Crisis de fe

17 mayo 2013

Las crisis en el ser humano son algo perfectamente entendibles y previsibles.

Fuera de evitarlas, lo que hay que hacer es preparar el alma (y el cuerpo) para resistir cuando estas se presenten.

Todos, absolutamente todos los seres vivos, hemos pasado más de una crisis severa en nuestras vidas, espiritual, física o intelectual.

Si usted piensa lo contrario, entonces es usted un recién nacido o más bien un personaje de ciencia ficción, ante lo cual dudo mucho que se encuentre posibilitado de leer este blog.

Lo anterior me viene a la mente después de que recibí una convocatoria vía Facebook para unirme a una pequeña cadena de oración para pedir por aquellas personas que en estos momentos se encuentren pasando por alguna crisis de fe. Tal invitación se me ha hecho de lo más significativa.

El hecho de que yo sea un autor y pensador católico, no me hace exento de tales crisis. De hecho, me atrevo a decir que me son más comunes de lo que yo pensaría. Las crisis de fe son momentos que todo católico experimenta en varios momentos de su vida.

Defino como una crisis de fe a ese estado en el que uno empieza a dudar de la existencia de Dios y de todo lo relacionado con él. En el católico estas crisis suelen venir acompañadas de serios sentimientos de culpa y remordimientos pues se puede llegar a pensar que la duda es una ofensa severa al Creador.

Sin embargo, permítaseme argumentar en el sentido opuesto.

Dudar y permitirse pensar en sentido opuesto a lo que uno cree no necesariamente es malo ni destructivo. De hecho, muchos filósofos argumentan que este es un ejercicio reforzador de la propia creencia fundamental.

Claro, habrá que estar preparado para la duda ya que si no se tiene la suficiente fuerza mental para resolverla, puede generar estragos en la solidez personal.

De ahí el valor de siempre contar con el apoyo de un guía. Una persona que pueda ser capaz de regresarte al centro, a ese lugar en donde el piso es firme y el horizonte es más claro. Le prójimo se vuelve relevante.

Por esa razón la fe es un tema que se vive mejor en comunidad, en equipo, pues la debilidad que se llega a vivir en determinados momentos se ve compensada con la fortaleza que en esos mismos instantes puede estar experimentando otro compañero. Y así, por medio del apoyo y el acompañamiento, la fe se protege de las situaciones inevitables de crisis.

Así, me uno a esa campaña de oración por las personas que están experimentando crisis en su fe. Adicionalmente, pido por mi alma y por mi propia  capacidad para salir adelante de las mismas cuando estas se presenten.

Soy católico, si, pero también soy hombre y, como tal, la falla es mi constante. Afortunadamente Dios lo sabe y de esta situación sabrá hacernos más fuertes.

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Ser hombre (VII)

3 octubre 2012

A raíz de las recientes publicaciones, me han solicitado si es que puedo proporcionarles ejemplos prácticos de cómo formar las virtudes de la templanza y la mansedumbre en los niños y jóvenes.

A continuación les ofrezco algunas alternativas.

Para forjar la templanza…

1) Procure, primeramente, liberarse de toda culpa emocional que pueda estar sintiendo como padre y que le impida “negar” cosas a sus hijos. Es decir, prepárese para decirle “no” a su hijo muchas veces y sostenerse a toda costa. Si usted tiene una justificación del tipo “yo educo en la libertad” o “no lo limito pues lo quiero hacer independiente” le advierto que puede estar sentado sobre una bomba de tiempo.

2) Acostumbre a su hijo a que la comida es un asunto e horarios, no de antojos. Acostúmbrelo a que solo se come cuando el momento oportuno de hacerlo llega y no cada vez que el apetito aparece. Bien dicen que al hombre se le conquista por la boca, pues bien, esto el diablo lo sabe muy bien.

3) Ofrézcale constantemente a su hijo la oportunidad de renunciar a un beneficio inmediato por uno mayor y mejor posterior. Ejemplo: “Si decides no comer un dulce hoy, te ofrezco dos mañana”.

4) No le ofrezca dinero sin regular su uso. Es preferible pecar de austero en su educación que de derrochador.

5) Permítase negarle permisos y peticiones varias por el simple hecho de hacerlo (si… así como suena). Un hombre debe de entender que la autoridad moral (en este caso representada por sus padres) es suficiente motivo para imponer una orden. Dios no siempre nos explica por que actúa como actúa…. ¿o si?.

7) Aunque su situación económica sea de abundancia, no lo eduque en la misma sintonía. Explíquele en qué ocasiones se utiliza el dinero en su familia (educación, salud, reuniones familiares) y para que definitivamente no. Si su situación es más bien precaria, permítale que su hijo viva y se forje en esta realidad (créame, lo escaso en educación es un plus)

9) Si el niño está inscrito en una actividad extra escolar como la practica de algún deporte o disciplina artística, sea perseverante y no lo saque de la misma solo por que él lo pida en algún momento (seguro lo hará). Lo maravilloso de practicar una disciplina es justamente eso… ¡la disciplina que provoca!

8) Desde luego ¡Llevelo a misa! Mi padre, sin ser católico, lo hizo conmigo solo por que sabía que era bueno. No había más explicación.

9) Un pasaje evangélico especialmente educativo para entender la forja de la templanza es el que narra las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt IV,1-11 / Mc I,12-13 / Lc IV:1-13). Para un hombre, este pasaje es por demás espectacular en todo lo que tiene que ver con la forja de la masculinidad y el carácter.

10) En resumen: eduque en la austeridad y el sacrificio. (no importa cuan incomodo pueda resultarle esto a usted como papá. Con el tiempo verá los grandes resultados) La templanza se forja, al igual que el hierro, en el fuego ardiente que le quema pero le da forma..

Para forjar la mansedumbre…

1) Por sobre todas las cosas propóngase como objetivo formativo hacer de su hijo un caballero en toda la extensión de la palabra. Incorpore modales de usos y costumbres aunque los demás le digan que estos están pasadas de moda.

2) Inscríbalo o, mejor aún llévelo personalmente, a labores sociales y altruistas desde temprana edad. El servicio al prójimo deberá de estar grabado como tatuaje en su alma.

3) Enséñele que mujer y hombre son distintos y que es su misión proteger y procurar el bien de toda dama que se encuentre en su camino. Prepárelo para su futura esposa, ella lo agradecerá.

4) No le deje tomarse a la ligera sus noviazgos. Impida que evite el compromiso en sus relaciones amorosas. El joven deberá de tratar a toda novia con el mismo esfuerzo y dedicación de quien desea construir un gran proyecto de vida junto a alguien más. Asociar noviazgo solo con diversión es degradar el sentido de este ámbito.

5) Jamás permita que la autoridad de su hijo esté por encima de la de su madre (la primer mujer a la que un hombre aprende a respetar es a su propia progenitora). Dicen que como un hombre trata a su mamá, tratará a toda mujer en el mundo.

6) De ser posible, haga que su hijo conviva lo más que pueda con sus abuelos. El contacto con las tradiciones y el pasado ayuda a equilibrar los desajustes modernos causados por el relativismo moral.

7) Un pasaje evangélico útil para entender la mansedumbre es el que nos cuenta el actuar de Jesús ante la mujer adúltera (Jn VIII,1-11). En este texto los hombres aprendemos, en la persona de Jesús, a ver a las personas por su alma y no por sus pecados.

8) Regule su lenguaje. Este es una muestra de la consideración que él tiene para con sus semejantes. Se dice que la boca habla de lo que está lleno el corazón.

9) En este mismo sentido, tres palabras jamás deberá de faltar en su lenguaje (y si puede usarlas en exceso, mejor): por favor, gracias y perdón.

10) Vida de oración… apreciar la presencia de un ente divino muy superior a uno es primordial para comprender la hermosura de la propia pequeñez.

Como notarán estos consejos suelen poner a los padres en una posición francamente contraria y opuesta a muchas ideas supuestamente “modernas” de educación. Pero recordemos que se trata de educar, no de imitar. Lo que está en juego es el futuro de los hombres que serán los brazos de Dios en el futuro. El nos regaló la bendición de ser padres, correspondamos entregándole verdaderos hombres constructores de su Reino.


Ser hombre (VI)

25 septiembre 2012

Ahora hablemos sobre la paternidad.

Podremos encontrar millones de blogs, sitios y herramientas sobre la maternidad, pero son prácticamente nulos los recursos sobre paternidad.

Siempre que hablo de este tema, invariablemente me remito al rol paternal por excelencia del evangelio: San José.

Sabemos en realidad poco de este personaje que fungió como padre de Jesús. De hecho, según entiendo, lo más descriptivo que podemos llegar a leer sobre José en los textos evangélicos es “que era un hombre justo”. Pero no necesitamos más. El gran brillo se lo lleva María y su rol de madre, y como hombres nos parece justo y adecuado que así sea, ya que es la maternidad y no la paternidad la muestra de amor más cercana al amor de Dios por los hombres  (Erich From “El arte de amar”). Es duro decirlo pero me parece que así es.

Como hombres no nos corresponde vivir el amor desde esa perspectiva, a nosotros nos toca asumirlo como padres, más no por esto es menos especial e importante.

Evidentemente, como hombres participamos en el acto de la concepción de la vida. Dios nos permite coocrear con Él de esta forma, más una vez concebido el nuevo ser en el vientre materno, pareciera que dicha participación biológica se pone en pausa y es reencontrada hasta nueve meses después.

Como padre de tres hijos, puedo dar testimonio que nuestro papel de hombres en este proceso de dar a luz es muy similar al que José tuvo con María en la historia de la natividad: ser acompañantes.

Y esta reflexión me da a lugar para reforzar la definición que más me gusta de paternidad: acompañante. 

Acompañamos a nuestra mujer en su proceso de cambio físico que le provoca el embarazo…

Les acompañamos igualmente en su proceso de preparación mental y espiritual previo a su nuevo rol de madres…

Durante el parto, nos limitamos a acompañarlas en el esfuerzo físico que implica este monumental suceso y…

Justo a partir de ese momento…

…empieza el proceso de acompañamiento más importante de nuestras vidas: el de un padre hacia su hijo.

Una madre se unifica con su hijo. Un padre le acompaña. Y es justo así, en un proceso de acompañamiento muy peculiar a su hijo que también recibe el nombre de amor, que le forma y le educa.

La paternidad es un estado que solo se puede entender desde adentro, es decir, viviéndolo. Cuando un hijo llega al mundo, nuestro cuerpo, mente, psique y espíritu se revolucionan por completo.

Dicen que, como hombres, al ser padres cambian nuestra prioridades; yo diría más bien que se corrigen. Un hijo es el mayor regalo de Dios para el hombre que viaja por el mundo tratando de encontrarse a sí mismo.

Dios, el padre del que emana justo esta vocación paternal, sabe mejor que nadie que un hijo es la oportunidad más sublime que existe para trascender y dejar legado en el mundo.

Nada nos llevaremos al morir, al contrario, todo lo dejaremos; más de todo lo que se quedará en este mundo, nuestros hijos serán la muestra más fiel del amor que le tuvimos a Dios en nuestras vidas.

“tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio hijo…”


Ser hombre (V)

24 septiembre 2012

Ahora hablemos de la mansedumbre.

Definámosla como la virtud que nos permite tener control sobre nuestras emociones explosivas. Si, desde luego que tiene en común con la templanza que ambas buscan regular un impulso, solo que, mientras el enfoque de esta última, es la lujuria, la mansedumbre busca regular principalmente la ira.

Como ya mencioné en anteriores entradas, el hombre es un ser cuya vocación es la protección y la consecución, para lo cual Dios le ha provisto de cualidades muy particulares: fortaleza física, capacidad en enfoque, una mente orientada a los datos y otras cualidades que hacen que el hombre se sienta especialmente capacitado para la lucha.

Pero una cualidad sobresale: la fuerza. El hombre es un ser preparado para resistir, contener y arremeter, que son las principales manifestaciones de esta cualidad. Sin embargo, esta misma fuerza le pueden llevar en múltiples ocasiones a denostar cólera, sobre todo cuando siente amenazada su “supuesta supremacía”.

En nuestro país le solemos llamar “machísmo” al denigrante fenómeno que se da en un hombre que se impone por la medio de la fuerza (física o psicológica) ante una mujer. De hecho, se dice que en América Latina el “machísmo” es un problema relevante y apremiante de erradicar.

Un hombre que usa la fuerza que Dios le proveyó para arremeter contra el objetivo incorrecto es un ser inmaduro y primitivo incapaz de gobernar su propia “hombría”.

Por eso, la mansedumbre es la virtud que, inculcada desde la infancia, lleva al hombre a entender el verdadero sentido de su fuerza: proteger para enaltecer. Si el hombre es fuerte, lo es por que Dios ha querido que sea la columna que sostiene la estructura de la vida, más no para que sea el martillo que la destruye.

Un hombre que se increpa y encoleriza con facilidad es, a todas luces, un hombre falto de formación y carácter.

Así, la mansedumbre tiene como objetivo que el hombre regule su fuerza, su carácter, su poder para ponerlo al servicio de los demás y no de él mismo.

Mansedumbre viene de “manso” y bien podemos recordar que el mismo Jesucristo nos llamo a ser “mansos y humildes de corazón” (Mt:11-29), por que sabía mejor que nadie que los grandes hombres no son quienes demuestran gran fortaleza física sino espiritual.


Ser hombre IV

21 septiembre 2012

Ya hemos hablado sobre la templanza y la mansedumbre como las dos virtudes especialmente importantes a inculcar durante la formación de un hombre.

Profundicemos un poco en la primera…

La templanza, sin hacer uso de terminologías muy complicadas, la podemos definir como la capacidad de decir “no” o “si” cuando el deber así lo exige.

Un hombre templado es aquel que, ante la tentación, tiene la “hombría” de decidir lo correcto y no solo lo conveniente o placentero.

Y en el matrimonio y la vida en pareja, se da el campo ideal para poner a prueba esta virtud.

No es extraño que la mayoría de las infidelidades en un matrimonio se produzcan del lado masculino de la pareja, pues es el hombre quien más es sensible a los arrebatos carnales.

Hace un tiempo supimos en nuestro país de un grupo de jugadores de fútbol que, encontrándose en medio de una gira deportiva de gran importancia, cayeron en la tentación de organizar una fiesta en su hotel a la que invitaron a sexoservidoras. To esto a pesar de que muchos de ellos eran esperados por sus esposas e hijas al regreso de su viaje.

Al haberse hecho público este suceso, los jugadores fueron separados del plantel y las distintas reacciones de la prensa no se hicieron esperar. Algunos hablaban de la indisciplina de los jugadores, otros medios se enfocaron en el castigo que deberían de recibir e incluso, como era de esperarse, hay quienes dijeron que no había existido nada malo en dicha acción perpetrada (pregúntenle a sus esposas para saber si piensan lo mismo…)

Más nadie hablo del grupo de jugadores que no participaron en la fiesta.

Seguramente fueron igualmente invitados a participar, más ellos optaron por no hacerlo.

En ningún medio de comunicación fueron elogiados ni reconocidos. Hubiera sido increíble escuchar en cadena nacional que hubo un grupo de jugadores que, ante la tentación, supieron decir “no”. Hombre también, igualmente débiles y sensibles, más con un temple mejor forjado.

Los hombres sabemos perfectamente bien lo muy difícil que resulta decir que “no” ante una situación en la que la mayoría del grupo dice que justo lo contrario. Sobreponerse a la presión de un grupo en el que pretendes ser aceptado es muy difícil, más no imposible.

Si, el hombre es especialmente carnal y sensual por naturaleza, más no significa que esos deban de ser los impulsos que le gobiernen.

Quien lo debe de hacer es la recta razón que, bien entrenada, tiene que ser capaz de sobreponerse al llamado siempre placentero pero engañoso de las sirenas.

Eso es la templanza, la virtud que le permite al hombre lograr el autogobierno en medio de la tempestad.


Ser hombre (III)

18 septiembre 2012

¿Que los hombres no somos sensibles?

Pongo en duda esta creencia (o mito) en estos mismos instantes.

Los hombres somos altamente sensibles, lo que sucede es que, además de ser especialmente vulnerables a cierto tipo de sentimientos muy diferentes que los que acontecen de manera regular en las mujeres, es un hecho que somos poco expresivos de los mismos.

Pero de que sentimos…¡vaya que sentimos!

La muestra de ello se encuentra  al asomarnos un poco al acontecer de la historia de cualquier nación. Cientos de guerras, anécdotas y desmoronamientos de imperios se han suscitado simplemente por que hombres gobernantes fueron presas de sus emociones y sentimientos.

Pero de entre todos los sentimientos que en el hombre se pueden despertar provocados por estímulos externos, son dos los que, de hecho, más conmoción le provocan, a tal grado que suelen ser la causa de la pérdida de todo autogobierno, lo que de manera muy usual, es la fuente de muchos de sus problemas. Dichos sentimientos son: enojo y sensualidad, sentimientos muy carnales y poco racionales.

Un hombre  incapaz de controlar responsablemente especialmente estas dos emociones,  será presa segura de las mayores de las tentaciones mundanas. Hambre, sexo, placer, poder, son los grandes disparadores de estos sentimientos y solo el hombre de carácter bien forjado, es capaz de sobreponerse a sí mismo, a su propia naturaleza caída.

Si, la sensualidad (nacida de la lujuria) y el enojo (nacido de la ira), son los dos grandes grilletes de la masculinidad.  Los hombres solemos tener muchos momentos de gran tentación a lo largo de nuestras vidas que se nos presenta con especial intensidad de la mano de estas dos depredadoras. Vencerlas suele ser la demostración más fuerte de amor del hombre hacia Dios.

Pero en esta lucha Dios no nos ha desprovisto de armas. Para el hombre que desea escudarse y forjar su alma contra el acecho del enemigo, el Creador ha infundido en su ser dos grandes virtudes que resultan especialmente imperantes: la templanza y la mansedumbre.

Al educar y forjar el carácter de un infante hombre, es especialmente importante cuidar que se siembren estas dos virtudes en su raíz. La templanza servirá para poder  proteger el alma del hombre ante los embates de la lujuria y los placeres carnales y la mansedumbre para poder regular su explosividad.

Ambas virtudes, bien fundadas, representan un blindaje ideal para velar por la santidad del hombre que se desenvolverá en este mundo.


Ser hombre (II)

14 septiembre 2012

Ser hombre

Pues bien, hablemos de ese singular personaje lleno de testosteronas conocido como “El hombre”.

De principio resulta muy interesante reconocer que siempre se le ha identificado como el “sexo fuerte“, más desde que dejó de ser indispensable la caza de animales al interperie para la sobrevivencia humana, a todas luces esa descripción requiere de una actualización.

El hombre es un ser que, en muchos sentidos, se encuentra a la deriva de su intuición, que de por si es bastante débil. Pareciera que el actuar de un hombre se asemeja más al de un animal depredador que, al tratar de conseguir su preza, da tumbos y vuelcos falto de toda delicadeza.

Es verdad, la delicadeza y el detalle no se nos da en lo general. Somos más bien orientados al destino que al camino, el cual podemos cambiar con mucho más pragmatismo que una mujer. Somo cuadrados, serios, analíticos y especialmente toscos. Pero más que ver dichos adjetivos como debilidades, optemos por entender que Dios nos hizo así por razones muy específicas.

Nuestra vocación principal ha sido, es y seguirá siendo el de ser proveedores de los nuestros.

Ya sea en una medida u otra, el hombre está dotado física, emocional y mentalmente para crear y conseguir. Es nuestra principal ansiedad, la de conseguir a como de lugar.

Por tal motivo, virtudes como fortaleza, templanza, sobriedad y prudencia nos resultan especialmente necesarias de cultivar pues de no ser dominadas, correremos el riesgo de dejarno llevar de más por nuestro principal instinto cazador.

Es así que, explicado por esta peculiar vocación, el hombre ha sido creado para la acción y el resultado. Es de lo que hablamos entre pares una y otra vez: conseguir, conseguir y conseguir.

Si, el hombre es un ser principalmente fuerte y analítico. Cualidades que no solo lo distinguen de la mujer, sino que
además le permiten complementarse con ella en la misión de llegar juntos al cielo.


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