Ser sacerdote hoy

19 noviembre 2014

Platicando con un amigo sacerdote me hacía el siguiente comentario:

“José Luis, ser sacerdote en la actualidad es mucho más difícil que lo que era serlo hace un par de décadas”

Este comentario me lo hacía con una expresión de cierta aflicción reflejada en su rostro.

“Antes la profesión e imagen sacerdotal era muy respetada y hoy ya no lo es tanto” me seguía comentando.

Este diálogo entre mi amigo y yo se había dado en un contexto de diálogo sobre lo mucho que había resultado afectado el sacerdocio por los pecados graves de unos cuantos miembros de esta comunidad eclesial.

Personalmente esta situación me duele, y mucho.

Para mi la figura sacerdotal siempre ha resultado de gran admiración y respeto. A la fecha no puedo sino hablar usando el término “usted” (expresión de gran solemnidad en México) a toda persona que ha decidido atender generosamente al llamado de la entrega total a Dios y a su Iglesia a través de la vocación al sacerdocio. Para mi un sacerdote es la representación viva de la Iglesia en sí misma  y cualquier afectación que le acontezca a uno de ellos la siento como si hubiera sido a toda nuestra comunidad universal.

En efecto, ser sacerdote hoy es mucho más difícil que serlo en el pasado, pero también percibo que es una época en la que la perseverancia será puesta a prueba y, con esto, muchas bendiciones están por venir.

Hoy más que nunca nuestros sacerdotes están cargando cruces muy pesadas y dolorosas, y por eso es momento de orar y pedir al Señor por ellos, para que les de fuerzas especiales para ser ejemplo de santidad.

Amigos sacerdotes… ¡No están solos, rezamos por ustedes!


La encomienda de Jesucristo

22 febrero 2013

La misión que Jesucristo nos envío fue a predicar el evangelio a todo el mundo, no a inscribir a su Iglesia al mayor número de personas posibles.

Lo anterior lo escribo pues he notado últimamente en algunos medios de comunicación ciertos comentarios sobre si la Iglesia, ahora que será guiada por un nuevo pontífice, debería de actualizar y liberalizar sus posturas de cara a ganar más fieles y adeptos o, visto desde una perspectiva más pesimista, dejar de perderlos.

Así como una verdad no se vuelve más o menos cierta por que más o menos personas la crean, una religión tampoco se vuelve más o menos creíble por que tenga muchos o pocos seguidores.

La misión última de un Papa no es atraer más adeptos a la Iglesia Católica, sino velar por la santidad de los fieles que le pertenecemos. Si para hacer esto debe de exigirnos moralidad y rectitud a la altura que los tiempos modernos lo piden, pues entonces que así sea. Si haciéndolo resulta que muchos se sienten inconformes e incómodos con estas exigencias y optan por cambiarse a una doctrina más cómoda, pues que así sea.

Vuelvo a repetir que la encomienda de Jesús hacia sus apóstoles fue la de “predicar la buena nueva” o lo que es lo mismo, la verdad que Él nos vino a revelar, más jamás quiso con esto decir que esta iba a ser perfectamente aceptada por todos quienes la escucharan.

Si en el extremo de los casos, la Iglesia Católica se viera reducida a solo un puñado de fieles que siguen la doctrina de Jesucristo, esto no le quitaría validez ni veracidad alguna. Si por el contrario, esta creciera doblando o triplicando su número de integrantes, tampoco sería indicio de que esta es mejor que otras.

Sabemos que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Dios por que Él así nos lo dijo, nada más. Si Dios nos dice que algo es verdad, entonces irrefutablemente lo es. Si el mundo lo cree o no es punto y aparte.

Dirigir una Iglesia no es un asunto de popularidad ni de carisma, sino de firmeza en el resguardo de los principios universales diseñados por Dios para el bien de la humanidad.


Hablando de Dios

31 enero 2013

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Ser católico…

26 enero 2013

La primer entrada que publiqué en este blog en e 2009 llevaba como título el mismo que precede la publicación de hoy: “Ser Católico”.

Y es que en este año que estoy iniciando me ha surgido mucho la inquietud de meditar y reflexionar sobre mi llamado a pertenecer a la Iglesia.

A veces me pregunto ¿qué sería de mi si jamás nadie me hubiera hablado de Cristo, de la historia de la salvación y de la Iglesia que administra y vela por la santidad de los que hemos creído en la buena nueva?

¿Qué hubiera pasado si mis papás hubieran vivido en otro país? ¿Que hubiera sido de mi fe si yo no hubiera conocido a Dios en esta época?

En fin, no llegaré a ningún lado por andar cavilando en lo que pudo ser. Sin embargo una idea me resulta muy positiva de esta reflexión.

Si yo, por azares del destino, no hubiera tenido la oportunidad de encontrarme con la iglesia católica, estoy seguro que la Iglesia, valiéndose de todo su poder de evangelización y apostolado, me hubiera encontrado a mi.

Por eso es importante que los católicos asumamos el indelegable rol de apóstoles de Jesús, pues existen millones de personas en el mundo que, habiendo nacido o crecido lejos de un ambiente cristiano, no han recibido aún la noticia de Jesús en sus vidas.

Ser católico es ser mensajero y jamás podremos descansar hasta que Cristo llegue a todos los rincones de la tierra.


La verdadera Iglesia de Cristo

1 enero 2013

Somos la verdadera Iglesia de Cristo.


Estar en el ojo de la crítica…

27 julio 2012

Cuando uno se declara “fervientemente católico” suelen suceder dos cosas en nuestro círculo social:

1) Reacciones diversas

2) Escrutinio obsesivo

La primera quiere decir que, como publiqué en mi entrada anterior, las personas suelen reaccionar extrañadas de que alguien se abra tan fácilmente hacia una creencia en particular. Sobre todo en estos tiempo supuestamente más avanzados.

La segunda responde a la actitud que muchos toman ante los católico por el simple hecho de serlo. Esta actitud es de “críticos morales”. Es decir, pareciera que cuando uno declara ser católico es como si también estuviera diciendo “y por lo mismo, soy moralmente perfecto”.

Nada más alejado de la realidad, pero lamentablemente así se percibe.

Así, al más mínimo error que uno pueda cometer, las críticas y los juicios sobre su persona se vuelven más severos.

“¿Pues no que muy creyente?”

“¿Y según tú eras muy católico, no es así?”

“Por eso yo no soy católico…. por que todos son hipócritas”

Si… los católico cargamos con esa lápida especialmente dura del sobre juicio en nuestros hombros.

Pero no por eso dejaremos de serlo. Más bien habrá que decirle a nuestro críticos que antes que ser católicos, somos seres humanos, con la misma capacidad de libertad que ellos y con la misma imposibilidad de lanzar piedras en contra de nadie por no estar libres de culpas.

Ser católico no significa ser perfecto, sino estar en estado de búsqueda permanente de un Dios que se nos revela a través de Jesucristo y su Iglesia. Si en el proceso de dicha búsqueda nos caemos, no importa, la misericordia de Dios nos permite seguirlo intentando.

Yo mismo he sido criticado por decirme católico y haber fallado en alguna cuestión personal. En lo particular puedo decir que, recibir una crítica así, es probablemente una de las más dolorosas que pueda experimentar interiormente. Duele mucho que a la crítica de una falta cometida se le adjunte el “sobre juicio” de nuestra fe.

Pero con eso tengo que vivir, entiendo que como católico he adquirido un compromiso especial y mucho más sagaz que quienes prefieren vivir en la comodidad del relativismo.

El objetivo es, pues, no desalentarse, saber que las caídas son un medio para madurar y seguir adelante y no permitir nunca que por el escrutinio de un tercero nuestra fortaleza se mengüe.

La palabra final la tendrá Dios no los hombres. Sigamos amando hasta que duela.


Usemos nuestras Iglesias…

18 enero 2012

Una de las delicias de la ciudad de México, desde mi particular punto de vista, es que uno puede encontrarse con una gran cantidad de Iglesias en las distintas colonias que la conforman.

Me percaté de esto cuando caminando desde mi casa hasta mi oficina (ejercicio que he empezado a realizar de manera habitual) me he topado con por lo menos cuatro Iglesias en mi rumbo.

Es maravilloso saber que en esta ciudad si uno quiere acudir a una Iglesia no necesitaría recorrer más de 10 minutos caminando para encontrarse una.

De repente no reparamos en esta situación, pero como católico es una gran bendición disponer de este beneficio en la ciudad en la que se vive.

Lamentablemente no podríamos decir que esta cantidad de Iglesias corresponde a una demanda igualmente numerosa de las mismas.

En la mayoría de veces que ingreso a las Iglesias (cuando estas no tienen las puertas cerradas) noto que están vacías y solitarias, aunque estas se encuentren rodeadas de asentamientos urbanos densos.

Si uno acude a un templo budista en Japón, estos habitualmente están repletos de personas en estado de oración y meditación. Recuerdo que en una visita que realicé a dicho país, nos resultó particularmente complicado ingresar turisticamente a conocer algunos templos pues estos estaban siendo usados por personas que acudían a ellos para practicar su religión.

Amigos católicos…

¡Para eso son los templos! Para ser usados.

Si bien en ciudades como la mía uno puede maravillarse al encontrarse rodeado de Iglesias por todos lados, sería mucho más gratificante encontrar que dichos templos estuvieran siendo utilizados a cabalidad por los feligreses de nuestra Iglesia.

Es triste que muchas veces los templos católicos de nuestras comunidades son visitados más por turistas extranjeros, incluso pertenecientes de otras religiones, que por los mismos católicos.

¡Vayamos a nuestras Iglesias! ¡Usémoslas!

Si tienen que leer algún documento de trabajo, si tienen que meditar sonde alguna idea, si disponen de cinco o diez minutos de descanso, si se aproxima un proyecto importare, si están en la espera de una noticia, o si simplemente quieren estar cara a cara con el Creador del universo… ¡Acudan a una Iglesia!

Las Iglesias no son lugares exclusivamente dominicales (Dios mismo no lo es).

Así que si tienen la maravillosa oportunidad de disponer de una Iglesia cercana… aprovéchenla y sáquenle el máximo provecho posible.


Ser cristiano…

6 septiembre 2011

Recuerdo que hace tiempo un amigo me comentaba lo siguiente:

“¿Por que los católicos hemos dejado que se nos quite el título de cristianos. Hoy en día parece que existe una distinción clara entre quienes son católicos y quienes se dicen ser cristianos? ¿Que acaso no está mal permitir dicha separación del término?”

Desde luego que está mal.

Con el surgimiento de sectas e ideologías separatistas a la Iglesia Católica, se han proliferado movimientos que se hacen llamar “cristianos” y muchos católicos hemos cometido el error de permitir que dicha separación sea aceptada.

Todos los católicos somos cristianos, pero parecería que no todos los que se dicen cristianos suelen ser católicos. Nuestra Iglesia Católica apostólica y Romana pertenece a la persona de Cristo… luego… ¡los católicos somos Cristianos!

Así, los que hemos decidido pertenecer a la Iglesia que Jesucristo instauró en la persona de Pedro y sus sucesores, debemos de recuperar el empuje por denominarnos a nosotros mismos Cristianos, sin excepción y separación alguna.


Los jóvenes

25 agosto 2011

Pues bien, recién terminó la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.

Una pregunta nos debe de atender a quienes presenciamos y seguimos de cerca los pasos del Papa Benedicto XVI durante este encuentro:

¿Por qué la Iglesia convoca a los jóvenes?

Juan Pablo II lo llegó a expresar de esta bella manera en una de estas jornadas:

“Jóvenes, en ustedes está la esperanza del mundo; porque ustedes pertenecen al futuro y el futuro les pertenece a ustedes”

Esta es la razón por la que la Iglesia llama cada dos años a los jóvenes a reunirse en torno al Papa, para refrendarles el llamado a construir el mundo que queremos, el mundo que Dios quiere para sus hijos.

Cada dos años los jóvenes católicos del mundo renovamos nuestros votos de adhesión a la Iglesia y a la guía del Papa. Laicos, seminaristas, consagrados, futuros matrimonios, todas las vocaciones se renuevan en estas jornadas.

Personalmente este encuentro, el cual seguí por Internet,  me deja mucho de positivo, pues actualmente paso por una etapa de discernimiento profesional importante y las palabras de Benedicto XVI me ofrecen una luz imprescindible para encontrar las respuestas que busco.

Hoy confirmo mi vocación…“soy joven, soy católico y sobre todo… ¡Soy fiel seguidor de Cristo!”

 


¿Debe la Iglesia meterse en los asuntos públicos?

8 agosto 2011

En México, y me imagino que en todo el mundo, la Iglesia empieza a ser fuertemente criticada por atreverse a fijar una postura en casi todos los temas que afectan el desempeño político de los distintos gobiernos.

Con el argumento de la defensa de un estado laico (que rige igual para todas las creencias) los críticos de la Iglesia le piden que no se inmiscuya en temas que serían de incumbencia solo de gobernantes y gobernados. (Ej: La promulgación de leyes contra la vida, la supuesta defensa de los derechos de ciertas minorías)

La pregunta que me surge es la siguiente:

¿Debe la Iglesia opinar sobre los asuntos públicos?

Mi respuesta es… desde luego.

¿Qué más necesitado de orientación moral puede existir que la promulgación de leyes que regirán la convivencia de las sociedades? Si la estipulación de una ley es algo que acabará por afectar el comportamiento de un individuo, se esperará que esta ley esté apegada a la ley natural de Dios, misma que la Iglesia ha defendido siempre.

Claro, siempre me orientaré  más por preferir antes que una posición de conflicto entre Iglesia y Estado, una postura de cooperación y consejo mutuo. Una a otra se podrían aportar mucho si se permiten escuchar lo que cada una tiene que decir. Al final de cuentas tanto Iglesia como estado son de las instituciones más antiguas en la historia de la humanidad, por lo tanto, algo han de saber sobre como hacer las cosas.

Sin embargo, la ventaja que tiene la Iglesia por sobre el estado es que la primera acumula y reflexiona su experiencia de humanidad a cada año que pasa, nuestra Iglesia se va volviendo más sabia, mientras que la postura del estado depende en gran medida de la idiosincracia y la individualidad del gobernante en turno.

La Iglesia evoluciona lentamente conforme aprende más y más de la misma humanidad a la que orienta, mientras que en el otro lado, todos hemos visto como los estados a lo largo de la historia se reformulan y se replantean de manera completamente distinta al gusto de quien llega al poder.

Es por eso que si bien la Iglesia no tiene el carisma de gobierno de naciones, si que lo tiene en la orientación moral de la vida cotidiana y social del mundo. Por lo mismo es perfectamente entendible que fije una postura que servirá de marco de referencia ante las distintas preocupaciones humanas.

¿Quien mejor que la Iglesia para decirnos cómo actuar ante la nueva ola de investigación genética? ¿Qué otro referente moral más adecuado que la religión para ofrecernos luz sobre cómo actuar ante las nuevas posibilidades de acceso casi ilimitado a la información vía el Internet? ¿Quien mejor que nuestra Iglesia para indicarnos cómo debe de ser el modelo de familia al que los seres humanaos con vocación debemos de aspirar? ¿Quién mejor que la Iglesia para ayudarnos a alinear nuestra conducta con los designios del Creador?


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