Dios tenía sus planes…

10 junio 2010

Ayer recibí en mi correo este testimonio de un recién ordenado sacerdote que sin lugar a dudas les moverá el corazón.

El mismo fue escrito por el sacerdote Jorge Bugallo, L.C. quien es profesor en el Centro de Noviciado y Humanidades en Monterrey:

La vida del sacerdote está plagada de experiencias únicas e irrepetibles. “Tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres” (Heb 5,1). Algunos ya habrán escuchado esta experiencia, pero con mucho gusto se las comparto, por si puede hacer algún bien. A diferencia de otros momentos más “ordinarios”, éste ha marcado profundamente mi vida –desde el inicio mismo- y mi todavía incipiente ministerio sacerdotal.

Recibí la ordenación sacerdotal el pasado 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, en Roma. Ese mismo día, desde las diez y media de la mañana, Cristo me había hecho su sacerdote para siempre. Sábado, doce de diciembre, en el año sacerdotal. Más no podía pedir. Ese día no pegué ojo de la emoción y de la realidad que había vivido esa misma mañana. Pues bien, ya Dios nuestro Señor tenía prisa y María Santísima no desperdiciaría la oportunidad.

El domingo, 13 de diciembre, celebré mi “primera” misa, precisamente en el altar de la Virgen de Guadalupe, junto a la tumba de San Pedro y a unos metros de la tumba de Juan Pablo II, ¡qué gracia inmensa! Me sentía profundamente feliz y no pude aguantarme en la homilía, pues entre lágrimas y emociones no me cansé de decir ¡Gracias! a Dios, a nuestra Madre del Cielo y a cuantos me han acompañado en estos más de veinte años de preparación y formación. Y en el Cielo se estaba fraguando un gran acontecimiento para el día siguiente.

El lunes, 14 de diciembre, viajé con mi familia a San Giovanni Rotondo, donde se encuentra el monasterio y la tumba con los restos del Padre Pío. A pesar de distar algo más de cinco horas de Roma, merecía la pena el esfuerzo, pues tenía reservado un altar para celebrar allí la misa y visitar el lugar. Llegamos allá pasado el mediodía y pude celebrar a la hora convenida. Y aquí llega la parte más importante. Eran las seis de la tarde –ya satisfechos del día- y prácticamente se había oscurecido el cielo. Nos subimos al auto para regresar a Roma. No sé porqué, pero mi hermano pide pasar por una tienda para reparar su celular, pues no le funciona. Era ya tarde y comenzaba a lloviznar. Por el bien de la paz, buscamos una tienda para que Luis, mi hermano, resuelva su problema. Entre unas cosas y otras, media hora después, compra una nueva tarjeta SIM y así zanjar la cuestión.

El reloj marcaba las 18:45 horas cuando finalmente comenzamos a bajar la montaña por la carretera nacional, rumbo a la autopista que nos llevaba a Roma. Tanto por la noche como por la lluvia, la bajada era lenta. A esto se le sumó que una motocicleta, guiada por una chica y a velocidad muy prudente, nos iba marcando el ritmo a los siete (al menos) vehículos que la seguíamos. Mientras rezábamos el rosario, a media bajada, de repente noto que la moto “desparece” en una de las incontables “tornantes” o curvas.

Lo noté porque la fila comenzó a moverse más rápido y la moto ya no se veía. Pero unas curvas más abajo… ¡vi la moto! Estaba como a cinco metros de la carretera, con el faro encendido y como doblada por un lado. En ese momento sentí por dentro un “¡frena y baja!”. Paré el auto en el arcén de la carretera, les dije a mi mamá y a mi hermano que me esperaran, que era algo rápido. Bajé del coche. Continuaba lloviendo y la única luz que me guiaba era la de la moto semi-abollada que tenía en frente. Noté, por el estado de la moto, que quien iba encima sufrió un accidente o por lo menos una caída fuerte. Hablé en tono un poco alto para ver si alguien me escuchaba. No hubo respuesta. Lo intenté otra vez, un poco más fuerte, con el mejor italiano a disposición. Nadie contestó. Como era bosque, lleno de maleza y no se veía nada, pensé lo peor.

Como la luz de la moto apuntaba hacia unos árboles, caminé hacia ellos. La sorpresa me la llevé cuando, unos metros adelante, me encontré con la chica que había visto minutos antes subida a la moto mientras bajábamos por la carretera. Me dio mucho asco, porque tenía amputado el brazo izquierdo por completo, y por el hombro salía sangre sin parar. Del otro brazo sólo conservaba la mitad, hasta el codo, pues también había perdido la otra mitad…, y salía mucha sangre. Las piernas las tenía totalmente empotradas hacía sí misma, hacia dentro, prácticamente rotas. Parecía una muñeca rota, pero en realidad era una persona viva. Un espectáculo que no se lo deseo a nadie.

Me acerqué. Su rostro se veía a mitad, pues el casco se había “encasquetado” en su cabeza, oprimiendo y aplastando la mitad derecha de la misma. No veía más que por el ojo izquierdo. Le hablé al oído: “soy sacerdote…, ¿me escuchas? Si quieres, puedo darte la absolución… Si estás de acuerdo, basta que lo indiques con alguna señal…”. Noté cómo la cabeza se movió un poquito. Entretanto se acerca mi mamá, y nada más ver la escena, pega un grito. También llega mi hermano, alertado por el grito. En ese momento, aprovecho para pedirle a mi hermano que llame por el celular –que ya le servía- a una ambulancia del pueblo. Quince minutos más tarde se acercaba una ambulancia. En esos minutos estuve con esta chica, acompañándola y tapando como podía las zonas de su cuerpo por donde continuaba saliendo sangre. Y lo que es más importante, le di la absolución. Era la primera persona a la que le administraba este sacramento –sólo habían transcurrido 36 horas desde la ordenación-. Llegaron los paramédicos. Le tomaron el pulso. Estaba muy débil. –“Non c’e la fa”, me susurra uno de ellos. La tomé en mis brazos (a la chica), y mientras la llevaba hacia la ambulancia, me miró a la cara, cerró el ojo visible y su cuello se echó para adelante: se fue de este mundo. Marchó al cielo mientras estaba en mis brazos. Así fue. Su nombre era Rosanna y tenía 17 años.

Así sucedió. Entre las pertenencias de la chica encontramos su celular, y pudimos hablar con su mamá. Vivía en un pueblo a diez kilómetros del accidente. Imagínense ustedes lo que significa decirle a una mamá que su hija acaba de fallecer en un accidente de tráfico. Las palabras que le dije, más o menos fueron:

–         “Signora, sono sacerdote; anzi, novello sacerdote, ordinato sabato scorso. Guardi, (…) ho avuto l’opportunità di compartire con la Sua figlia Rosanna gli ultimi minuti della sua vita (…), e sono davvero molto contento di aver comminciato così il mio ministero sacerdotale (…).

–         En castellano: -Señora, soy sacerdote. Es más, recién ordenado el sábado pasado. Mire, he tenido la oportunidad de compartir con su hija Rosanna los últimos minutos de su vida, y estoy muy contento de comenzar así mi ministerio sacerdotal.

Entre lágrimas y voz entrecortada, la mamá me agradeció la llamada y entre muchas palabras que no lograba entender (era una especie de dialecto de la región), sí me dijo:

–         “Padre, Lei é sacerdote. Sa, Padre, mia figlia è molto devota del Sacro Cuore. Io sono una persona credente, come mia figlia. E non so perchè, ma certamente una cosa so bene. Rosanna ha fatto due volte la novena al santissimo Cuore di Gesù. Cioè, ha presso la comunione e si è confessata i primi nove mesi un paio di volte. Quindi, non poteva andarsene senza l’aiuto del Cuore di Gesù. Grazie, Padre e Dio la benedica sempre (…).

–         En castellano: -Padre, usted es sacerdote. Sabe Padre, mi hija es muy devota del Sagrado Corazón. Yo soy una persona creyente como mi hija. Y no sé porqué, pero ciertamente una cosa sí sé y bien. Rosanna ha hecho dos veces la novena al Sagrado Corazón. Es decir, ha comulgado y se ha confesado los primeros nueve meses un par de veces. Por eso, no podía irse (morir) sin la ayuda del Corazón de Jesús. Gracias, padre, y que Dios le bendiga siempre.

Las palabras hablan por sí solas. Es posible que no sean exactas, pero es cuanto recuerdo.

Esa noche llegamos de madrugada a Roma. Yo no pude dormir. Me quedé pensando sobre todo lo que había vivido unas horas atrás. No es fácil explicarte las cosas que a veces te pasan, y menos así. Apenas estaba comenzando a asimilar el sacerdocio recibido unas horas antes y ya Dios nuestro Señor me pedía mi colaboración. Dos caminos se cruzaron esa tarde: el de Rosanna y el mío. Y Cristo tenía prisa esa noche. El celular, que no le funcionaba a mi hermano, retrasó el regreso. Después, el accidente mientras rezábamos el rosario. Gracias al celular de mi hermano, que ya funcionaba, pudimos llamar a la ambulancia, etc. Está muy claro. No existen las casualidades en la vida. Simplemente la mano de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen fueron suficientes para obrar el milagro, para llevar una persona al cielo.”


Impresionante ¿cierto? De mi parte un solo comentario me resta por decir: “Dios existe”

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Pescadores de hombres

30 abril 2010

Les comparto un video en dos partes que vale mucho la pena ver…


La vida en un seminario

18 marzo 2010

Este video nos muestra el testimonio de lo que significa ser seminarista y vivir en un seminario de formación.

Contrariamente a lo que muchos pueden pensar, vivir dentro de una comunidad religiosa es una experiencia sumamente enriquecedora y llena de alegría. Imagina lo que es estar en un lugar en donde todos los miembros de la comunidad tienen como objetivo acercarse a Dios y servir al prójimo.

Yo he tenido la experiencia de conocer varios seminarios y casas de formación de jóvenes que se preparan para ser sacerdotes y resulta verdaderamente maravilloso como estos lugares concretan la caridad en sus vidas. Desde que entras te puedes dar cuenta que nuestros sacerdotes no pueden estar en mejores manos en su etapa de formación.

Para mi es especialmente importante publicar esta perspectiva personal dado que, gracias a  muchos periódicos, se ha difundido la idea de que estos centros son  dañinos para la formación persona del sacerdote. Nada puede estar más alejado de la verdad. Cuando un ambiente comunitario es impregnado por la vocación de servicio, el amor se respira en cada rincón.

En lo personal les invito a que se acerquen a conocer  el estilo de vida que se lleva en los seminarios de muchas diócesis del mundo y se darán cuenta por que si se puede construir el Reino de Dios en la tierra.


Nuestros sacerdotes

23 febrero 2010

Aprovechando la celebración del año sacerdotal, hoy  pido que nuestras oraciones sean por ellos, esos magníficos seres que en su imperfección humana (como la de todos) logran demostrarnos que aún en esa misma fragilidad de hombres sí se puede seguir a Cristo.

Humanos, como tú y como yo. Débiles y fuertes, con sus dudas y sus certezas. Solemos pensar que siempre están ahí, en la Iglesia a la que acudimos cada domingo y se nos olvida que tienen necesidades al igual que todos. Viven y trabajan en el mismo mundo en el que estamos tú y yo. Ven lo que tú ves, escuchan lo que tú escuchas, sienten lo que tú sientes y aún así les exigimos que sean mejores que nosotros. Les pedimos perfección y ejemplo. Y lo aceptan.

Trabajan para el jefe más exigente, aquel que quiere cosechar donde no sembró, pero también el más amoroso, el que da la vida por sus amigos.

El día de hoy mis oraciones van por nuestros amigos sacerdotes, aliados y guías en el camino de nuestra salvación. Pido disculpa si no he orado lo suficiente para contribuir más a la fortaleza de la fe de aquellos que  no han perseverado y han fallado. Yo no tengo piedras que aventar pues no estoy libre de pecado.

Este domingo, después de ir a misa, busca acercarte al sacerdote como buscarías acercarte a tu mejor amigo, estrecha su mano y dile: Gracias por su entrega y su fe. Rezaré por su perseverancia.

Eso haré yo, lo prometo.

A nuestros sacerdotes: ¡Jesús está con ustedes siempre!


59 nuevos sacerdotes

29 diciembre 2009

Me parece maravilloso…

En medio de tanto escándalo y de tanta tormenta hoy conocemos la historia de 59 nuevos seres humanos que, a pesar de todo y contra todo, el pasado 12 de diciembre en Roma, decidieron continuar con su entrega total a Cristo a través de la congregación de los Legionarios de Cristo.

Es de muchos conocida la historia oscura y dolorosa recién develada por la misma congregación de los Legionarios de Cristo, con respecto a la vida doble de su fundador Marcial Maciel. Verdad lo suficientemente escandalosa como para cimbrar y tambalear la perseverancia de cientos de seguidores de Cristo que han encontrado en el movimiento Regnum Christi un modelo de fidelidad a Cristo (tal es el caso de un servidor) .

Y aún así, habiendo conocido esta verdad, hay quienes seguimos adelante.

En especial admiro y testifico la decisión de  estos 59 hombres recién ordenados sacerdotes. Mi más entero reconocimiento y admiración a quien “habiendo puesto la mano en el arado, no mira atrás”.

¿Por qué? ¿Por qué si tu casa se ve manchada con la mentira de quien la construyó aún quieres seguir viviendo en ella? Por una razón muy sencilla…

“El arquitecto que la construyó fue hombre, pecador como todos, pero la casa no tenía como destino ser habitada por él sino por Dios, único e incorruptible ser de amor”

Si quieren conocer un poco más al respecto les invito a que accedan a este link que contiene las historias de vocación y las noticias sobre esta ordenación sacerdotal tan especial.


Oye papá… (III)

15 septiembre 2009

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Esta sección tiene como objetivo profundizar en los temas centrales de nuestra fe católica. Responder a preguntas que cualquier católico o no católico se pudiera estar realizando acerca de nuestra religión y su modelo de espiritualidad. Los invito a enviarme sus comentarios y preguntas  alsiguiente correo para que puedan ser tratadas en esta sección. Para una mayor formación en los distintos temas aquí tratados,  Diario de un Católico recomienda la consulta constante del Catecismo de la Iglesia Católica en cualquiera de sus ediciones disponibles.

El tema central de esta sección gira en torno al diálogo que sostienen un niño de 10 años con su padre al respecto de las dudas humanas y espirituales del primero. El niño representa la inocencia de quien está aprendiendo y madurando y que por lo tanto tiene sed de conocimiento, mientras que el papá representa la fuente de tal conocimiento y la experiencia de quien ya ha profundizado en la búsqueda de la verdad y desea transmitirla a quien más ama. Padre e hijo salen a caminar todos los días un rato para platicar en la espera de la cena que mamá les está preparando en casa.

Hijo: Oye Papá ¿Por qué el sacerdote de la Iglesia no se ha casado?

Papá: Querido hijo, los sacerdotes de nuestra Iglesia católica no se casan debido a que hacen un voto de castidad y entrega total a la Iglesia para la que trabajan. Es más, se podría decir que los sacerdotes se casan pero con la misma Iglesia.

Hijo: ¿O sea que no pueden tener esposa?

Papá: Cuando una persona decide seguir la vocación del sacerdocio, la cual no es una decisión que puedan tomar a la ligera, deben de estar conscientes que esta condición es parte de los lineamientos que la iglesia, a través de la guía del papá, ha estipulado para la completa realización de su misma vocación. A un sacerdote se le pide que no se case para que pueda dedicarse de tiempo completo (de vida entera) a su labor pastoral.

Hijo: ¿Y por lo mismo no pueden tener hijos?

Papá: Por la misma razón, si. Pero déjame explicarte un poco más. El sacerdocio es un vocación, y sea que es un llamado especial de Dios. ¿Qué quiere decir esto? Pues que el sacerdocio, al igual que el matrimonio son dos vocaciones distintas a las cuales Dios nos convoca de manera particular. No todos estamos llamados a ser sacerdotes, ni todos estamos llamados al matrimonio. Dios dispone un camino especialmente para cada ser humano. El secreto está en saber escuchar lo que Dios ha pensado mejor para nosotros.

Hijo: ¿Quieres decir que Dios me puede llamar para el sacerdocio o para el matrimonio?

Papá: Si. Dios a través de su dulce voz pondrá en ti la inquietud por llegar a santificarte por alguna de esas vocaciones. Pero una vez que hayas discernido bien tu llamado, deberás de asumir las responsabilidades que ambos caminos implican. Así como en el sacerdocio uno realiza una promesa de castidad, pobreza y obediencia, en el matrimonio uno también realiza promesas especiales que aseguran una vida cristiana responsable: amor, fidelidad y descendencia.

Hijo: ¿Pero y que ventajas tiene par un sacerdote el no estar casado?

Papá: Muchas. Uno no suele darse cuenta, pero los sacerdotes son personas que trabajan de tiempo completo en su labor. No tienen horario de entrada ni de salida. Al estar siempre disponibles, pueden atender situaciones cotidianas o extraordinarias. Un sacerdote está dedicado totalmente a su labor día y noche, mes con mes, año con año. Ese es el nivel de exigencia que Cristo propone a sus colaboradores. Si por el contrario, estuvieran casados, dado que el matrimonio es una responsabilidad igual de importante y exigente, los sacerdotes se verían obligados a dividir su tiempo para atender ambos frentes y, por ende, no podrían enfocarse al 100% a la comunidad de fieles que les es asignada. El punto es que el sacerdocio no debe de ser entendido como un trabajo sino como una vocación.

Hijo: Qué interesante papá…

Papá: Pero en el fondo de todo, hijo mío, lo que sostiene la fidelidad de un sacerdote  hacia sus promesas es la razón por la que las hace: Amar a Cristo y a su Iglesia. El sacerdote acepta su vocación y el estilo de vida que esto conlleva por amor a Cristo. Acuérdate que el amor implica entrega y renuncia y ellos aceptan entregarse por completo a Dios y renunciar al matrimonio por amor a su Creador. No es fácil de entenderlo, sobre todo para quien no lo ve desde esta perspectiva. La vocación sacerdotal y la matrimonial solo encuentran sentido en el amor.

Hijo: Nunca lo había pensado desde este punto de vista papá.

Papá: Querido hijo, con el tiempo te empezarás a dar cuenta que para poder entender muchas cosas referentes a nuestra fe católica lo primero que hay que hacer es poner por delante primero la perspectiva del amor. El amor, en el catolicismo, lo explica todo.

Hijo: Eso veo papá. Y hablando de amor, me da gusto que tu vocación haya sido el matrimonio papá, de lo contrario no hubieras conocido a mamá.

Papá: Así es hijo mío, y lo mejor de todo es que Dios nos permitió a tu madre y a mi, por este camino matrimonial, conocerte a ti.

Hijo: Es cierto, yo también soy resultado de tu vocación.

Papá: Desde luego. Tu mamá y tú confirman todos los días que mi llamado vocacional es el matrimonio.

Hijo: ¿ Y yo también tendré que elegir mi vocación?

Papá: Más que elegirla deberás “discernirla” o lo que es lo mismo, escuchar  aquello que Dios te pide explícitamente a ti. No es algo fácil, pero con el tiempo, si pones la suficiente atención, tu vocación se te irá haciendo más clara.

Hijo: ¿Yo puedo ser sacerdote?

Papá: Si Dios te lo pide desde luego que si.

Hijo: WOW! Nunca me lo hubiera imaginado.

Papá: Dios se encargará de hablarte en tu corazón. Tanto el matrimonio como el sacerdocio son dos caminos hermosos para llegar a la santidad.

Hijo: Que es lo que al final cuenta ¿verdad?

Papá: Exacto.

Hijo: ¡Vayamos a casa a platicar de esto con mamá!

Papá: Me parece una excelente idea.


Para ser sacerdote…

17 agosto 2009

Ligado con algunos posts recientes sobre la vocación del sacerdote les paso este video con  consejos para quienes se han planteado esta posibilidad vocacional.  De los tres consejos, el último es le mejor.


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