte, lo es por que Dios ha querido que sea la columna que sostiene la estructura de la vida, más no para que sea el martillo que la destruye.

Un hombre que se increpa y encoleriza con facilidad es, a todas luces, un hombre falto de formación y carácter.

Así, la mansedumbre tiene como objetivo que el hombre regule su fuerza, su carácter, su poder para ponerlo al servicio de los demás y no de él mismo.

Mansedumbre viene de “manso” y bien podemos recordar que el mismo Jesucristo nos llamo a ser “mansos y humildes de corazón” (Mt:11-29), por que sabía mejor que nadie que los grandes hombres no son quienes demuestran gran fortaleza física sino espiritual.


Ser padre…

8 diciembre 2011

Cuando uno solo vive el rol de “hijo” es muy difícil entender muchas de las posturas de un “padre”.

Al inicio de la vida el papá es probablemente la figura más admirada de todo el universo. Uno, de niño, quiere igualar el heroísmo paterno, ese que se presenta en cada momento de nuestras incipientes vidas. “Papá es lo máximo”, “Yo quiero ser como él” escuchamos decir a nuestro pequeños infantes.

Pero pasa el tiempo y de pronto se nos viene el rol de “adolescentes” y la figura paterna adopta una nueva perspectiva. Papá yo no es el héroe de la infancia ni el súper hombre a seguir. De hecho, por alguna extraña razón, se empieza a convertir en todo lo contrario. Papá empieza a ser un molesto e incómodo supervisor cuya función aparente es la de perjudicar nuestra propia forma de ser. “Déjame en paz” ,”Tú no me entiendes” son expresiones que salen imprudentemente de nuestra boca en la juventud.

Pasa el tiempo, crecemos, y estas visiones radicales de heroísmo y antagonismo dejan de tener sentido cuando los hijos pasamos al rol “profesional”.

Aquí papá es una figura bastante igual a nosotros, empezamos a notar que es un ser humano tan falible como lo somos nosotros también. Sonreímos ante el recuerdo del héroe que alguna vez vimos y empezamos a entender que como nos vemos, él se vio y como él se ve, algún día nos veremos.

Y en esta situación podemos estar por varios años hasta que un día sucede algo que cambia por completo nuestra visión de la paternidad: nos volvemos padres nosotros mismos. Y ahí todo empieza de cero. Nuestro rol de “hijo” se confunde con el rol de “padre”.

Al sucederemos este milagro se nos viene a la mente justo ese camino que nosotros recorrimos con nuestros viejos… “héroe”, “villano”, “ser humano” y no nos queda más que voltear a ver a nuestro propio padre, ahora convertido por nosotros en abuelo, y comenzar a verlo de una manera muy peculiar: “de igual a igual”.

Reflexiono todo esto pues en estos momentos de mi vida estoy convertido en el héroe de tres pequeños que me ven con gran entusiasmo y alegría. Me esperan todos los días en casa y se desviven por imitar lo que yo hago a cada momento. Me encanta, si, pero también me avisa que ahora el rol que alguna vez juzgué, para bien o para mal, me toca asumirlo y  permitir que la historia se repita. Me inquieta.

Esa es la grandiosidad de la naturaleza humana… predecible pero al mismo tiempo misteriosa.

Y es entonces que sucede algo muy extraño.

Aquel hombre que empezó siendo súper héroe en nuestra infancia y a quien nosotros mismos nos encargamos de arrancarle la capa en la adolescencia, al ser padres le volvemos a reconocer que jamás dejó de serlo. Viviendo el rol de la paternidad nos percatamos que, aunque  no lo quisimos aceptar, nuestro propio padre jamás dejó de ser súperman.

Gracias papá!!!

 


Aprender a ser… siendo.

6 julio 2011

Existe una paradoja interesante en temas de educación. Y digo que es interesante pues es tal el impacto que ha causado en mi vida desde que la descubrí que prácticamente ha captado todo mi interés profesional como formador…

La paradoja es la siguiente:

“La mejor manera de aprender a hacer algo es, de hecho, haciendo ese algo”

Esto expresión suena obvia y reiterativa, pero en realidad se trata de el principio formativo más elemental de todos.

“Solo aprendemos de manera significativa aquellas cosas que hacemos y practicamos todos los días”

El mejor médico, lo es una vez que ha practicado por varios años la medicina. El mejor constructor de casas, lo es solo cuando ha alcanzado la práctica suficiente para completar cierto nivel de maestría.

Ahora bien, seguramente se estarán preguntando… ¿Pero como es posible que aprendamos a hacer algo haciendo algo que aún no sabemos? (este trabalenguas es justamente la paradoja)

La libertad humana lo hace posible…

Desde que Dios diseño al hombre, a su imagen y semejanza, le concedió que pudiera elegir hacer todo cuanto el quisiera intentar. Y es justamente esta posibilidad de intentar las cosas lo que nos permite internarnos en caminos aún no conocidos.

El ser humano no necesariamente debe de saber algo para poderlo intentar, pero es justamente en el intentar esa acción de manera constante que se irá perfeccionando en dicha materia.

¿A donde voy con todo esto?

Verán… en mi labor como formador en temas de desarrollo humano me he percatado que es muy desgastante e improductivo intentar formar los valores de las personas desde la típica perspectiva “academicista” en que un profesor se para en frente de un salón de clases y se pone a hablar todo lo que sabe sobre “cómo ser un buen ser humano“.

Los alumnos que son sometidos a este tipo de enseñanza en la que se cree que el aprendizaje se produce entre más filminas de Power Point se tengan o entre más saliva gaste el expositor, acaban por desencantarse de la materia y nunca llegan a la profundidad que dicho aprendizaje requiere (aprender a ser un gran ser humano es el aprendizaje más importante de todos)

Así que tomando como premisa la paradoja formativa que anteriormente expuse, creo poder estar en condiciones de expresar afirmaciones como las siguientes:

Para aprender sobre justicia… hay que ser justo.

Para aprender sobre generosidad…. hay que ser generoso.

Para aprender sobre amistad… hay que ser amigo.

Para aprender sobre amor… hay que amar primero.

Así, esperando no haberles confundido más con mis divagaciones sobre educación (el tema que más que apasiona de todos), espero poderles haber transmitido por lo menos una simple idea con todo lo anteriormente expuesto…

“La mejor manera de aprender a ser un gran ser humano es, de hecho, intentando ser un gran ser humano”


Actuar en consecuencia

30 junio 2011

Acabo de leer esto…

“Para tener un mejor cuerpo: supón que has sufrido un infarto y vive en consecuencia.
Para tener una mejor mente: supón que la vida media de tu profesión es de dos años y vive en consecuencia.
Para tener un mejor corazón: supón que los demás pueden oír lo que dices todo el tiempo y vive en consecuencia.
Para tener un mejor espíritu: supón que cada tres meses te encontrarás cara a cara con Dios y… vive en consecuencia”


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