Ser hombre (III)

18 septiembre 2012

¿Que los hombres no somos sensibles?

Pongo en duda esta creencia (o mito) en estos mismos instantes.

Los hombres somos altamente sensibles, lo que sucede es que, además de ser especialmente vulnerables a cierto tipo de sentimientos muy diferentes que los que acontecen de manera regular en las mujeres, es un hecho que somos poco expresivos de los mismos.

Pero de que sentimos…¡vaya que sentimos!

La muestra de ello se encuentra  al asomarnos un poco al acontecer de la historia de cualquier nación. Cientos de guerras, anécdotas y desmoronamientos de imperios se han suscitado simplemente por que hombres gobernantes fueron presas de sus emociones y sentimientos.

Pero de entre todos los sentimientos que en el hombre se pueden despertar provocados por estímulos externos, son dos los que, de hecho, más conmoción le provocan, a tal grado que suelen ser la causa de la pérdida de todo autogobierno, lo que de manera muy usual, es la fuente de muchos de sus problemas. Dichos sentimientos son: enojo y sensualidad, sentimientos muy carnales y poco racionales.

Un hombre  incapaz de controlar responsablemente especialmente estas dos emociones,  será presa segura de las mayores de las tentaciones mundanas. Hambre, sexo, placer, poder, son los grandes disparadores de estos sentimientos y solo el hombre de carácter bien forjado, es capaz de sobreponerse a sí mismo, a su propia naturaleza caída.

Si, la sensualidad (nacida de la lujuria) y el enojo (nacido de la ira), son los dos grandes grilletes de la masculinidad.  Los hombres solemos tener muchos momentos de gran tentación a lo largo de nuestras vidas que se nos presenta con especial intensidad de la mano de estas dos depredadoras. Vencerlas suele ser la demostración más fuerte de amor del hombre hacia Dios.

Pero en esta lucha Dios no nos ha desprovisto de armas. Para el hombre que desea escudarse y forjar su alma contra el acecho del enemigo, el Creador ha infundido en su ser dos grandes virtudes que resultan especialmente imperantes: la templanza y la mansedumbre.

Al educar y forjar el carácter de un infante hombre, es especialmente importante cuidar que se siembren estas dos virtudes en su raíz. La templanza servirá para poder  proteger el alma del hombre ante los embates de la lujuria y los placeres carnales y la mansedumbre para poder regular su explosividad.

Ambas virtudes, bien fundadas, representan un blindaje ideal para velar por la santidad del hombre que se desenvolverá en este mundo.

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Sentir…

7 junio 2012

Las nuevas corrientes espirituales como el “New Age” y otras pseudo religiones “Alternativas” parecen tener algo en común que me llama la atención. Todas basan su propuesta ideológica en el “sentir”. Es decir que, a ojos de quienes pertenecen a estos movimientos, la perfección del hombre se da cuando este logra una sensación de “paz” y “armonía” interior.

Como tal, me gustan los valores “paz” y “armonía”, pero no creo que el lograr “sentirlos” sea el objetivo último del ser humano.

Ejercicios como “meditar”, “relajarse”, “orar”, pueden traer un profundo sentimiento de paz y armonía para quien los practica de manera regular, sin embargo, por muy profunda y constante que sea esta sensación de “estabilidad emocional”  no me parece que por el mero hecho de sentirlo, se haya logrado un objetivo trascendental valioso.

Personalmente practico varias de estas actividades, pero jamás con la idea de llegar a Dios en ellas. Lo hago por un tema de salud y claridad mental, pero hasta ahí. Meditar me ayuda a enfocar mi mente en aspectos relevantes de mi vida personal, profesional y espiritual. Pero, repito, la sensación de tranquilidad y paz que pueda yo sentir al efectuar estas actividades, no son el fin último del las mismas.

Es más, me atrevo a decir que ir en pos de Jesucristo no precisamente nos acarreará muy buenos sentimientos y emociones. Quienes lo hacemos, nos vemos constantemente juzgados, molestados y hasta criticados por quienes no comulgan con nuestras posturas. El mismo Cristo alcanzó la gloria a través del esfuerzo y el sufrimiento que le llevó a morir en una cruz… ¡No por medio de la meditación!

Escribo todo esto, pues para muchas personas podría resultar seductora la idea de adherirse a cierta creencia o corriente espiritual por el mero hecho de que en dicha propuesta se le ayuda a uno a sentirse bien con paz y tranquilidad. Y del mismo modo, lamentablemente muchas personas se alejan de la Iglesia Católica por resultar esta incómoda y poco “sensual”.

Recordemos que el camino a la santidad está repleto de mucho esfuerzo y dolor. Así que si deciden optar por la vía de nuestra Iglesia no les puedo augurar mucha calma y tranquilidad que digamos, pero si enormes resultados al final del camino.


Estar enojados con Dios…!!!

20 enero 2012

¿Alguna vez se han sentido enojados con Dios?

Yo si… lo reconozco.

Me atrevería incluso a decir que pocas son las personas que no hayan pasado por esta situación.

Para tranquilidad de todos… ¡Es natural que pueda suceder!

Yo he incluso entrado a una Iglesia para verborrear de manera desenfrenada reclamos y enojos contra Dios quien, según yo, no actúa en mi favor.

Si, es muy penoso reconocerlo,  pero prefiero testimoniar mi fe desde una postura plenamente humana y sincera y no haciéndoles creer que por que tengo un blog sobre catolicismo y religión soy el hombre más santo del universo… (¡Soy un simple y falible ser humano!)

Pues si… ¡yo he estado enojado con Dios!

Le he cuestionado y le recriminado…

¿Por que diablos no me cumple lo que pido?

¿Por que no me aprovecha mejor?

¿Por que si procuro rezar y rezar muchas veces, el mundo sigue igual sin cambio aparente?

¿Que acaso no puede agradecerme de regreso lo que hago en su favor?

 

En conclusión: ¡Me enoja que Dios aparezca pasivo ante lo que me sucede en el mundo!

(¿Qué duro verdad?)

Recuerdo que hace tempo mi hermana me comentaba que una de las cosas que más le han llamado la atención en sus múltiples visitas misioneras a los reclusorios de mujeres en nuestro país (lo ha venido haciendo desde hace más de 5 años) es que Dios es una figura muy presente dentro de los centros penitenciarios.

Pero sucede que esta presencia de Dios en los reclusos suele venir acompañada de coraje y reclamo hacia su persona.

Me dice que es muy normal encontrarse con gente enojada con Dios dentro de las cárceles. Enojadas con Él por la situación que viven, por una posible injusticia, por el aislamiento de sus familias, en fin… por cientos de posibles razones muy válidas (créanmelas mías son verdaderas idioteces en comparación con las suyas)

Están enojadas con Él, pero al final de cuentas le tienen presente” reflexionaba yo al respecto.

Y es que me parece sorprendente lo mucho que Dios… ¡aguanta vara! (expresión que usamos los mexicanos para querer decir que alguien es capaz de resistir presión de parte de un tercero sin perder la compostura).

En esos momentos, cuando nos enojamos con Él,  Dios no se centra en nuestras palabras sino en el dolor de nuestro corazón que está detrás de ellas. Jesús, con tal de que le des entrada en tu corazón, aguanta hasta una muerte en cruz.

A veces incluso siento que dice “prefiero que me escupas a mi antes que a tu prójimo. Hazlo… yo te sigo amando”

Dios resiste, escucha y sigue abriendo los brazos. Afortunadamente jamás responde como nosotros lo haríamos. No nos insulta de regreso ni nos da la espalda.

Y es precisamente esa NO AGRESIÓN de su parte la que debilita nuestro enojo, la que nos hace darnos cuenta que estamos gritando solos y que nuestro coraje con Él es un sinsentido.

A mi me pasa…

Siempre acabo regresando a Él… arrepentido y con la cola entre las patas.

¡Perdón mi Dios! Perdón por no haber entendido que tus tiempos no son mis tiempos. Perdón por haberme desesperado y sobre todo por haber perdido por un momento la esperanza.

Y entonces… ahí está Él, listo para recibirme de regreso sin condicionarme nada… ¡dándome la lección de amor más grande de mi vida!

Para concluir deseo volver a repetir la reflexión que probablemente más he promulgado en la historia de este Blog…

“La santidad no es un asunto de perfección… sino de perseverancia

Cuando fallamos nos enfrentamos duramente con nuestra humana realidad, somos falibles. Pero cuando nos levantamos del error, nos acercamos más y más a la santidad que tanto ansía nuestro corazón.


En las buenas y en las malas

28 junio 2010

¿Se han puesto a pensar lo fácil que es tener a Dios presente cuando las cosas nos salen bien? Pero al mismo qué difícil es acordarse de Él cuando las cosas no son del todo acordes a nuestras expectativas ¿No es así?

El ser humano es un enjambre de sentimientos y emociones. Algunas veces está arriba, con todo el ánimo a tope y otra veces puede estar en la parte más profunda de su pesimismo. Es difícil, lo se, pero así somos y no podemos hacer mucho por cambiarnos.

Lo que si podemos hacer es aprender a entendernos. A identificar que nuestros momentos malos al igual que los momentos buenos son pasajeros y que con el tiempo cambiarán. Lo único constante en el ser humano es el cambio mismo.

Ayer, por ejemplo, fui a misa y me costó mucho trabajo concentrarme en ella. Además de que el sacerdote no es precisamente un talentoso de la oratoria, tenía en mi cabeza un montón de asuntos que me distrajeron todo el tiempo. Era como si estuviera sentado en la banca de la iglesia y mi cuerpo me pesara cien veces más de lo que de por si ya me pesa.

¿Es normal sentirme así a veces? Desde luego. Como también es normal que en ocasiones ir a misa me produzca lágrimas de emoción por el encuentro espiritual que Jesús me permite sentir en su presencia (El momento en que todos los asistentes a la misa nos acercamos a recibir la comunión me produce especial emoción)

El ser humano es así, voluble y complejo. Pero Dios no nos quiere por esto, sino por simplemente estar ahí, con Él, aunque no estemos teniendo un momento de euforia espiritual.

Se cuenta que la misma madre Teresa tuvo un periodo de sequía espiritual de más de 10 años que la llevaron a cuestionarse severamente su fe. Al final de su vida, Dios, por medio de su asesor espiritual, le permitió entenderle el por qué de esta situación.

La santidad de Teresa de Calcuta no era el reflejo de su gran experiencia sensorial con Dios, sino de su perseverancia infatigable.

Eso es lo que Dios más admira de los santos, que a pesar de que no se encuentren en el mejor momento emocional de su vida, sean capaces de estar con Él, a su lado una y otra vez.


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