Aprender a sentir

28 mayo 2013

Acabo de terminar una experiencia por demás relevante y conmovedora, y digo conmovedora pues me ha removido las entrañas de mis emociones.

Resulta que me inscribí a un taller fin cuyo objetivo era enseñarme y motivarme a hacer contacto con mis emociones.

No, no es que yo pueda decir que soy una persona que no supiera sentir, en lo absoluto. De hecho, soy un ser humano que se define como altamente sensible y hasta melancólico (reconozco que en el cine he llorado hasta con los comerciales emotivos de Coca Cola).

Siento y mucho. Lo que sucede es que me agradó la idea de aprender que hacer con dicha forma de ser.

Y puedo decir que dicho taller fue simplemente maravilloso.

He descubierto que las emociones, al ser un elemento completamente natural en el ser humano, constituyen una fuente enorme de conocimiento y poder personal.

Somos una cultura que, desde los antiguos griegos, ha evolucionado con la idea de que la razón debe de gobernar a la emoción. Y aunque esto puede definirse como cierto, vale la pena profundizar bien en cómo es exactamente que esto debe de suceder, pues me parece que lo hemos malinterpretado.

Si creemos que el gobierno de las emociones significa opresión y evasión de los mismos, estamos en un total error. Una persona que dice no sentir pues ha logrado imponer su razón sobre sus emociones, no es una persona sana ni fuerte intelectualmente hablando, al contrario, esta idea solo demuestra lo muy alejada que está de una verdadera racionalización de las emociones.

Lo que se debe  hacer con los sentimientos es, en primer lugar,  identificarlos (ponerle nombre a cada emoción), posteriormente permitir que se manifiesten y, entonces si, finalmente tratar de leer lo que dicha emoción nos quiere decir.

Cuando un sentimiento se manifiesta en nuestro interior, este es un indicativo de algo.

Cuando nos sentimos ansiosos, enojados, tristes, alegres o abrumados, esto obedece a que nuestro cuerpo nos está avisando sobre una realidad actual o posible. Si lo que hacemos es callar o evadir (con drogas o acciones opresoras) dichos sentimientos, entonces estaremos perdiendo una valiosa oportunidad de descubrir esa realidad que nos está activando emocionalmente.

Los sentimientos no deben de ser definidos como buenos o malos, ni como deseables o indeseables, pues estos no son objeto de juicio moral ni ético. Los sentimientos simplemente son y Dios los ha puesto ahí, en nuestro interior, por alguna razón.

Así, si te sientes triste, no busques callar la tristeza, más bien permítela salir hasta que ella misma te informe su origen. Lo mismo debes hacer si se suscita en tu persona alegría, ira, entusiasmo, depresión, miedo, etc… Deja que la emoción cumpla su función, informarte de algo que tu razón debe de atender.

Créanme, Dios no nos hizo emocionales y sentimentales por defecto, sino por una razón completamente lógica y valiosa. Aprender a sentir es probablemente una de las lecciones más olvidadas en la historia educativa del siglo XX.

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¿Debe la Iglesia meterse en los asuntos públicos?

8 agosto 2011

En México, y me imagino que en todo el mundo, la Iglesia empieza a ser fuertemente criticada por atreverse a fijar una postura en casi todos los temas que afectan el desempeño político de los distintos gobiernos.

Con el argumento de la defensa de un estado laico (que rige igual para todas las creencias) los críticos de la Iglesia le piden que no se inmiscuya en temas que serían de incumbencia solo de gobernantes y gobernados. (Ej: La promulgación de leyes contra la vida, la supuesta defensa de los derechos de ciertas minorías)

La pregunta que me surge es la siguiente:

¿Debe la Iglesia opinar sobre los asuntos públicos?

Mi respuesta es… desde luego.

¿Qué más necesitado de orientación moral puede existir que la promulgación de leyes que regirán la convivencia de las sociedades? Si la estipulación de una ley es algo que acabará por afectar el comportamiento de un individuo, se esperará que esta ley esté apegada a la ley natural de Dios, misma que la Iglesia ha defendido siempre.

Claro, siempre me orientaré  más por preferir antes que una posición de conflicto entre Iglesia y Estado, una postura de cooperación y consejo mutuo. Una a otra se podrían aportar mucho si se permiten escuchar lo que cada una tiene que decir. Al final de cuentas tanto Iglesia como estado son de las instituciones más antiguas en la historia de la humanidad, por lo tanto, algo han de saber sobre como hacer las cosas.

Sin embargo, la ventaja que tiene la Iglesia por sobre el estado es que la primera acumula y reflexiona su experiencia de humanidad a cada año que pasa, nuestra Iglesia se va volviendo más sabia, mientras que la postura del estado depende en gran medida de la idiosincracia y la individualidad del gobernante en turno.

La Iglesia evoluciona lentamente conforme aprende más y más de la misma humanidad a la que orienta, mientras que en el otro lado, todos hemos visto como los estados a lo largo de la historia se reformulan y se replantean de manera completamente distinta al gusto de quien llega al poder.

Es por eso que si bien la Iglesia no tiene el carisma de gobierno de naciones, si que lo tiene en la orientación moral de la vida cotidiana y social del mundo. Por lo mismo es perfectamente entendible que fije una postura que servirá de marco de referencia ante las distintas preocupaciones humanas.

¿Quien mejor que la Iglesia para decirnos cómo actuar ante la nueva ola de investigación genética? ¿Qué otro referente moral más adecuado que la religión para ofrecernos luz sobre cómo actuar ante las nuevas posibilidades de acceso casi ilimitado a la información vía el Internet? ¿Quien mejor que nuestra Iglesia para indicarnos cómo debe de ser el modelo de familia al que los seres humanaos con vocación debemos de aspirar? ¿Quién mejor que la Iglesia para ayudarnos a alinear nuestra conducta con los designios del Creador?


Todo se normaliza…

6 mayo 2009

Ayer por fin anunciaron las autoridades de salud de México que la gente podía volver paulatinamente a sus actividades cotidianas. Sin embargo la noticia que más me agradó escuchar fue la que nos comunicaba que el virus resultó no ser tan peligroso como se pensaba al inicio. ¡Menos mal! Ya me imagino que muchas sectas han de haber aprovechado esta situación para empezar nuevamente a advertir y a prevenir sobre el fin del mundo: “¡Ahora si ya les juramos que esto se va acabar!”. Otra ocasión será…je je je.

No cabe duda que nuestro país está bien protegido  por nuestra madre del Tepeyac, la Virgen María de Guadalupe, que por cierto ha de ser la más emocionada por volver a abrir las puertas de su casa (La Villa de Guadalupe) a los millones de peregrinos que la visitan de todo el mundo año con año. El domingo fue hermoso haber escuchado misa nuevamente desde casa aprovechando la transmisión en vivo por televisión que se hizo desde el recinto guadalupano.

En fin… aunque las recomendaciones siguen siendo que no nos confiemos, todo parece indicar que hemos logrado salir adelante.

Gracias a nuestras autoridades por su pronta respuesta y gracias a Dios por no haberlos dejado ni un minuto, pues aunque por ser “políticamente correctos” no lo puedan reconocer en público, seguramente han de haber rezado y confiado en el Altísimo para pedir por la salud del país que dirigen.


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