El matrimonio

26 mayo 2010

Como ya se habrá dado cuenta si han sido asiduos lectores de este blog, existe un tema que me resulta especialmente importante como católico: el matrimonio.

He llegado a escuchar en un sin fin de ocasiones que la familia es la base de la sociedad. Me parece completamente cierto, pero yo me atrevo a profundizar mucho más en dicha afirmación para decir que “La pareja matrimonial es la base de la sociedad”. Si una pareja está estable, por ende la familia estará estable también.

Por eso nuestros esfuerzos deben de estar enfocados en la pareja como núcleo central de nuestro desarrollo social. El divorcio y las separaciones civiles no son una muestra de libertad legal y mayores alcances en la liberación femenina. ¡No!

Una pareja que se separa nos debería de doler más que cualquier crisis económica, tormenta o terremoto. Y, por el contrario, una pareja que se mantiene fiel y perseverante debería de ser motivo del mayor de los festejos en el mundo.

No soy partidario de juzgar y señalar a quien se divorcian, ya que la decisión y el proceso de separarse es algo tan doloroso y emocionalmente tan complejo que requiere de nuestra mayor atención espiritual. Juan Pablo II encomendó a todos los obispos de mundo que hicieran todo lo que estuviera humanamente a su alcance para no permitir que una personas divorciada se sienta excluida de la Iglesia.

Sin embargo si entiendo el por qué la iglesia no acepta el divorcio como un medio de salida fácil a un problema.

Una institución que tiene como eje fundamental el amor, no puede permitir que este se remplace por un enojo carnal o una decisión emocional. El amor, elemento principal de todo matrimonio, deberá de ser la cadena de unión eterna entre dos personas que se comprometen frente a Dios.

Mi esposa me dice todo el tiempo: “¡Creo que la gente no se da cuenta de la implicación que tiene el hacer una promesa frente a Dios!”

Si te prometo, ante Dios como testigo, entregarte mi vida eterna, es por que estoy dispuesto a dejar de pensar en mi por comenzar a pensar más en ti, a partir de ese preciso momento.

De hecho, la gran mayoría de los divorcios se producen por que alguno de los cónyugues olvida este fundamental principio:

“En el matrimonio es más importante hacer todo lo posible, y hasta lo imposible, por tener a tu pareja que por intentar tener la razón

Debemos de defender la institución matrimonial a toda costa. La Iglesia contra todos los ataques lo ha hecho siempre. No repara en promover el amor conyugal verdadero, pues haciéndolo está llevándonos a vivir justamente la caridad que el mismo Cristo nos enseñó.

Estimado lector… si conoces a algún matrimonio cercano que requiera de ayuda o de asistencia espiritual no dejes de acercarte a ofrecer tu compañía. Y, si así lo necesitas, me ofrezco a ayudar en esta labor. Todo lo que podamos hacer para salvar un matrimonio, será infinitamente agradecido por Dios en el cielo.

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Oye papá (IV)

20 octubre 2009

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Esta sección tiene como objetivo profundizar en los temas centrales de nuestra fe católica. Responder a preguntas que cualquier católico o no católico se pudiera estar realizando acerca de nuestra religión y su modelo de espiritualidad. Los invito a enviarme sus comentarios y preguntas  alsiguiente correo para que puedan ser tratadas en esta sección. Para una mayor formación en los distintos temas aquí tratados,  Diario de un Católico recomienda la consulta constante del Catecismo de la Iglesia Católica en cualquiera de sus ediciones disponibles.

El tema central de esta sección gira en torno al diálogo que sostienen un niño de 10 años con su padre al respecto de las dudas humanas y espirituales del primero. El niño representa la inocencia de quien está aprendiendo y madurando y que por lo tanto tiene sed de conocimiento, mientras que el papá representa la fuente de tal conocimiento y la experiencia de quien ya ha profundizado en la búsqueda de la verdad y desea transmitirla a quien más ama. Padre e hijo salen a caminar todos los días un rato para platicar en la espera de la cena que mamá les está preparando en casa.

Hijo: Oye papá ¿Por qué me tengo que confesar?

Papá: Querido hijo, hay que confesarnos principalmente por la necesidad que tenemos los seres humanos de arrepentirnos de nuestros errores. Dios no nos hizo perfectos y como tal podemos equivocarnos muchas veces a lo largo de nuestra vida. Pero Dios en su gran amor hacia nosotros nos regala la oportunidad de confesar nuestras faltas por medio del sacramento de la reconciliación y así obtener su perdón.

Hijo: ¿Sacramento? ¿Por qué la confesión es un sacramento?

Papá: La confesión y los demás sacramentos (bautismo, confirmación, comunión, matrimonio, orden sacerdotal y unción de los enfermos) son llamados así pues son “signos sensibles” que Dios nos da cuando se lo solicitamos. Es decir, Dios a través de cada uno de los sacramentos nos deja un huella que refleja su amor por nosotros. En el caso del sacramento de la confesión, Dios deja la huella del perdón.

Hijo: No entiendo bien eso de la huella ¿Me podrías explicar un poco más?

Papá: Claro que si. Mira, imagina que un sacramento es como una experiencia de vida en la que Dios se hace presente de manera personal y definitiva en tu persona. Cuando acudes a confesarte, el sacerdote sirve como intermediario entre tú y Dios y una vez que obtienes la absolución por parte del padre, entonces Dios se adentra en tu persona y te impregna con la huella de su perdón. Por ejemplo de manera similar, en el caso del sacramento del Orden Sacerdotal, Dios se hace presente para cada uno de los candidatos que por vocación solicitan ser tocados por Dios con la huella del poder sacerdotal.

Hijo: ¿Y que significa que Dios te deja una huella en tu interior?

Papá: Como lo mencioné, es un toque especial de Dios a tu persona. Cuando Dios, por medio de la imposición de un sacramento, te concede un signo también te está llenando de fuerzas especiales relacionadas a ese sacramento. Así, por ejemplo, cuando una pareja decide casarse y se acercan por propia voluntad al sacramento del matrimonio, estarán recibiendo dones especiales por  parte de Dios nuestro Señor para poder vivir la fidelidad en su vida matrimonial.

Hijo: ¿Y en la confesión que gracias recibo?

Papá: Ah pues como bien podríamos imaginar, quien se acerca con toda la disposición de recibir el sacramento de la reconciliación, recibe la ayuda de Dios para fortalecer su alma ante el pecado y no volver a caer en las mismas faltas. Por eso, quien se confiesa de manera constante, digamos por lo menos cada 15 o 20 días, puede asegurar que Dios le tienen en consideración para fortalecer cada vez más su alma.

Hijo: O sea que entre más me confieso… ¿Más fuerte soy?

Papá: Así me gusta verlo hijo mío. Ya de por sí el sentimiento de arrepentimiento es un fuerte indicativo de tener un alma poderosa que, si le agregamos la voluntad de reparar el mal realizado y la firme convicción de no volver a pecar, se irá asemejando cada vez más a la de Cristo.

Hijo: Además, si me confieso puedo comulgar ¿verdad?

Papá: En efecto. La Iglesia pide que tu alma esté en estado de gracia para recibir a Jesús en la Eucaristía. Además, considera lo siguiente: cuando nos acercamos a la confesión es Jesús mismo quien nos está perdonando. A Cristo le encanta perdonarnos. No importa que tan pequeós o granves sean nuestro pecados, Cristo siempre está abierto a extendernos su perdón.

Hijo: Quisiera perdonar tan fácil como Él…

Papá: Primero aprende a pedir perdón y poco a poco irás aprendiendo a perdonar.

Hijo: Por cierto papá…. hablando de perdonar, hay algo que quisiera comentarte.

Papá: Te escucho hijo.

Hijo: ¿Te acuerdas de aquella ocasión en que me enojé por que  mamá y tú no me quisieron comprar el juguete que salía en la tele?

Papá: Como olvidarlo. Si hasta recuerdo que del coraje que tenías no quisiste cenar. A tu mamá y a mi nos dolió mucho verte así.

Hijo: Pues quiero pedirte una disculpa por haberme portado así. Es algo que desde hace tiempo que te quería decir pero hasta ahora, que hablamos del sacramento de la confesión es que encuentro la oportunidad de hacerlo. Tenía miedo que me dejarás de querer por portarme así de mal en aquella ocasión.

Papá: Querido hijo, agradezco la confianza que me tienes para hablarme con sinceridad y te ofrezco de todo corazón mi cariño, el cual nunca se verá afectado por tus acciones. Como seres humanos nos equivocamos y nos levantamos y así, como  nos gusta que nos perdonen, debemos de perdonar. Que te acerques a mi a pedir perdón es una muestra de tu madurez y generosidad. ¡Gracias hijo!

Hijo: Me  gustaría ir con mamá para también ofrecerle una disculpa.

Papá: Me parece una excelente idea. Estoy seguro que a tu mamá al igual que a mi le encantará escuchar tu sentimientos al respecto.


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