Deja para mañana lo que puedes hacer hoy…

30 septiembre 2010

(Esta es la tercera vez que escribo este post. La primera y la segunda versión desaparecieron misteriosamente de la memoria del publicador del blog… ¡Que miedo!)

Cuenta un relato bíblico que una vez regresaba el batallón de un ejército al campamento base tras haber librado una batalla bastante agotadora.

Los hombres que conformaban este batallón venían bastantes mermados por el calor y la sed.

El rey, que esperaba el regreso de su ejército en el campamento, salió para recibirles.

Al encontrarse con ellos, el rey observó que todos los hombres corrían desesperados hacia el río que cruzaba el campamento en busca del anhelada agua fresca. Uno a uno,  los soldados se zambullían frenéticamente en el agua bebiéndola a borbotones al mismo tiempo que se bañaban a placer en ella.

Así, el rey observó con asombro como todos los integrantes de su ejercito se abalanzaban sobre el agua, todos los hombres menos uno.

El rey miró fijamente a aquel hombre que no se abalanzó con desesperación al río, y con gran sorpresa vio que este simplemente se puso de rodillas a la orilla del mismo, hizo una cavidad con su mano y llevó con esta apenas un par de sorbos a su boca del vital líquido.

Traedme a ese hombre de inmediato” Exclamó el emperador “Lo haré el general máximo de mis ejércitos”.

“¿Por qué él?” Preguntaron sus asesores que le acompañaban.

A lo que el monarca respondió:

“Ese hombre, al igual que todos los demás integrantes de este batallón, viene atormentado por la sed más atroz. Pero a diferencia de los demás, no es esclavo de su necesidad, sino dueño de ella”

¿Qué es exactamente lo que vio el rey en aquel hombre?

La respuesta es contundente: CARÁCTER.

El carácter es esa fuerza desarrollada interiormente que nos lleva a saber posponer un bien inmediato por otro posterior. Es la capacidad de no dejarnos llevar por nuestros sentimientos y tendencias más primitivas (sed, agua, cansancio, ira,etc…)

Quien se deja llevar por la tentación de querer saciar todos los placeres y necesidades de hoy, se estará perdiendo de las delicias y beneficios de los bienes mayores del mañana.

Dicho lo anterior, podemos deducir que es el Carácter un pilar fundamental de la construcción de una vida de santidad, que nos invita a actuar en consecuencia de los bienes eternos prometidos por Dios, en lugar de los placeres arrebatadores de este mundo.


La tentación

1 julio 2010

Hoy quiero hablar sobre la tentación, o lo que es lo mismo… “¡Ah cómo molesta el diablo!”

La tentación es ese sentimiento que nos viene en múltiples ocasiones que nos incita a desobedecer la voz de nuestra conciencia.

Es pues la voz que nos invita a hacer algo que va en contra del bien y la verdad, o lo que es lo mismo, en contra de Dios.

Recordemos la imagen de la serpiente que incita a Adán y a Eva a comer el fruto prohibido. Pues eso es justamente la tentación, algo que nos atrae a realizar lo prohibido.

Pero aquí vale la pena aclarar lo siguiente:  ser tentado ha realizar algo indebido no es malo, ceder ante tal tentación, si lo es.

Y esto es algo que definitivamente nos será de gran utilidad aclarar pues muchas veces nos podemos sentir culpables de experimentar tendencias indebidas que nos aquejan a lo largo de nuestra vida.

Tranquilo, el ser humano, por su propia naturaleza caída, siempre estará tentado a comer desordenadamente, cometer actos impuros, beber en exceso, perjurar contra el enemigo… en fin, el ser humano es un manojo de tentaciones constantes.

Pero repito, sentir el llamado a hacer algo indebido no es lo incorrecto, llevar a cabo dicha acción cediendo ante la tentación, si.

Sin embargo cuando la tentación es recurrente, si que existe un problema que vale la pena considerar y poner especial atención.

Si eres una persona que constantemente estás siendo tentado a cometer un determinado pecado, puedes asegurar que algo no está debidamente ordenado en tu vida. ¡Debes pedir ayuda! (Profesional y espiritual)

Y en este sentido no existe mejor ayuda que la del mismo Cristo…

Recordemos que Él mismo  fue tentado en el desierto. Pero fue justamente ahí cuando nos demostró cómo vencer a la tentación: Con firmeza y decisión.

Carlos Llano Cifuentes, uno de mis autores preferidos, nos dice en su libro “La formación de la Inteligencia, la voluntad y el carácter” que el ser humano tiene que aprender a controlar principalmente sus tendencias desordenadas a “comer” al “placer sexual” y  a “enojarse”. Haciéndolo, estará formando su carácter de una manera correcta.

Yo te invito a lo siguiente…

Mira la tentación como un reto espiritual, como un grito del enemigo que te quiere poner a prueba. Si logras vencerla, habrás ganado una batalla más en el camino de tu salvación y de paso te  estarás convirtiendo en un gran soldado espiritual de Dios.

Cada vez que te sientas tentado a pecar, cierra los ojos, invoca la ayuda de María, la madre de Dios… deja pasar unos segundos y aléjate de la fuente de la tentación. (Si tu casa está llena de revistas indecentes, de comida chatarra, de malas amistades, etc. no te extrañes que la tentación, con todas sus consecuencias indeseables, sea parte de tu día a día)

Pero… ¿por qué acudir a María? Por que Dios dispuso que fuera justamente ella la que tuviera la fuerza necesaria para ayudarnos en esas ocasiones especiales de tentación.  El demonio, el gran tentador, le teme a la virgen María más que a nadie en el mundo. Cada vez que ella llega, él se va.

¿Que acaso no es ella, María, nuestra madre del cielo?

Pues bien… te invito a que no te sientas mal por ser tentado, antes bien, considérate privilegiado de tener una oportunidad de demostrarle a Dios cuanto le amas.

Si la tentación te llega, levanta la cara al cielo y repite lo siguiente: “Va por ti Jesús” y disponte con firmeza y voluntad indomable a vencer al enemigo.


Una experiencia de vida

24 abril 2009

Juan Hernández tiene una historia de la que podríamos hacer una película taquillera. El drama giraría en torno a la experiencia de un hombre que tras 17 años de haber estado recluido un una cárcel de Estados Unidos es dejado en libertad al lograr demostrar su inocencia. De no haberlo hecho a tiempo, Juan hubiera tenido que enfrentar el final inevitable de su condena: la pena de muerte.

 

Juan tuvo la “suerte” de contar con el apoyo de una juez que decidió re-abrir su caso tras considerar que había las evidencias suficientes para hacerlo. Tras 17 años de reclusión en espera del mortal final, una prueba de ADN comprobó lo que siempre Juan se cansó de afirmar: que era inocente.

 

Con lágrimas en los ojos, Juan jura tener la certeza de que dos de sus compañeros de cárcel, ya ejecutados, también eran inocentes. Juan recuerda que, a diferencia de la visión fría e indiferente del “sistema”, el logró ver en estos dos compañeros a unos seres humanos capaces de hacer el bien y obrar rectamente. “Me enseñaron a leer y a escribir, cuando nunca nadie me había dedicado ese esfuerzo”.

“¡No están matando monstruos sino seres humanos…!” grita al cielo.

 

Como muchos en su misma situación, Juan sufrió el abuso de un sistema judicial que se jacta de ser de primer mundo pero que no es capaz de velar por el derecho principal de cualquier ser humano, el respeto y la defensa de la vida. Al final, Juan Hernández sólo recibió un billete de 100 dólares y un par de jeans al salir de la cárcel. Nunca escuchó de nadie un “perdón por lo que te hicimos”.

 

Expongo este caso ya que actualmente en México un partido político esta invirtiendo enormes cantidades de dinero en la promoción publicitaria de una iniciativa que permitiría la pena de muerte para asesinos y secuestradores. Ya se han iniciado los debates y los foros de discusión en la cámara de diputados.

 

¿Por qué combatir el mal con mal? ¿Por qué tenemos la costumbre de proponer siempre soluciones de corto plazo y carentes de profundidad? Si Cristo vino a convertir a los pecadores hacia el bien y la verdad, no será que debemos de imitarlo para conseguir lo mismo con quienes se alejan de Él.

 

“¿Y Si fuera tu hermana, tu hija o tu madre a quien hubieran secuestrado y matado?” me dirían algunos.

Definitivamente yo, lleno de coraje y odio en mi interior, sería el menos calificado para juzgar al agresor. Así que prefiero preparar mi espíritu con oración…

Señor, por que se que soy pecador y un ser débil lleno de odio y prejuicios, te pido que si es tu voluntad que yo pase por una prueba de tal magnitud, me des la fortaleza necesaria para seguir defendiendo lo que hoy predico como tu lo hiciste en la cruz: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”

 

¡Sí a la vida! 


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