Tu peor enemigo

8 julio 2013

Hola:
Permíteme presentarme: Soy tu peor enemigo.

Lo digo en virtud de que tengo enorme poder sobre ti, soy capaz de dominarte, influirte, destrozarte y, lo peor para ti, paralizarte.

Mi dominio sobre tu persona obedece en gran parte a que eres tú mismo quien me ha permitido someterte. Conscientemente o no, todos los días me abres las puertas y me dejas revolver tu interior a placer. Y es justo esta acción la que más control me da sobre ti.

No te confundas, cuando no has podido lograr una meta, he sido yo quien te lo ha impedido. Cuando te has sentido deprimido y desesperanzado, soy yo quien está provocando dichos sentimientos. Igualmente cuando has truncado una dieta, un proyecto o una relación amorosa, soy yo quien se adjudica tu fracaso. Si, siempre soy yo, tu peor enemigo.

Tus dudas de fe, tu falta de perseverancia, tu mal humor, tu egoísmo, ira y pereza yo las ocasiono en ti. Y eso es justo una muestra de mi poder sobre tu persona. Te domino y te controlo a placer.

Es más, me atrevo a decir que si no piensas hacer nada al respecto con mi presencia en tu vida, si tan solo te limitas a seguir omitiéndome, yo no pienso cesar mi fuerza sobre ti. Si tú no me lo impides, como no lo has hecho hasta hoy, seguiré manejándote a mi placer.

Soy tu peor enemigo y sabes que así es pues durante años me has tenido junto a ti y no has hecho nada por controlarme.

Así que, si no tienes inconveniente, seguiré actuando contra ti, mientras no estés dispuesto a permitirme lo contrario.

Atentamente: Tú mismo.


La libertad es perfecta

2 febrero 2013

De entre todas las creaciones de Dios, la idea de la libertad humana es impecablemente perfecta.

Es más, es tan exacta y buena que ni su mismo Creador, Dios, se permite trastocarla.

Muchos son los que se cuestionan por qué Dios no impide el mal en el mundo, siendo que al ser Él todopoderoso no tendría problema alguno en intervenir a cada instante que un hombre estuviera por cometer un acto ilícito.

El asunto es que Dios si tiene un problema con esto.

Por sobre todos los valores que Él mismo ha creado, el de la libertad humana es el que más se ha jurado no tocar, ni cambiar ni mucho menos abolir.

Pero… ¿Por qué?

Sucede que Dios sabe que la libertad es la condición humana indispensable para que el amor florezca. Sin libertad no hay voluntad y sin voluntad es imposible el amor, ya que este se define justamente así, como un acto de voluntad.

El amor obligado no lo es en realidad.

Por lo mismo, el amor requiere de la libertad y, dado que Dios es amor, Dios mismo está anclado a la libertad.

Así que Dios sabe que aunque esta condición en múltiples ocasiones le juega en contra cuando el ser humano le da la espalda por propia voluntad, lo prefiere así antes que de otra manera, pues es en esta misma libertad de actuar como le plazca que el hombre puede decidir igualmente amar a plenitud.

Si, definitivamente es tentador pensar en exigirle a Dios que debería de intervenir para evitar el mal cada vez que este se presente, pero al igual que un padre desea la independencia y la libertad de su hijo para que este llegue por su propia cuenta al bien y la verdad, así también Dios respeta la voluntad que cada creatura tenga para él y su prójimo.

En serio, que el hombre sea libre (de insultar o amar a Dios) es perfecto, aunque sea difícil de comprender.


Una experiencia muy peculiar…

26 diciembre 2012

Esta publicación será un poco extensa, pero me veo en la necesidad de compartir detalladamente una experiencia personal de gran relevancia.

Hace una semana fui invitado a impartir una conferencia ante un público muy especial. Se trataba de un grupo de reos que están reclusos en un centro de readaptación regional a las afueras de la ciudad.

La verdad es que en cuanto recibí la invitación de parte de una misionera que lleva varios años dedicada a evangelizar a ese sector de la sociedad, no me pude negar a tratar de vivir esa experiencia.

Debo reconocer que desde que se ingresa al penal, aun en calidad de visita, la sensación que se presenta en el corazón es bastante estrujante. Por un lado se respira la dureza en el corazón y cuerpos de quienes ahí viven, pero al mismo tiempo se puede percibir la debilidad en las almas de quienes se saben caídos y señalados por el mundo (justa o injustamente).

El motivo de la invitación que me hizo la Cofraternidad Carcelaria de México (movimiento de la Iglesia Católica para evangelizar en las cárceles) para charlar con ellos, tuvo como objetivo llevarles un mensaje de esperanza y transformación a estos duros pero angustiados seres que en tales circunstancias suelen ser relegados y olvidados.

Para ingresar, los que asistimos tuvimos que acatar ciertas normas de vestimenta como no llevar prendas blancas, azules ni negras, no usar zapatos con plataformas elevadas, ni llevar absolutamente ningún accesorio como teléfono celular, cartera, monedas ni otros objeto que no hubieran sido previamente avisados por los organizadores de la visita.

Para poder llegar hasta el lugar en donde se llevaría a cabo el encuentro con los reos, tuvimos que pasar por tres revisiones en distintos puntos de control.

Una vez dentro del reclusorio, la conferencia tuvo lugar en el interior de la capilla del centro, misma que estaba siendo rehabilitada y reparada por los mismos presos durante esos días. Un olor a pintura fresca se respiraba por todos lados. Era una capilla sencilla y muy bien cuidada.

Ahora bien… ¿Qué le puedes decir a un público tan peculiar?  ¿Qué mensaje les podría llegar verdaderamente al corazón a estos hombres que son más bien juzgados por no tenerlo?

Juro que no pude preparar mi conferencia previo a la visita por no tener ninguna pizca de inspiración al respecto. Las frases y mensajes que suelo exponer en otros foros parecían  no tener cabida ahí, en ese ambiente de prisión y poca esperanza (hay presos que tienen sentencias de hasta 200 años).

Llegué al reclusorio con apenas unas cuantas ideas de lo que podría decir, más bastante desorientado en cómo hacerlo por espacio de una hora y media que se me había asignado.

Como siempre lo hago antes de comenzar cualquier conferencia, busqué un pequeño espacio previo a la charla para encomendarme al Espíritu Santo y pedirle a Dios que me diera la sabiduría para hablar en su nombre.

“Señor, utilízame para decir lo que tu quieras que les sea dicho”

Y así fue que empecé…

Inicié mi conferencia ante los casi 6o reos que me escucharon esa tarde, agradeciéndoles y felicitándoles por  tener el entusiasmo  de tener la capilla, la casa de nuestro Señor, tan bien cuidada. Ante lo cual respondieron bastante entusiastas y orgullosos, pues se notaba de inmediato que dicho recinto les significaba respeto.

Pero después de dicha introducción, no recuerdo del todo bien exactamente qué palabras usé ni de que frases me valí para dialogar con ellos. Creo que les hablé un poco sobre  talento, vocación o algún tema similar. En serio, no recuerdo bien que palabras usé.

Más si tengo muy presente que las miradas de estos hombres jamás dejaron de dirigirse atentamente hacia mi muy ansiosos de recibir algo que nadie las había dado hace mucho tiempo: atención especial.

De hecho, lo que más recuerdo de mi charla es que, para concluirla, tomé la decisión de subirme al altar que se situaba a mis espaldas, me tomé unos cuantos segundos de silencio para mirar directamente a los ojos al mayor número de asistentes en el foro  y posteriormente les dije con voz fuerte y directa:

“¡¡Los quiero, los quiero mucho!!”

Y esto se los dije muy en serio, no como una frase más dentro de una charla de motivación, sino como una necesidad interior por expresárselos de manera especial a ellos, los rechazados del mundo. Mientras se los decía, el corazón se me exprimía de angustia por tratar de sentir lo que esos hombres llevaban en cada una de sus historias personales de vida.

Ese “los quiero” estaba cargado de todas las muestras de cariño que nadie les ofreció en su pasado  y que pudieron haber evitado que sus vidas llegaran al punto en donde creyeron que no había otra opción que el rencor y el odio para salir adelante.

Tras decirles estas últimas palabras, inmediatamente pude notar en la mirada de muchos de ellos lágrimas y conmoción. Era notorio que les había tocado muchas fibras sensibles. Algunos de ellos, con los ojos un poco humedecidos por las lágrimas, bajaron la mirada para no permitir que se notara su humana debilidad.

Es un hecho, pude haberles hablado de cualquier cosa o no haberles tocado ningún tema en particular, con esas cinco sencillas palabras hubieran bastado para que mi visita les valiera para algo.

Sin tener el ánimo de presumir nada en lo absoluto, puedo decir que esa ha sido una de las mejores conferencias que he dado en toda mi vida. Al terminar me sentí desbordado de energía y muy satisfecho por los resultados obtenidos.

Al concluir la  conferencia tuve la oportunidad de dialogar personalmente con varios de estos reos y conocer de primera mano sus historias. Pude ofrecerles algunos consejos y animarlos para que aprovecharan el tiempo que les correspondiera estar ahí para fortalecer su espíritu principalmente ayudando al prójimo.

Al salir del reclusorio muchas reflexiones me vinieron de inmediato a la mente. Sin duda aprecié el sencillo detalle de atravesar una puerta que me diera acceso a la libertad de poder dirigirme a donde yo quisiera, aprecié la posibilidad de tener acceso a una comida bien servida en casa, también valoré como nunca el baño con agua caliente que cómodamente me pude dar esa noche, pero sobre todo, valoré la posibilidad de tener el abrazo permanente de mi familia a quien llegué a disfrutar como hace mucho tiempo no lo hacía.

Le he contado esta experiencia a varias personas y las reacciones han sido muy variadas. Desde quienes se muestran interesados por conocer los detalles de esta experiencia hasta quienes me cuestionan el que le haya puesto atención a un sector de la sociedad que no tendría por que merecer aprecio alguno.

En fin, el tema es que yo tuve la oportunidad de vivir por una tarde lo que miles de personas vivirá por muchos años de su vida. No soy absolutamente nadie para juzgar el merecimiento que alguien pueda tener para perder su libertad por haber cometido un crimen. Se que la ley humana es imperfecta más necesaria. Más también sé que si Dios decidiera regresar nuevamente al mundo encarnado en Jesucristo, pasaría gran parte de su tiempo predicando en lugares como esos y a personas como dichos reos, pues quienes necesitan al doctor son los enfermos no los sanos.

Para conocer más sobre la labor evangelizadora que nuestra Iglesia Católica lleva a cabo en las cárceles en el mundo y en México pueden visitar el sitio de la Cofraternidad Carcelaria de México.


La promesa

12 septiembre 2011

¿Alguna vez has prometido algo con el suficiente compromiso de jamás, pero verdaderamente jamás, faltar a esa promesa?

¿Lo has logrado?

Resulta que Dios si lo hizo. Le ha prometido algo al ser humano y jamás ha faltado en el cumplimiento fiel e irrestricto a dicha promesa.

Se trata de un juramento que Él mismo promulgó para sí mismo y que posteriormente hizo extensivo a toda la raza humana.

En efecto, Dios le ha prometido algo incondicionalmente a todo ser que habita en este planeta.

Pero…

¡Cómo le convendría romper dicho pacto! El mundo sería perfecto si lo hiciera. Los hombres, sin falta alguna regresaríamos uno a uno hacia Él sin dudar. De no ser por dicha promesa el mal, el vicio y el pecado no estorbarían en el camino de nuestra salvación.

Ojalá no hubiera existido esa promesa. ¿Por que lo hizo? ¿Qué sentido tuvo haber jurado algo así? En verdad, el mundo no lo sabe, y muy pocos de hecho lo intuyen.

¿De que promesa se trata? ¿Qué podría haber comprometido a tal grado a Dios que en realidad le ata de manos ante la posibilidad de lograr la sociedad perfecta, la civilización del amor que tanto anhela?

Esta es dicha promesa hecha por Dios a los hombres:

“Jamás me interpondré entre ti y tu decisión. Eres libre”

Así es. Dios promete jamás intervenir entre lo que somos y lo que decidamos ser. Lo ha prometido y Él nunca, pero en verdad nunca, rompe una promesa. Ni siquiera si nosotros ante su persona si lo hagamos.

Nosotros a Él le podremos fallar, somos libres de hacerlo, pero Él jamás lo hará con nosotros. Se ha comprometido hasta el final.


¿Debe la Iglesia meterse en los asuntos públicos?

8 agosto 2011

En México, y me imagino que en todo el mundo, la Iglesia empieza a ser fuertemente criticada por atreverse a fijar una postura en casi todos los temas que afectan el desempeño político de los distintos gobiernos.

Con el argumento de la defensa de un estado laico (que rige igual para todas las creencias) los críticos de la Iglesia le piden que no se inmiscuya en temas que serían de incumbencia solo de gobernantes y gobernados. (Ej: La promulgación de leyes contra la vida, la supuesta defensa de los derechos de ciertas minorías)

La pregunta que me surge es la siguiente:

¿Debe la Iglesia opinar sobre los asuntos públicos?

Mi respuesta es… desde luego.

¿Qué más necesitado de orientación moral puede existir que la promulgación de leyes que regirán la convivencia de las sociedades? Si la estipulación de una ley es algo que acabará por afectar el comportamiento de un individuo, se esperará que esta ley esté apegada a la ley natural de Dios, misma que la Iglesia ha defendido siempre.

Claro, siempre me orientaré  más por preferir antes que una posición de conflicto entre Iglesia y Estado, una postura de cooperación y consejo mutuo. Una a otra se podrían aportar mucho si se permiten escuchar lo que cada una tiene que decir. Al final de cuentas tanto Iglesia como estado son de las instituciones más antiguas en la historia de la humanidad, por lo tanto, algo han de saber sobre como hacer las cosas.

Sin embargo, la ventaja que tiene la Iglesia por sobre el estado es que la primera acumula y reflexiona su experiencia de humanidad a cada año que pasa, nuestra Iglesia se va volviendo más sabia, mientras que la postura del estado depende en gran medida de la idiosincracia y la individualidad del gobernante en turno.

La Iglesia evoluciona lentamente conforme aprende más y más de la misma humanidad a la que orienta, mientras que en el otro lado, todos hemos visto como los estados a lo largo de la historia se reformulan y se replantean de manera completamente distinta al gusto de quien llega al poder.

Es por eso que si bien la Iglesia no tiene el carisma de gobierno de naciones, si que lo tiene en la orientación moral de la vida cotidiana y social del mundo. Por lo mismo es perfectamente entendible que fije una postura que servirá de marco de referencia ante las distintas preocupaciones humanas.

¿Quien mejor que la Iglesia para decirnos cómo actuar ante la nueva ola de investigación genética? ¿Qué otro referente moral más adecuado que la religión para ofrecernos luz sobre cómo actuar ante las nuevas posibilidades de acceso casi ilimitado a la información vía el Internet? ¿Quien mejor que nuestra Iglesia para indicarnos cómo debe de ser el modelo de familia al que los seres humanaos con vocación debemos de aspirar? ¿Quién mejor que la Iglesia para ayudarnos a alinear nuestra conducta con los designios del Creador?


Los efectos de la libertad

20 mayo 2011

Ayer  platicaba con un líder empresarial de mi ciudad quien me decía que pareciera que existen ciertos males como la pobreza, las adicciones y la corrupción que son imposibles de erradicar completamente en el mundo.

Yo le comentaba lo siguiente..

“Me parece que mientras el ser humano sea libre, siempre existirán, en menor o mayor medida, males que deberemos combatir” 

Lamentablemente esto es cierto…

Dios nos dio la libertad, y durante siglos defenderla ha sido la bandera de lucha de la sociedad, pero pareciera que una vez que esta se ha conseguido una nueva tarea no es propuesta…

Saber cómo usar dicha libertad ganada”.

Desafortunadamente siempre existirán personas en el mundo que utilizaran dicha libertada para hacer el mal y evitar el bien, pero afortunadamente serán más la personas que, haciendo uso de esa misma libertad, optarán por promover el bien y desechar el mal.

Así pues… la mala noticia es que el mal siempre existirá mientras exista libertad humana y la buena nueva es que el bien, que también es una elección el libertad, también nos acompañará hasta el final de los tiempos.


Mamá… ¡no quiero se católico! (II)

2 noviembre 2010

Ok… con respecto al cuestionamiento que les plantee el día de ayer, aquí mi reflexión…

¿Que hacer si tu hijo adolescente te dice que él, a diferencia tuya, no quiere ser católico?

Aquí lo que yo haría..

¡Abrazarlo fuertemente y decirle lo mucho que en verdad respeto su decisión y que le amo con todo mi corazón!

Muchas personas pueden no comprender del todo esto que planteo, sobre todo si provienen de un contexto familiar con una tradición religiosa muy ortodoxa. Pero tengo mis motivos para recomendar este actuar…

Déjenme argumentar un poco al respecto…

Cristo vino al mundo y nos encomendó la siguiente misión: “Id por el mundo y predicar el evangelio”

Lamentablemente esta invitación suele ser confundida por muchos de sus seguidores quienes la traducen de la siguiente manera:

“Id por el mundo y convertir a todos al cristianismo”

Yo se que a estas alturas ya muchos se empezarán a poner nerviosos, lo cual entiendo, pero pido una oportunidad para seguir con mi argumento.

Lo que en realidad Cristo quiso decir hace dos mil años fue lo siguiente:

“Id por el mundo y prediquen el amor… y solo si es necesario utilicen palabras”

Veamos. Si Jesús durante sus tres años de predicación no hizo otra cosa que amar al prójimo, y lo hizo hasta la muerte, y eso es lo que conocemos como “evangelio” (Nueva buena) , entonces nuestra misión al difundir dicho evangelio es justamente predicar dicho amor.

Los apóstoles que fueron enviados a predicar el evangelio tras la muerte y resurrección de Jesús no tenían la misión de convertir a todos los hombres hacia Cristo a como diera lugar. De hecho, no se tiene registro en ningún pasaje del libro de “Hechos de los apóstoles” que se diera alguna conversión al cristianismo por la vía de la fuerza, por imposición obligatoria.

Si producto de esta labor apostólica fue que se dieron miles de conversiones en los primeros años del cristianismo es por que las personas voluntariamente abrían su corazón a Cristo. ¡Nadie fue obligado!

Esto, desde luego, no quiere decir quedarse callado y permitir la injusticia. No. Uno debe de predicar en lo que verdaderamente cree, pero más que con palabras, con acciones que hablen por si mismas.

Es maravilloso cuando una creencia religiosa trasciende a lo largo de una generación a otra, pero es mucho más hermoso cuando también esta tradición es adoptada en libertad,  siendo los mismo adoptantes quienes desean verdaderamente recibir dicha bendición.

En el caso que nos ocupa, el de un adolescente que le dice a su mamá que no quiere ser católico, habrá que hacerle saber a este joven que le amamos por sobre cualesquiera que sean sus decisiones (Te amor por lo que eres, no por lo que quisiera que fueras). Esto es la verdadera predicación del evangelio. Esto es lo que Cristo hubiera hecho.

¿Quien puede amar algo que se le impone solo por tradición y por fuerza? ¡NADIE!

Al contrario, puedo asegurar que el joven que reciba esta respuesta respetuosa de parte de su madre ante su decisión, quedará sorprendido por el amor que recibe y acabará encontrando, tal vez tiempo después,  el valor de una religión que predica con el ejemplo y no con la imposición.

Yo, como católico practicante, he encontrado especialmente  positivo el tomar esta postura. Cuando más me empeño en convencer con la palabra a alguien de lo que creo, menos lo consigo. Pero cuando en vez de palabras, utilizo mis acciones, la gente acaba encontrando por sí misma algo valioso que están dispuestos a imitar… ¡y lo hacen!

Amigo católico… si resulta que en tu casa alguien se niega a adoptar tu misma fe, no te angusties. ¡Abrázalo fuertemente por haber tomado una postura firme, invítale a seguir en la búsqueda del bien y de la verdad y por sobre todo… dile que le amas por igual!

Tranquilos, si es un alma buena, Dios ya le tiene preparado su propio camino. Imponerle el tuyo puede ser contraproducente.

Nadie puede querer algo al menos que su corazón esté dispuesto a hacerlo, y esto en muchas personas puede costar tiempo y paciencia para que así sea.


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