Temas incómodos

7 febrero 2013

Hace un par de semanas participé en un grupo de oratoria en donde a los asistentes se nos invitaba a preparar un discurso de 4 a 6 minutos en el que hablaríamos sobre nosotros mismos. Era más bien un discurso de presentación personal en el que deberíamos de comentar principalmente nuestros intereses y pasiones.

Al tocar mi turno, yo inicié diciendo que como parte de mi persona lo más importante que pudieran conocer sobre un servidor era mi pasión por conocer y hablar de Dios.

“Si me interesa la oratoria, es por que la quiero utilizar para hablar de Dios” comenté.

Acto seguido procedí a explicar el por que de mi decir y, desde luego, a expresar otras cosas sobre mi.

Al finalizar cada discurso, uno de los participantes fungiría como evaluador  y tendría la tarea de ofrecernos una crítica sobre nuestro discurso.

En general los comentario que recibí por mi forma de hablar en público fueron bastante positivos más un asunto le  resultó un tanto incomodó al evaluador de mi participación: El tema de Dios.

Me dijo algo así como…

“Trata de cuidarte al tocar temas religiosos y políticos ya que pueden incomodar a muchas personas. Te sugerimos ser muy cuidadoso al respecto…”

¿Cuidadoso? ¿De Dios? ¿Como por que habría de incomodarle a alguien que se hable de Dios?

Dios no es un tema difícil ni espinoso. Intrigante y complejo tal vez, pero jamás malo.

Una vez que hube recibido mi retroalimentación por parte del mencionado evaluador, agradecí su apoyo y le dije:

“No te preocupes, afortunadamente tengo un antídoto para no incomodar ni hacer sentir mal a las personas al tocar este tema: ¡No atacar ni criticar!”

Dios es un tema maravilloso y, de hecho, me encanta decir que es mi tema, a lo que me dedico y para lo que vivo.

Cuando hace un par de semanas escribí que mi propósito para este año consistía en ser más descaradamente católico, lo que quise decir fue justamente que me propondría hablar más y más de Dios y de su Iglesia, sin miedo y sin ataduras.

Juan Pablo II nos lo dijo cientos de veces en sus muchos y fenomenales discursos: “¡No tengan miedo a Cristo!”

Desde luego entiendo que muchas personas tiene una opinión diferente sobre Dios y a la Iglesia de la que yo tengo y no está mal, al contrario, permítanles expresarse con toda libertad.

Meditar, discutir e incluso debatir sobre Dios no puede ser malo. Si el ánimo entre los que dialogan se basa en encontrar la verdad y no imponerla, no tienen nada que temer.

En fin, yo seguiré hablando de Dios en mis conferencias y actividades diarias, y esto no significa que cada seminario que ofrezca o cada taller que imparta se convierta en una catequesis de moral y religión, pero sucede que dado que Dios decidió hacerse hombre hace más de dos mil años, a partir de ese momento hablar de cualquier tema humano es, en cualquier forma, hablar de Dios.

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