Mi palabra favorita

23 enero 2013

Si tuviera que elegir una palabra favorita sin lugar a dudas sería “Dios”.

Si, ya se que esta es la respuesta que se esperaría de un católico declarado como yo, más no solo la escogería por eso.

La palabra tiene una fonética hermosa ya que es un monosílabo que se pronuncia en un solo golpe de voz, no requiere mucho esfuerzo el decirla.

Además empieza con la letra “D”, misma que se utiliza para escribir palabras igualmente hermosas como Día, Dar, Divino, Detalle, Diluvio.

Y qué decir de su significado. Dios es un término repleto de historia, lleno de antigüedad y cargado de toda la experiencia humana.

Estoy seguro que si bien no fue precisamente la primer palabra en inventarse, si que ha de haber sido de las primeras en generar más controversia y diálogo entre los primeros hombres que se empezaban a comunicar en aquella época de cavernas.

Yo estoy acostumbrado a escribirla siempre en mayúscula (Dios) en muestra de admiración, fe y respeto por el sustantivo propio que es, a menos claro está que me refiera a un dios no único ni verdadero (dios).

Si, Dios es una palabra muy hermosa, pues en su simplicidad encierra también su poderío. Es fácil de decir más compleja de entender.

Que bueno que los hombres escogimos la palabra “Dios” para referirnos al Creador, al Todopoderoso. Pudimos haber elegido otras palabras igualmente bonitas y sencillas como “Didi”, “Ladá” o “Tropi” pero por alguna razón nos inclinamos por “Dios” y yo estoy muy agradecido por que así fue.


Benedicencia

9 mayo 2009

Entre la congregación de los Legionarios de Cristo existe un término que es de gran trascendencia para el correcto seguimiento de una vida santa, y que he optado por incorporar a cabalidad en mi vida. Se trata del término “Benedicencia”.

Cuando tecleo esta palabra en mi computadora, invariablemente sucederá que el corrector ortográfico automático de mi editor de textos no reconocerá el término y lo marcará como erróneo. ¿Por qué? Porque de hecho, no es una palabra ni siquiera existente en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Consultando el diccionario se puede encontrar el término “maledicencia: acción o hábito de maldecir“, pero, insisto, no así el de “benedicencia”. ¿A que viene esto? Procedo a explicarlo…

La benedicencia, al contrario de la maledicencia, se definiría como la acción o hábito de bien decir (o bien hablar…). A mi me gusta definirla mas como: acción o hábito de utilizar la palabra para hacer el bien.

No es extraño que nuestra lengua solo contenga una definición para definir la acción de maldecir, ya que esta es una actividad que genera más escándalo y solemos centrarnos en el mal que se hace y poco en el bien que se deja de hacer.

Maldecir con nuestras palabras, asi sea para referirnos a alguien en forma bromista o amena (como es usual en la cultura occidental latinoamericana) es, a mi consideración, uno de los grandes males ocultos de nuestra sociedad. No nos damos cuenta pero la manera en que nos referimos al prójimo, habla de nuestra actitud ante él. Dice una frase muy famosa que “la boca habla de lo que está lleno el corazón” y es muy cierta. Criticar, maldecir, malhablar, perjuriar son algunos de los daños que hacemos al mal usar nuestro lenguaje y esto solo es el reflejo del descuido que hemos hecho al alimentar nuestro espíritu de cosas buenas.

Pero fiel a la premisa paulina de “vencer al mal con el bien” surge la benedicencia. Esta implica hacer el mejor uso de nuestro hablar en pos de nuestra santidad y la de  nuestros semejantes.

Como ya lo he expresado en anteriores ocasiones, soy un fiel convencido de que la palabra puede construir o destruir reinos. Y dado que es el Reino de Cristo el que queremos instaurar sobre la tierra, no existe mejor medio que la palabra para lograrlo. 

Así, la benedicencia implica:

– No solo no hablar mal de los demás, sino esforzarnos por hablar bien constantemente de cualquier persona.

– Alejarnos del hábito de la crítica destructiva y procurar siempre construir en el amor.

– Evitar entablar o involucrarnos en conversaciones que destruyan la dignidad de cualquier persona y proponer, en su lugar, los temas que humanizan.

– Hablar siempre bien de los demás. ¡SIEMPRE!

– Evitar la mentira y hablar con la verdad.

– Predicar el bien y el amor con nuestras palabras.

– Cuidar la formación de nuestro lenguaje.

– Rezar por el bien que debe ser hecho.

– Hablar con optimismo y esperanza.

En concreto, la benedicencia significa reconocer el poder de nuestras palabras  como medio de humanización y santidad en la tierra. Que cada palabra que salga de nuestra boca sea una prueba de la caridad y sabiduría que Dios le concede a quien está cerca de Él.

O lo que es lo mismo, hablar como hablaría Cristo…


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