¡Mi padecimiento…!

5 noviembre 2010

Debo confesarles que sufro de una rara enfermedad mental que parece  no tener cura…

Lo que sucede es que cada cierto tiempo, a veces muy seguido, sufro de lo que me ha dado por llamar… ¡Ataques filosóficos!

¿De que se trata esta rara enfermedad? Verán…

Puedo estar muy tranquilamente durmiendo, comiendo, trabajando, leyendo o haciendo cualquier actividad de mi cotidiana jornada…¡cuando de pronto y sin avisar una idea se me clava en la mente como un rayo!

“Vocación”, “Amor”, “Familia”, “Talento”, “Trascendencia”, “Iglesia”, “Humanidad”…y entonces como si una fuerza me poseyera sin permiso, mi mente empieza a desarrollar ideas, pensamientos, conclusiones, analogías y todo tipo de cavilaciones sobre estos términos…

En una ocasión iba yo en el metro, cuando de pronto me llegó uno de estos ataques filosóficos.

Recuerdo que la idea que se me vino sin mi permiso fue “Libertad”… mi mente comenzó a divagar y a generar ideas de cómo la libertad atañe al ser humano y a las organizaciones; ¿cómo puede un concepto tan humanista afectar la manera en que construimos una empresa o una comunidad? ; ¿qué tiene que ver la libertad con la manera en que formamos al ser humano?…

En eso estaba, cuando de pronto me percaté que me había bajado, sin darme cuenta, en una estación equivocada del metro. No se cómo llegué ahí, ni como decidí que lo debía hacer… pareciera que simplemente mi cuerpo tomó una decisión que mi mente no le ordenó… ¡Y cómo lo iba a hacer si esta estaba demasiado ocupada pensando en la libertad!

Sorprendido volví a tomar el metro y me re-dirigí a mi destino final correcto.

Esto de los ataques filosóficos es todo un asunto en mi vida… me despierta en la noche y me quita el sueño por varias horas, me hace tener que orillar el coche mientras manejo para tener que bajar ideas que yo no le he solicitado a mi mente a un papel,  e incluso en ocasiones me provoca que al iniciar la lectura de un libro de un determinado tema, acabe metido en google investigando sobre una palabra completamente diferente que se me puso enfrente… ¡No lo puedo controlar!

¿Que si tengo cura? mmmmm…. no lo creo. Creo que soy así y así me moriré.

Además, debo reconocer algo…

¡¡Me encanta que me suceda!! No quiero curarme jamás… Y aunque en ocasiones producto de estos ataques filosóficos da como resultado que yo acabe en una estación del metro diferente a la que yo quería,  la sensación de poder profundizar en una idea, en una palabra o en un pensamiento como lo hacían los antiguos griegos, es maravillosa.

Lo reconozco… Los ataques filosóficos son parte de mi ser y de mi vida… no los puedo evitar.

Se que en el fondo yo mismo los he provocado con mi actitud inquieta por encontrar la verdad… pero es una de esas consecuencias que voluntariamente acepto en honor a la misma palabra que los produce… “Filosofía” palabra que etimológicamente significa lo que en el fondo es el origen de mi rara enfermedad…el “amor a la sabiduría”.

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¿Podemos demostrar a Dios?

19 octubre 2010

No soy filósofo de profesión, pero si de vocación, por lo que hoy siento que quiero darme un poco a esta tarea… (espero no abrumarlos demasiado… Si lo hago no tenga pena en decírmelo)

Muchos han sido los intentos por demostrar la existencia de Dios. Pero la verdad es una: no lo hemos podido hacer. Por lo menos no de una manera cierta y absoluta. (Digamos que no con la certeza con la que si podemos demostrar lo matemático)

Pero debemos admitir que han existido intentos bastante buenos por hacerlo.

En lo personal me agradan bastante las cinco vías de Sto. Tomás de Aquino.

Los argumentos que el santo escribió en su Suma Teológica como posibles “vías” para poder llegar a la conclusión de la existencia de Dios son los siguientes:

MOVIMIENTO: Es evidente a los sentidos que las cosas en el mundo cambian. Todo lo que se mueve, es movido por otro algo. Si buscamos la causa de movimiento de algo siempre encontraremos que detrás existe un motor que lo origina (en la naturaleza algo siempre es movido por algo). Así, dado que las causas de movimiento no pueden ser infinitas, por lo tanto debe de existir un primer motor de  todo. Ese motor es Dios.

CAUSA: Es evidente a los sentidos que las cosas son causadas por algo. Nada es causa de sí mismo. Esto quiere decir, que nadie puede crearse a sí mismo de la nada. Así, dado que las causas  de las cosas no pueden ser infinitas, debe de existir una primer causa de. Esa primer causa es Dios.

CONTINGENCIA: Es evidente a los sentidos  que una cosa no puede “ser” y “no ser” al mismo tiempo. Para que algo sea requiere de un “necesario” que lo provoque. Así, dado que los seres necesarios no pueden ser infinitos, debe de existir un Ser absolutamente necesario. Ese ser necesario en Dios.

PERFECCIÓN: Es evidente a los sentidos que en la naturaleza existen grados de perfección. Dado que lo perfecto, no puede tener su origen en lo imperfecto. Debe de existir un ser absolutamente perfecto. Ese ser es Dios.

ORDEN: Es evidente que en las cosas existe un orden. Para que algo tenga un orden, debe de existir una inteligencia que las ordene. Dado que no podemos encontrar la causa del orden en el infinito. Esa inteligencia que dio lugar al primer orden se encuentra en Dios.

Com podrán darse cuenta, Sto, Tomás se valió de la lógica filosófica para intentar ir de lo que podemos percibir (sentidos) a lo que podemos entender (razones). A este tipo de pensamiento para tratar de explicar lo universal (Dios) partiendo de lo particular (sentidos) se le conoce como pensamiento inductivo.

Todos hemos conocido a personas que tienen como lema “hasta no ver no creer” y que utilizan este argumento para sustentar su ateísmo.

A mi parecer esta es una visión corta, ya que la vista (y los demás sentidos) sólo nos permiten percibir ciertos tipos de realidades (físicas) más no todas la realidades posibles. El amor, por ejemplo, no lo podemos ver, oler ni mucho menos tocar, pero aún así podemos saber que existe.

A Dios no se le explica por la ciencia. A lo mucho, esta nos puede ayudar a entender la creación, pero no al Creador. Es como si con ciencia alguien pudiera explicar las reglas del juego pero esto en nada nos explicaría algo del Creador de dicho juego.

Ahora, volviendo a la pregunta que dio lugar a esta publicación…

¿Podemos demostrar la existencia de Dios?

No con ciencia, pero si con intuición.

La primera requiere de elementos “causa” que expliquen elementos “efecto”. Es decir, para poder explicar científicamente algo, requeriremos tener elementos previos que nos ayuden a explicar cómo pueden estos dar lugar a un segundo o tercer elemento posterior. ¿Pero que sucede cuando lo que estás intentando explicar resulta que no tiene elementos previos? Pues que no podrás explicarlo con ese método.

Ahora bien… la intuición, que es una parte poco atendida de la inteligencia, nos ayuda a “comprender” cosas que no necesariamente tienen una causa precedente en sí, como pueden ser valores universales, principios humanos… Dios.

Ahí donde la ciencia ya no tiene alcance, la intuición humana si puede llegar.

Por ejemplo, los hombres sabemos, sin que nos lo hayan tenido que explicar, enseñar o demostrar que “hacer el bien y evitar el mal” es algo verdadero. ¿Cómo lo sabemos? por intuición natural. De la misma manera el ser humano sabe, sin necesidad de demostración previa, que “tratar al prójimo como le gustaría que le trataran a sí mismo” es una principio universal. Esto lo sabemos por intuición, no por ciencia.

Así, Dios es posible ser explicado por intuición, pues esa misma intuición nos lleva a quien creo esa misma intuición.

Eso fue lo que intentó hacer Sto. Tomás con sus cinco vías, tratar de hacer uso de su intuición lógica para poder explicar por qué la existencia de Dios es necesaria para el “ser”. Y si es absolutamente necesaria, entonces debe de existir.

En conclusión, para poder saber que Dios existe, no requerimos ser grandes científicos, sino simplemente grandes “seres humanos” per se. El poder saber que Dios existe no depende de un tratado científico lleno de fórmulas numéricas y logaritmos, no. A Dios se le puede comprender desde la simple perspectiva de la intuición.

Ahí, en lo más profundo de nuestro ser, sabemos que existe…. que Él siempre ha existido.


La guía

8 mayo 2010

¿Alguna vez han visto a un buzo sumergirse en las profundidades más misteriosas del mar?

Si uno pone especial atención en las herramientas que utilizan para preparar la sumergida, podrá notar que hay algo que nunca deberá de faltarle: la guía.

Platicando con una persona que de manera seguida se dedica a esta actividad a manera de diversión me comentaba lo siguiente:

“Tras alcanzar cierto nivel de profundidad en el oceano uno empieza a experimentar cada vez más las consecuencias que se producen por haber llegado a ese punto. La presión del agua que tienes sobre tu cuerpo empieza a permitir que, alcanzado cierto punto, ya no necesites hacer ningún esfuerzo especial por mantenerte en el fondo. Al mismo tiempo, la luz empieza a escasear y, por lo mismo, la visibilidad empieza disminuir. Así, entre más profundo quieras ir, más susceptible eres de verte afectado por un fenomeno propio de la influencia de estas fuerzas: la confusión. Muchos buzos, de hecho, pueden perder la noción de cual es la parte de arriba y cual es la parte de abajo en el agua. Y si no tienen el apoyo necesario, la desesperación los puede llevar a perderse en las profundidades del mar. Justamente aquí es en donde es imprescindible  utilizar la “La guía” que no es otra cosa más que una cuerda que, anclada por uno de sus extremos al barco que está en la superficie y el otro extremo  a tu traje de buzo, te ayuda recordar en todo momento cual es la dirección para regresar sano y salvo al punto de partida.”

Soy una persona apasionada por la lectura y la investigación, paso gran parte de mi tiempo leyendo y aprendiendo (mi profesión de entrenador de talento me lo exige). En especial suelo acercarme mucho a la Filosofía y al estudio del ser humano. ¡Reconozco que me apasiona! Pero también reconozco que esta actividad, la de la inmersión en la filosofía es, al igual que el buceo, un deporte de alto riesgo.

Si uno intenta echarse un clavado por la profundidad del ser humano y todo lo que envuelve su mundo, puede uno correr el riesgo de perder el rumbo. Nuestra historia está repleta de casos de gente que quiso profundizar en el mar del estudio y la investigación filosófica y no logró regresar a salvo al barco. Freud, Nietzsche, Lutero, Marx,  entre otros personajes se aventaron al mar sin guía y provocaron confusión.

Resultado de esta práctica sin precaución propusieron ideologías radicales que dieron lugar a sectas, movimientos, culturas y revoluciones desapegadas a la verdad.

Por eso, al igual que sucede con la práctica del buceo, yo siempre me sumerjo en mis estudios con una guía que, en caso  de que me encuentre confundido entre tanto mar de información,  me ayuda a regresar a la superficie a volver a tomar una bocanada de aire antes de seguir con mi inmersión.

Esa guía, por su puesto, es: la Iglesia.

La doctrina de mi “madre y maestra” es la que me regresa sano y salvo a la superficie. La que me protege de las falsas teorías y la que me procura las herramientas necesarias para no perderme.

Cuando he tenido dudas, acudo a mi fe. Cuando he encontrado artículos o lecturas que me ponen a reflexionar, siempre acudo a contrastarlas con lo que dice mi gran Maestra. Cuando me pierdo, ella me busca una salida. Cuando no encuentro la superficie, ella me tironea la guía.

Al igual que el buzo que se protege de los efectos de la profundidad del mar por medio de su guía, yo me protejo de las tentaciones de las falsas ideologías con mi guía… la mejor de todas: La Iglesia.


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