Ser hombre (VII)

3 octubre 2012

A raíz de las recientes publicaciones, me han solicitado si es que puedo proporcionarles ejemplos prácticos de cómo formar las virtudes de la templanza y la mansedumbre en los niños y jóvenes.

A continuación les ofrezco algunas alternativas.

Para forjar la templanza…

1) Procure, primeramente, liberarse de toda culpa emocional que pueda estar sintiendo como padre y que le impida “negar” cosas a sus hijos. Es decir, prepárese para decirle “no” a su hijo muchas veces y sostenerse a toda costa. Si usted tiene una justificación del tipo “yo educo en la libertad” o “no lo limito pues lo quiero hacer independiente” le advierto que puede estar sentado sobre una bomba de tiempo.

2) Acostumbre a su hijo a que la comida es un asunto e horarios, no de antojos. Acostúmbrelo a que solo se come cuando el momento oportuno de hacerlo llega y no cada vez que el apetito aparece. Bien dicen que al hombre se le conquista por la boca, pues bien, esto el diablo lo sabe muy bien.

3) Ofrézcale constantemente a su hijo la oportunidad de renunciar a un beneficio inmediato por uno mayor y mejor posterior. Ejemplo: “Si decides no comer un dulce hoy, te ofrezco dos mañana”.

4) No le ofrezca dinero sin regular su uso. Es preferible pecar de austero en su educación que de derrochador.

5) Permítase negarle permisos y peticiones varias por el simple hecho de hacerlo (si… así como suena). Un hombre debe de entender que la autoridad moral (en este caso representada por sus padres) es suficiente motivo para imponer una orden. Dios no siempre nos explica por que actúa como actúa…. ¿o si?.

7) Aunque su situación económica sea de abundancia, no lo eduque en la misma sintonía. Explíquele en qué ocasiones se utiliza el dinero en su familia (educación, salud, reuniones familiares) y para que definitivamente no. Si su situación es más bien precaria, permítale que su hijo viva y se forje en esta realidad (créame, lo escaso en educación es un plus)

9) Si el niño está inscrito en una actividad extra escolar como la practica de algún deporte o disciplina artística, sea perseverante y no lo saque de la misma solo por que él lo pida en algún momento (seguro lo hará). Lo maravilloso de practicar una disciplina es justamente eso… ¡la disciplina que provoca!

8) Desde luego ¡Llevelo a misa! Mi padre, sin ser católico, lo hizo conmigo solo por que sabía que era bueno. No había más explicación.

9) Un pasaje evangélico especialmente educativo para entender la forja de la templanza es el que narra las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt IV,1-11 / Mc I,12-13 / Lc IV:1-13). Para un hombre, este pasaje es por demás espectacular en todo lo que tiene que ver con la forja de la masculinidad y el carácter.

10) En resumen: eduque en la austeridad y el sacrificio. (no importa cuan incomodo pueda resultarle esto a usted como papá. Con el tiempo verá los grandes resultados) La templanza se forja, al igual que el hierro, en el fuego ardiente que le quema pero le da forma..

Para forjar la mansedumbre…

1) Por sobre todas las cosas propóngase como objetivo formativo hacer de su hijo un caballero en toda la extensión de la palabra. Incorpore modales de usos y costumbres aunque los demás le digan que estos están pasadas de moda.

2) Inscríbalo o, mejor aún llévelo personalmente, a labores sociales y altruistas desde temprana edad. El servicio al prójimo deberá de estar grabado como tatuaje en su alma.

3) Enséñele que mujer y hombre son distintos y que es su misión proteger y procurar el bien de toda dama que se encuentre en su camino. Prepárelo para su futura esposa, ella lo agradecerá.

4) No le deje tomarse a la ligera sus noviazgos. Impida que evite el compromiso en sus relaciones amorosas. El joven deberá de tratar a toda novia con el mismo esfuerzo y dedicación de quien desea construir un gran proyecto de vida junto a alguien más. Asociar noviazgo solo con diversión es degradar el sentido de este ámbito.

5) Jamás permita que la autoridad de su hijo esté por encima de la de su madre (la primer mujer a la que un hombre aprende a respetar es a su propia progenitora). Dicen que como un hombre trata a su mamá, tratará a toda mujer en el mundo.

6) De ser posible, haga que su hijo conviva lo más que pueda con sus abuelos. El contacto con las tradiciones y el pasado ayuda a equilibrar los desajustes modernos causados por el relativismo moral.

7) Un pasaje evangélico útil para entender la mansedumbre es el que nos cuenta el actuar de Jesús ante la mujer adúltera (Jn VIII,1-11). En este texto los hombres aprendemos, en la persona de Jesús, a ver a las personas por su alma y no por sus pecados.

8) Regule su lenguaje. Este es una muestra de la consideración que él tiene para con sus semejantes. Se dice que la boca habla de lo que está lleno el corazón.

9) En este mismo sentido, tres palabras jamás deberá de faltar en su lenguaje (y si puede usarlas en exceso, mejor): por favor, gracias y perdón.

10) Vida de oración… apreciar la presencia de un ente divino muy superior a uno es primordial para comprender la hermosura de la propia pequeñez.

Como notarán estos consejos suelen poner a los padres en una posición francamente contraria y opuesta a muchas ideas supuestamente “modernas” de educación. Pero recordemos que se trata de educar, no de imitar. Lo que está en juego es el futuro de los hombres que serán los brazos de Dios en el futuro. El nos regaló la bendición de ser padres, correspondamos entregándole verdaderos hombres constructores de su Reino.

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Ser hombre (V)

24 septiembre 2012

Ahora hablemos de la mansedumbre.

Definámosla como la virtud que nos permite tener control sobre nuestras emociones explosivas. Si, desde luego que tiene en común con la templanza que ambas buscan regular un impulso, solo que, mientras el enfoque de esta última, es la lujuria, la mansedumbre busca regular principalmente la ira.

Como ya mencioné en anteriores entradas, el hombre es un ser cuya vocación es la protección y la consecución, para lo cual Dios le ha provisto de cualidades muy particulares: fortaleza física, capacidad en enfoque, una mente orientada a los datos y otras cualidades que hacen que el hombre se sienta especialmente capacitado para la lucha.

Pero una cualidad sobresale: la fuerza. El hombre es un ser preparado para resistir, contener y arremeter, que son las principales manifestaciones de esta cualidad. Sin embargo, esta misma fuerza le pueden llevar en múltiples ocasiones a denostar cólera, sobre todo cuando siente amenazada su “supuesta supremacía”.

En nuestro país le solemos llamar “machísmo” al denigrante fenómeno que se da en un hombre que se impone por la medio de la fuerza (física o psicológica) ante una mujer. De hecho, se dice que en América Latina el “machísmo” es un problema relevante y apremiante de erradicar.

Un hombre que usa la fuerza que Dios le proveyó para arremeter contra el objetivo incorrecto es un ser inmaduro y primitivo incapaz de gobernar su propia “hombría”.

Por eso, la mansedumbre es la virtud que, inculcada desde la infancia, lleva al hombre a entender el verdadero sentido de su fuerza: proteger para enaltecer. Si el hombre es fuerte, lo es por que Dios ha querido que sea la columna que sostiene la estructura de la vida, más no para que sea el martillo que la destruye.

Un hombre que se increpa y encoleriza con facilidad es, a todas luces, un hombre falto de formación y carácter.

Así, la mansedumbre tiene como objetivo que el hombre regule su fuerza, su carácter, su poder para ponerlo al servicio de los demás y no de él mismo.

Mansedumbre viene de “manso” y bien podemos recordar que el mismo Jesucristo nos llamo a ser “mansos y humildes de corazón” (Mt:11-29), por que sabía mejor que nadie que los grandes hombres no son quienes demuestran gran fortaleza física sino espiritual.


Ser hombre (III)

18 septiembre 2012

¿Que los hombres no somos sensibles?

Pongo en duda esta creencia (o mito) en estos mismos instantes.

Los hombres somos altamente sensibles, lo que sucede es que, además de ser especialmente vulnerables a cierto tipo de sentimientos muy diferentes que los que acontecen de manera regular en las mujeres, es un hecho que somos poco expresivos de los mismos.

Pero de que sentimos…¡vaya que sentimos!

La muestra de ello se encuentra  al asomarnos un poco al acontecer de la historia de cualquier nación. Cientos de guerras, anécdotas y desmoronamientos de imperios se han suscitado simplemente por que hombres gobernantes fueron presas de sus emociones y sentimientos.

Pero de entre todos los sentimientos que en el hombre se pueden despertar provocados por estímulos externos, son dos los que, de hecho, más conmoción le provocan, a tal grado que suelen ser la causa de la pérdida de todo autogobierno, lo que de manera muy usual, es la fuente de muchos de sus problemas. Dichos sentimientos son: enojo y sensualidad, sentimientos muy carnales y poco racionales.

Un hombre  incapaz de controlar responsablemente especialmente estas dos emociones,  será presa segura de las mayores de las tentaciones mundanas. Hambre, sexo, placer, poder, son los grandes disparadores de estos sentimientos y solo el hombre de carácter bien forjado, es capaz de sobreponerse a sí mismo, a su propia naturaleza caída.

Si, la sensualidad (nacida de la lujuria) y el enojo (nacido de la ira), son los dos grandes grilletes de la masculinidad.  Los hombres solemos tener muchos momentos de gran tentación a lo largo de nuestras vidas que se nos presenta con especial intensidad de la mano de estas dos depredadoras. Vencerlas suele ser la demostración más fuerte de amor del hombre hacia Dios.

Pero en esta lucha Dios no nos ha desprovisto de armas. Para el hombre que desea escudarse y forjar su alma contra el acecho del enemigo, el Creador ha infundido en su ser dos grandes virtudes que resultan especialmente imperantes: la templanza y la mansedumbre.

Al educar y forjar el carácter de un infante hombre, es especialmente importante cuidar que se siembren estas dos virtudes en su raíz. La templanza servirá para poder  proteger el alma del hombre ante los embates de la lujuria y los placeres carnales y la mansedumbre para poder regular su explosividad.

Ambas virtudes, bien fundadas, representan un blindaje ideal para velar por la santidad del hombre que se desenvolverá en este mundo.


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