Confiésate (no esperes)

30 marzo 2013

Aquí un consejo extremadamente útil para lograr sostener una vida de gracia viva y estable:

Cuando cometas un pecado grave, confiésate lo más pronto posible.

Es decir, no dejes pasar mucho tiempo entre tu error y tu visita al sacramento de la confesión.

Esto tiene como objetivo dos puntos:

1) Restaurar tu confianza en ti mismo y en tu fe (eliminar la culpa)

2) Evitar que el pecado atraiga más pecado (evitar el efecto bola de nieve)

Cuando pecamos las consecuencias negativas de este actuar no suelen presentarse de manera inmediata, sino también en días o semanas posteriores al mismo, claro, sino hacemos algo al respecto por evitarlo.

¿Has sentido alguna vez la ligereza moral que se produce cuando te permites fallar por que previamente ya lo haz hecho?
¿Te has permitido pecar argumentando que una falta más es irrelevante?

Esto sucede pues el pecado suele atraer más pecado.

Por eso mi primer recomendación cuando se ha caído en un hoyo es, de hecho, dejar de cavar para evitar que el problema se vuelva mayor.

Ante el pecado, confiésate pronto, no dejes pasar ni un día sin recuperar la gracia de Dios.


Cinco ideas erróneas sobre Dios y la Iglesia Católica

15 enero 2013

Bien dicen que las personas se alejan de la Iglesia no por lo que esta es, sino más bien por lo que creen que esta es.

A continuación me permito aclarar algunos paradigmas que usualmente surgen de manera equivocada cuando permitimos que fuentes débiles o poco informadas impacten en nuestra manera de pensar y relacionarnos con Dios y la Iglesia católica.

1. Me alejo de la Iglesia porque soy demasiado pecador. ¡Todo lo contrario! La Iglesia es especialista en atender pecadores como tú y como yo (por eso es universal). Sin importar el tamaño o la gravedad de nuestras faltas, es un error alejarnos de la Iglesia por creernos poco dignos para pertenecer a ella. Jesús es doctor de enfermos no de sanos.

2.- La Iglesia quiere que sea pobre. ¡Jamás! La Iglesia tiene como único objetivo guiarte por el camino de la salvación y en ningún lugar está estipulado que sólo los pobres pueden entrar al cielo. Ciertamente Jesús mencionó que la riqueza es un gran distractor que puede provocar que los hombres que la acumulan olviden a Dios, más también puede ser una gran herramienta para hablar más y mejor de Cristo. Creo fervientemente que es una obligación moral crear tanta riqueza como el propio talento y Dios lo permitan.

3.- Dios actúa y juzga como lo hacemos los hombres. Este es probablemente uno de los errores de pensamiento más comunes en quienes creen en Dios. Solemos humanizar la lógica de Dios asemejándola a la nuestra y esto, por definición, es una inconsistencia. Dios jamás juzga como nosotros juzgamos, jamás siente rencor como nosotros lo sentimos, jamás se arrepiente como nosotros lo hacemos. Dios es mucho más grande que nuestro entendimiento (por algo es Dios). De ninguna manera el Creador el universo te ve a ti como tú mismo te ves.

4.- La Iglesia es la que indica qué es pecado y qué no lo es. No, así no funciona la moral. Las cosas malas y buenas lo son por principio no por que lo diga la Iglesia. El pecado es malo en sí mismo y no porque esté escrito en la Biblia o por que lo diga un sacerdote. El ser humano tiene la capacidad intrínseca de saber lo que está bien y mal por propia naturaleza sin necesidad de que la Iglesia se lo indique. Sin embargo dado que el entendimiento humano es débil y corruptible, la Iglesia asume el papel de maestra y recordatorio del deber ser.

5.- Los santos son seres especiales y superdotados. Si creemos esto, veremos la santidad como algo muy lejano e imposible. Los santos y mártires de la Iglesia no contaron con ninguna bendición especial de Dios que no tuviéramos los demás hombres por igual. No fueron personas que merezcan ser juzgadas como diferentes y únicas. La santidad es un llamado que es perfectamente posible para cualquier hombre y mujer en la tierra.

Sin duda existen muchas otras equivocaciones que hacen que se malmentienda el papel de la Iglesia y de Dios en nuestras vidas, más me parece que estas son las más comunes que he detectado en distintos diálogos con personas cercanas.

Vale la pena revisar siempre si lo que asumimos de una persona, grupo o institución es en verdad lo que es o lo que nos dicen que es.

En el caso de la Iglesia, basta con acercarse con un sacerdote o con cualquier laico comprometido con su fe para que puedan revelarnos lo que verdaderamente es esta magnífica institución de más de dos mil años de historia llamada Iglesia Católica.


Una experiencia muy peculiar…

26 diciembre 2012

Esta publicación será un poco extensa, pero me veo en la necesidad de compartir detalladamente una experiencia personal de gran relevancia.

Hace una semana fui invitado a impartir una conferencia ante un público muy especial. Se trataba de un grupo de reos que están reclusos en un centro de readaptación regional a las afueras de la ciudad.

La verdad es que en cuanto recibí la invitación de parte de una misionera que lleva varios años dedicada a evangelizar a ese sector de la sociedad, no me pude negar a tratar de vivir esa experiencia.

Debo reconocer que desde que se ingresa al penal, aun en calidad de visita, la sensación que se presenta en el corazón es bastante estrujante. Por un lado se respira la dureza en el corazón y cuerpos de quienes ahí viven, pero al mismo tiempo se puede percibir la debilidad en las almas de quienes se saben caídos y señalados por el mundo (justa o injustamente).

El motivo de la invitación que me hizo la Cofraternidad Carcelaria de México (movimiento de la Iglesia Católica para evangelizar en las cárceles) para charlar con ellos, tuvo como objetivo llevarles un mensaje de esperanza y transformación a estos duros pero angustiados seres que en tales circunstancias suelen ser relegados y olvidados.

Para ingresar, los que asistimos tuvimos que acatar ciertas normas de vestimenta como no llevar prendas blancas, azules ni negras, no usar zapatos con plataformas elevadas, ni llevar absolutamente ningún accesorio como teléfono celular, cartera, monedas ni otros objeto que no hubieran sido previamente avisados por los organizadores de la visita.

Para poder llegar hasta el lugar en donde se llevaría a cabo el encuentro con los reos, tuvimos que pasar por tres revisiones en distintos puntos de control.

Una vez dentro del reclusorio, la conferencia tuvo lugar en el interior de la capilla del centro, misma que estaba siendo rehabilitada y reparada por los mismos presos durante esos días. Un olor a pintura fresca se respiraba por todos lados. Era una capilla sencilla y muy bien cuidada.

Ahora bien… ¿Qué le puedes decir a un público tan peculiar?  ¿Qué mensaje les podría llegar verdaderamente al corazón a estos hombres que son más bien juzgados por no tenerlo?

Juro que no pude preparar mi conferencia previo a la visita por no tener ninguna pizca de inspiración al respecto. Las frases y mensajes que suelo exponer en otros foros parecían  no tener cabida ahí, en ese ambiente de prisión y poca esperanza (hay presos que tienen sentencias de hasta 200 años).

Llegué al reclusorio con apenas unas cuantas ideas de lo que podría decir, más bastante desorientado en cómo hacerlo por espacio de una hora y media que se me había asignado.

Como siempre lo hago antes de comenzar cualquier conferencia, busqué un pequeño espacio previo a la charla para encomendarme al Espíritu Santo y pedirle a Dios que me diera la sabiduría para hablar en su nombre.

“Señor, utilízame para decir lo que tu quieras que les sea dicho”

Y así fue que empecé…

Inicié mi conferencia ante los casi 6o reos que me escucharon esa tarde, agradeciéndoles y felicitándoles por  tener el entusiasmo  de tener la capilla, la casa de nuestro Señor, tan bien cuidada. Ante lo cual respondieron bastante entusiastas y orgullosos, pues se notaba de inmediato que dicho recinto les significaba respeto.

Pero después de dicha introducción, no recuerdo del todo bien exactamente qué palabras usé ni de que frases me valí para dialogar con ellos. Creo que les hablé un poco sobre  talento, vocación o algún tema similar. En serio, no recuerdo bien que palabras usé.

Más si tengo muy presente que las miradas de estos hombres jamás dejaron de dirigirse atentamente hacia mi muy ansiosos de recibir algo que nadie las había dado hace mucho tiempo: atención especial.

De hecho, lo que más recuerdo de mi charla es que, para concluirla, tomé la decisión de subirme al altar que se situaba a mis espaldas, me tomé unos cuantos segundos de silencio para mirar directamente a los ojos al mayor número de asistentes en el foro  y posteriormente les dije con voz fuerte y directa:

“¡¡Los quiero, los quiero mucho!!”

Y esto se los dije muy en serio, no como una frase más dentro de una charla de motivación, sino como una necesidad interior por expresárselos de manera especial a ellos, los rechazados del mundo. Mientras se los decía, el corazón se me exprimía de angustia por tratar de sentir lo que esos hombres llevaban en cada una de sus historias personales de vida.

Ese “los quiero” estaba cargado de todas las muestras de cariño que nadie les ofreció en su pasado  y que pudieron haber evitado que sus vidas llegaran al punto en donde creyeron que no había otra opción que el rencor y el odio para salir adelante.

Tras decirles estas últimas palabras, inmediatamente pude notar en la mirada de muchos de ellos lágrimas y conmoción. Era notorio que les había tocado muchas fibras sensibles. Algunos de ellos, con los ojos un poco humedecidos por las lágrimas, bajaron la mirada para no permitir que se notara su humana debilidad.

Es un hecho, pude haberles hablado de cualquier cosa o no haberles tocado ningún tema en particular, con esas cinco sencillas palabras hubieran bastado para que mi visita les valiera para algo.

Sin tener el ánimo de presumir nada en lo absoluto, puedo decir que esa ha sido una de las mejores conferencias que he dado en toda mi vida. Al terminar me sentí desbordado de energía y muy satisfecho por los resultados obtenidos.

Al concluir la  conferencia tuve la oportunidad de dialogar personalmente con varios de estos reos y conocer de primera mano sus historias. Pude ofrecerles algunos consejos y animarlos para que aprovecharan el tiempo que les correspondiera estar ahí para fortalecer su espíritu principalmente ayudando al prójimo.

Al salir del reclusorio muchas reflexiones me vinieron de inmediato a la mente. Sin duda aprecié el sencillo detalle de atravesar una puerta que me diera acceso a la libertad de poder dirigirme a donde yo quisiera, aprecié la posibilidad de tener acceso a una comida bien servida en casa, también valoré como nunca el baño con agua caliente que cómodamente me pude dar esa noche, pero sobre todo, valoré la posibilidad de tener el abrazo permanente de mi familia a quien llegué a disfrutar como hace mucho tiempo no lo hacía.

Le he contado esta experiencia a varias personas y las reacciones han sido muy variadas. Desde quienes se muestran interesados por conocer los detalles de esta experiencia hasta quienes me cuestionan el que le haya puesto atención a un sector de la sociedad que no tendría por que merecer aprecio alguno.

En fin, el tema es que yo tuve la oportunidad de vivir por una tarde lo que miles de personas vivirá por muchos años de su vida. No soy absolutamente nadie para juzgar el merecimiento que alguien pueda tener para perder su libertad por haber cometido un crimen. Se que la ley humana es imperfecta más necesaria. Más también sé que si Dios decidiera regresar nuevamente al mundo encarnado en Jesucristo, pasaría gran parte de su tiempo predicando en lugares como esos y a personas como dichos reos, pues quienes necesitan al doctor son los enfermos no los sanos.

Para conocer más sobre la labor evangelizadora que nuestra Iglesia Católica lleva a cabo en las cárceles en el mundo y en México pueden visitar el sitio de la Cofraternidad Carcelaria de México.


Ser hombre (III)

18 septiembre 2012

¿Que los hombres no somos sensibles?

Pongo en duda esta creencia (o mito) en estos mismos instantes.

Los hombres somos altamente sensibles, lo que sucede es que, además de ser especialmente vulnerables a cierto tipo de sentimientos muy diferentes que los que acontecen de manera regular en las mujeres, es un hecho que somos poco expresivos de los mismos.

Pero de que sentimos…¡vaya que sentimos!

La muestra de ello se encuentra  al asomarnos un poco al acontecer de la historia de cualquier nación. Cientos de guerras, anécdotas y desmoronamientos de imperios se han suscitado simplemente por que hombres gobernantes fueron presas de sus emociones y sentimientos.

Pero de entre todos los sentimientos que en el hombre se pueden despertar provocados por estímulos externos, son dos los que, de hecho, más conmoción le provocan, a tal grado que suelen ser la causa de la pérdida de todo autogobierno, lo que de manera muy usual, es la fuente de muchos de sus problemas. Dichos sentimientos son: enojo y sensualidad, sentimientos muy carnales y poco racionales.

Un hombre  incapaz de controlar responsablemente especialmente estas dos emociones,  será presa segura de las mayores de las tentaciones mundanas. Hambre, sexo, placer, poder, son los grandes disparadores de estos sentimientos y solo el hombre de carácter bien forjado, es capaz de sobreponerse a sí mismo, a su propia naturaleza caída.

Si, la sensualidad (nacida de la lujuria) y el enojo (nacido de la ira), son los dos grandes grilletes de la masculinidad.  Los hombres solemos tener muchos momentos de gran tentación a lo largo de nuestras vidas que se nos presenta con especial intensidad de la mano de estas dos depredadoras. Vencerlas suele ser la demostración más fuerte de amor del hombre hacia Dios.

Pero en esta lucha Dios no nos ha desprovisto de armas. Para el hombre que desea escudarse y forjar su alma contra el acecho del enemigo, el Creador ha infundido en su ser dos grandes virtudes que resultan especialmente imperantes: la templanza y la mansedumbre.

Al educar y forjar el carácter de un infante hombre, es especialmente importante cuidar que se siembren estas dos virtudes en su raíz. La templanza servirá para poder  proteger el alma del hombre ante los embates de la lujuria y los placeres carnales y la mansedumbre para poder regular su explosividad.

Ambas virtudes, bien fundadas, representan un blindaje ideal para velar por la santidad del hombre que se desenvolverá en este mundo.


Una cosa lleva a la otra…

24 septiembre 2010

El pecado “per se” es algo digno de estudiarse.

Si los hombres comprendiéramos más a consciencia por qué y cómo caemos en el pecado, seguramente estaríamos mejor preparados para evitarlo más seguido.

Podríamos profundizar “teológicamente” o muy “filosóficamente” sobre el mal y su implicación en el actuar humano pero prefiero, para efectos de lo que pretendo en este blog, hacer simplemente una breve reflexión que nos de un poco de luz de cómo es que el ser humano llega a pecar de manera grave.

Ningún ser humano nace pecando, esto lo podemos afirmar y demostrar todos sin lugar a dudas. Pero, por otro lado, resulta imposible llevar esta misma afirmación hacia el extremo opuesto del ciclo de vida del mismo ser humano, “la muerte”, ya que, lamentablemente, no podemos asegurar que “ningún hombre muere pecando”.

Así pues me pregunto: ¿qué lleva a un ser humano, que nace naturalmente bueno, a llenar su vida de lo evidentemente malo? El secuestrador, el asesino, el ladrón… ¡No nace así! entonces… ¿Qué pasa en su vida que le hace perder esa vocación universal hacia el bien?

La respuesta más sencilla que puedo encontrar (repito, sin tratar de acudir demasiado a temas de axiología, ética, filosofía o teología) es esta:

“El ser humano, quien nace con una natural vocación (llamado de Dios) hacia el bien, también nace dotado con una poderosa herramienta llamada libertad, que le hace poder deambular, si así se le permite, en los terrenos del mal y aunque al inicio esto lo hace de manera muy residual (poco a poquito), si no se le orienta y se le detiene de esta posibilidad negativa a tiempo, acaba perdiendo la perspectiva objetiva del propio mal con respecto al bien…”

Me explico.

Cuando dejamos que nuestros hijos, sobre todo a una edad muy temprana, decidan por sí mismos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal (falta de límites claros por parte de los padres), entonces estamos dejando a la suerte del destino la formación moral de dicho ser.

Si desde muy temprana edad nosotros, sus formadores, no le enseñamos a nuestros niños (hijos, nietos, ahijados,  alumnos, miembros de un equipo de fútbol infantil, integrantes de una muestra teatral, exploradores, etc…)   que existen cosas buenas y cosas malas  y dejamos que ellos puedan ir experimentando el mal sin ninguna orientación, entonces ellos irán asumiendo que moverse en terrenos peligrosos y poco bondadosos es algo posible. Si además esta práctica se permite de manera indefinida a lo largo de la infancia y la juventud, las consecuencias de formación humana del adulto serán desastrosas.

Como ejemplo, pongamos al secuestrador que ha matado a una víctima. Esto es claramente un pecado de gravedad mortal. Pues bien, estos personajes con una evidente deformación moral, no empezaron secuestrando desde sus primeros años de vida. Algo tuvo que pasar en una muy temprana edad de este ser humano, que le hizo creer que el mal que se le presentaba objetivamente “no era tan malo” después de todo y así se le permitió vivir.

Así, uno puede encontrar que detrás de todo criminal, hubo primero un narcotraficante. Detrás de este narcotraficante hubo primero un ladrón. Detrás de este ladrón, hubo primero un golpeador. Detrás de este golpeador, hubo primero un infiel. Detrás de este infiel , nos encontraremos primero a un traidor. Detrás de este traidor, seguramente hubo primero un mentiroso. Detrás de este mentiroso hubo una caricatura o película no adecuada que se le permitió ver sin límite. Y así… podemos seguir hasta encontrar que en el fondo, a este ser humano nunca se le enseñó que hay cosas que nos son correctas, y que hacerlas trae consecuencias negativas.

De esto deriva la importancia de no dejar que nuestros hijos se eduquen solos.  No dejar que ellos aprendan de ética, moral y valores por ellos mismos. Los padres deben ser las figuras que tengan como modelos y como mentores de dichas asignaturas.

Concluyendo…

Digamos que detrás de un gran pecado seguramente existen una gran cantidad de pequeños pecados no corregidos a tiempo.

Aunque entendemos que el ser humano nace débil (también por naturaleza), también debemos de entender por igual que es su obligación buscar fortalecer su inteligencia, su voluntad y por sobre todo, su carácter para poder afrontar a las tentaciones que siempre irá encontrando a lo largo de todo su camino.

Y ahí, justo en ese punto clave, es donde los padres tienen toda la responsabilidad del mundo.


La tentación

1 julio 2010

Hoy quiero hablar sobre la tentación, o lo que es lo mismo… “¡Ah cómo molesta el diablo!”

La tentación es ese sentimiento que nos viene en múltiples ocasiones que nos incita a desobedecer la voz de nuestra conciencia.

Es pues la voz que nos invita a hacer algo que va en contra del bien y la verdad, o lo que es lo mismo, en contra de Dios.

Recordemos la imagen de la serpiente que incita a Adán y a Eva a comer el fruto prohibido. Pues eso es justamente la tentación, algo que nos atrae a realizar lo prohibido.

Pero aquí vale la pena aclarar lo siguiente:  ser tentado ha realizar algo indebido no es malo, ceder ante tal tentación, si lo es.

Y esto es algo que definitivamente nos será de gran utilidad aclarar pues muchas veces nos podemos sentir culpables de experimentar tendencias indebidas que nos aquejan a lo largo de nuestra vida.

Tranquilo, el ser humano, por su propia naturaleza caída, siempre estará tentado a comer desordenadamente, cometer actos impuros, beber en exceso, perjurar contra el enemigo… en fin, el ser humano es un manojo de tentaciones constantes.

Pero repito, sentir el llamado a hacer algo indebido no es lo incorrecto, llevar a cabo dicha acción cediendo ante la tentación, si.

Sin embargo cuando la tentación es recurrente, si que existe un problema que vale la pena considerar y poner especial atención.

Si eres una persona que constantemente estás siendo tentado a cometer un determinado pecado, puedes asegurar que algo no está debidamente ordenado en tu vida. ¡Debes pedir ayuda! (Profesional y espiritual)

Y en este sentido no existe mejor ayuda que la del mismo Cristo…

Recordemos que Él mismo  fue tentado en el desierto. Pero fue justamente ahí cuando nos demostró cómo vencer a la tentación: Con firmeza y decisión.

Carlos Llano Cifuentes, uno de mis autores preferidos, nos dice en su libro “La formación de la Inteligencia, la voluntad y el carácter” que el ser humano tiene que aprender a controlar principalmente sus tendencias desordenadas a “comer” al “placer sexual” y  a “enojarse”. Haciéndolo, estará formando su carácter de una manera correcta.

Yo te invito a lo siguiente…

Mira la tentación como un reto espiritual, como un grito del enemigo que te quiere poner a prueba. Si logras vencerla, habrás ganado una batalla más en el camino de tu salvación y de paso te  estarás convirtiendo en un gran soldado espiritual de Dios.

Cada vez que te sientas tentado a pecar, cierra los ojos, invoca la ayuda de María, la madre de Dios… deja pasar unos segundos y aléjate de la fuente de la tentación. (Si tu casa está llena de revistas indecentes, de comida chatarra, de malas amistades, etc. no te extrañes que la tentación, con todas sus consecuencias indeseables, sea parte de tu día a día)

Pero… ¿por qué acudir a María? Por que Dios dispuso que fuera justamente ella la que tuviera la fuerza necesaria para ayudarnos en esas ocasiones especiales de tentación.  El demonio, el gran tentador, le teme a la virgen María más que a nadie en el mundo. Cada vez que ella llega, él se va.

¿Que acaso no es ella, María, nuestra madre del cielo?

Pues bien… te invito a que no te sientas mal por ser tentado, antes bien, considérate privilegiado de tener una oportunidad de demostrarle a Dios cuanto le amas.

Si la tentación te llega, levanta la cara al cielo y repite lo siguiente: “Va por ti Jesús” y disponte con firmeza y voluntad indomable a vencer al enemigo.


Los siete pecados capitales

6 abril 2010

¿Quieren un gran consejo para preparar una buena confesión? Apóyense de los pecados capitales. No, no estoy diciendo que practiquen los pecados capitales, tan solo les digo que los utilicen como guía en el análisis de su alma.

Dejen explicarme un poco más…

Si uno examina a conciencia todos los actos de pecado que cometemos a lo largo de nuestra vida y en el día a día de nuestro peregrinar en la búsqueda de la salvación, nos percataríamos que todo el mal que hacemos tiene como fuente alguna de estas siete semillas de cizaña: gula, pereza, ira, vanidad, envidia, soberbia y lujuria.

Son la raíz de todo pecado. Son los motores que, en el interior de todo ser humano, nos hacen caer una y otra vez. Nos arrastran hacia el mal que no queremos y nos alejan del bien que añoramos. Los siete pecados capitales son el origen de nuestra debilidad y de todas nuestras ofensas hacia Dios y hacia los hombres.

Así que cuando te encuentres preparando tu mente y tu alma para confesarte te sugiero que te hagas las siguientes preguntas:

¿He pecado de gula? (Desorden en el comer y el beber)

¿He pecado de pereza? (Desorden en mi forma de descansar y no ser militante)

¿He pecado de ira? (Desorden en el control de mi temperamento y falta de caridad ante el prójimo)

¿He pecado de vanidad? (Desorden en la imagen que debo de tener sobre mí mismo)

¿He pecado de envidia? (Desorden en mi apego a lo material y lo mundano)

¿He pecado de soberbia? (Desorden en mi relación con Dios)

¿He pecado de lujuria? (Desorden en mi búsqueda de placer)

Como se podrán dar cuenta, y así los he querido exponer, los pecados capitales no son otra cosa que un desequilibrio de lo que debería de ser orden y armonía y no lo es.  Por eso les podríamos conocer también como desórdenes, ya que son el producto de la falta de una estructura que organice y acomode rectamente nuestra tendencia hacia lo bueno y lo malo. ¿Y en quien podríamos encontrar mejor esta recta guía que en Cristo nuestro Señor? Él y solo Él nos sabe ordenar.

Recuerdo que alguna vez en dirección espiritual se me comentó que, de hecho, si uno desea simplificar todavía más el tema, podríamos decir que todos nuestros defectos dominantes son producto de dos pecados nada más: soberbia y pereza, ya que estas son la madre de todas las demás. Y yo me atrevería a decir que, de las dos, la primera es la más peligrosa. ¿Por qué? Pues por que la soberbia fue la que motivó a nuestros primeros padres en la tierra (Adán y Eva) a morder la manzana prohibida. La soberbia es la que expulsó a Lucifer del cielo y lo convirtió en el príncipe del mal. La soberbia es la que puede hacernos creer que Dios no es tan necesario después de todo.

Quien cree que pude y debe de estar por encima de Dios, está caminando completamente en la dirección opuesta.

Así que, simplificando una vez más, esta podría ser la pregunta única y básica de toda reflexión de conciencia:

¿Me estoy acercando o alejando de Dios?

Por eso, analizar nuestros actos a la luz de los 7 pecados capitales ayuda mucho, ya que nos recuerda que la fuente de nuestro mal obrar siempre es la misma: olvidarnos de quien quiere el bien por encima de todas las cosas, olvidarnos de Dios.


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