Los jóvenes

25 marzo 2015

Puedo decir con toda certeza que los jóvenes son mi vocación.

Cuando hace ya tiempo Dios despertó en mi la pasión por la enseñanza, lo hizo en parte por el llamado que me encomendó hacia el trabajo con los jóvenes del mundo, y desde el día en que entendí esto en mi vida, no he dejado de trabajar para esta causa.

Desde luego que reconozco que fui influido por muchos personajes que despertaron esta vocación en mi. Pero de entre todos ellos, destaco la figura de San Juan Pablo II, un papa que en muchísimas ocasiones declaró abiertamente que los jóvenes eran el foco esencial de su labor pastoral.

Es más, se dice que en su lecho de muerte, mientras escuchaba dentro de su cuarto las voces de miles de jóvenes que se encontraban reunidos en la plaza de san Pedro para rezar por su salud así como también para lanzarle ánimos y porras hacia su ventana, una de las última frases que el santo papa dijo fue: “Jóvenes, siempre me acompañaron y se que no podían faltar tampoco en estos momentos”.

Por eso reitero que los jóvenes son mi vocación.

A raíz de esto, he trabajo en universidades, escuelas y distintas organizaciones que tienen como elemento de misión la juventud del mundo.

Actualmente gran parte de mi labor profesional la dedico a asesor y coachear  jóvenes, pues al igual que Juan Pablo II yo también creo que cualquier esfuerzo y apostolado que se haga con ellos y por ellos será altamente redituable en el mundo.

A la fecha que escribo esto puedo decir con orgullo que he trabajado en la formación directa de cerca de 1,000 jóvenes en mi país (México). Ya sea ayudándolos a decidir una carrera universitaria, reclutándolos para proyectos de apostolado, impartiéndoles clases, dictando conferencias, así como también fungiendo como mentor, muchas veces a petición de sus propios padres, en temas de desarrollo espiritual y humano.

Los jóvenes son mi vocación y dedicar mi vida a su formación y crecimiento es lo que deseo hacer por el resto de mi vida.


Ser papá

30 octubre 2014

Ponerle acento a la última “á” del título de este post es relevante.  Y es que hoy no voy a hablar del Papa (Francisco) sino más bien del arte de ser  papá (padre de familia).

Navegando por internet para tratar de encontrar algo de información sobre el asunto de la paternidad me percato que es poco lo que se dice sobre esta materia.

Existen cientos de blogs y sitios que nos refieren al significado de ser mamá con tips, consejos y hasta comunidades de apoyo, pero si uno busca algo similar en ámbito de la paternidad, los resultados apenas y se referirán a unos cuantos artículos o publicaciones aisladas.

Como hombre y padre de tres hijos en ocasiones siento que esta tarea resulta en un autentico ejercicio para el propio temple personal. Caso contrario a lo que sucede con las mujeres en quienes parecería que la maternidad es un asunto por demás natural.

Mi esposa, por ejemplo, me cuenta que desde que tenía tres años de edad ya soñaba con llegar a ser mamá y además jugaba a practicar esta actividad con sus muñecas y amigas. Cuando nació nuestra primer hija, el mismo pediatra al que acudimos para que le hiciera su primer revisión de salud, le hizo el comentario a mi mujer que por la forma tan rápida y excelente en que cambiaba los pañales y la facilidad para lograr algunas actividades con nuestra bebe (como aprender a darle de comer por primera vez) no pareciera que fuera una mamá primeriza. Juraría que la primer palabra que aprendió a decir mi esposa fue justamente “mamá”, pero esto obedeciendo al deseo de querer serlo desde temprana edad.

Sin embargo en mi caso, la paternidad jamás fue un tema prioritario durante mi niñez ni mucho menos en mi juventud. El primer momento en que empecé a asumir este asunto como una nueva disciplina en mi vida fue el día que me enteré que lo iba a ser cuando concluyera una periodo de nueve meses.

Aceptémoslo, ser papá no es actividad fácil. Tampoco podemos pretender que el mundo se vuelque a enseñarnos a serlo (¿Se pueden imaginar una “Expo Papá”?). Pero eso no le resta grandiosidad ni hermosura a la misma. La posibilidad de ser papá es el regalo más grande de Dios hacia los hombres.

Los hombres, dejando todo nuestro orgullo a un costado, deberíamos comenzar por aceptar que la paternidad es, por mucho, uno de los ámbitos donde más hemos de aprender y recibir más consejo. Yo, como mentor juvenil, he asesorado a cientos de jóvenes a lo largo de mi vida y siempre encuentro que la figura paterna termina teniendo muchas implicaciones en la manera como los hijos entienden la realidad.

En este sentido, me parece que nuestra Iglesia es un buen lugar para aprender.

Dios, como la figura paterna por excelencia, es el mejor referente de lo que debemos de hacer los hombres para aspirar al buen desarrollo de nuestra misión patriarcal. Estudiar la relación de Dios con los hombres es estudiar el origen de la paternidad misma.

Un buen padre es quien trabaja (en toda la extensión de la palabra) por entregarle al mundo futuros buenos padres. Por lo menos así entiendo yo mi misión paternal: hacer que  mi hijo varón sea un buen padre en el futuro y que mis hijas mujeres sean buenas madres.

Una buena paternidad, dará como resultado una gran autoestima en nuestro hijos. Una mala paternidad provocará la imagen opuesta.

No soy psicólogo ni psiquiatra, pero si soy hijo y ahora soy padre y con eso me basta para darme cuenta que la paternidad es, definitivamente, la relación que más construye el futuro de una nación.

 


Don Fernando

25 marzo 2013

Este fin de semana mi abuelo Fernando se nos fue al cielo.

Tras una larga agonía en la cual todos sus familiares estuvimos al su alrededor, el Señor decidió el pasado 23 de marzo que era momento de llamar a su gloria a quien fuera en vida un ejemplo notable de fortaleza y resistencia.

Mi abuelo siempre vivió con el temple militar tatuado en su carácter pues era capitán jubilado del ejercito mexicano y como tal aprendió que el servicio a la patria era el más alto honor.

Hombre extremadamente fuerte físicamente, vivió alejado de toda medicina tradicional pues argumentaba no confiar en los doctores. Y contrariamente a lo que podría pensarse su vida fue un testimonio de salud y longevidad.

Falleció a los 95 años y jamás le recuerdo con una gripe o calentura en su persona. Las dos únicas razones por las que acudió a un hospital en su vida tuvieron que ver con dolencias y heridas ya de por sí insoportables (una operación de vesícula y la fractura de una pierna), pero de ahí en fuera mi abuelo acostumbró a su propio cuerpo a resistir por sí mismo cualquier embate de dolor y enfermedad.

Hace un mes le ingresamos al hospital para que un doctor pudiera revisarle un nuevo tumor que le brotó en una mano, más él insistió en salirse y regresar a su casa, lugar donde quería pasar sus último días. Respetando su voluntad los doctores y sus familiares así lo hicimos. Ahí, aún con su cuerpo debilitado y gastado por la edad, pasó 11 días dándonos muestras de resistencia y lucidez sobre humanas… (Los doctores nos se explicaron cómo era posible que tuviera tal resistencia)

Así era él, fuerte y resistente ante la vida.

Cuenta mi mamá que en cierta ocasión mi abuelo se perdió un mes en la sierra cuando fue enviado a cumplir cierta consigna militar y cuando estaban a punto de darlo por perdido y muerto regresó sano y salvo a casa por sus propios medios.

Hombre fuerte, recio y firme para con su propia persona, con sus nietos fue todo lo contrario. Siempre lo recordaré como un ser simpático, platicador y muy complaciente. En mi caso, una vez llegó a echarse la culpa para encubrirme ante mi mamá pues con una pelota de fútbol rompí un cristal de su casa.

En lo que respecta a su fe mi abuelo se mostró fervoroso de la Virgen de Guadalupe, la cual siempre le acompañó en todo momento pues guardaba una imagen de ella debajo de su gorra militar (lo que publiqué anteriormente). De hecho él atribuyó a esta costumbre de fe el que en más de una ocasión la Virgen de Gaudalupe le hubiera salvado la vida en el ejercito. Cuenta que una vez se vio rodeado por una comunidad alebrestada en su contra y que cuando él se quitó la gorra para tratar de dialogar con ellos toda la gente se arrodillo al ver que tenía una imagen de la Virgen dentro de su gorra y le dejaron ir.

En fin, seguro que una vida de 95 años daría para publicar un blog y varios libros por sí mismos, más me gustaría tan solo decir que mi abuelo fue un gran hombre, servidor de su patria, su familia y su fe. Yo me llevó en mi corazón los gratos y riquísimo recuerdo de un hombre que me amó y me cuidó mucho y le agradezco a Dio que me haya permitido hacer lo mismo por él en sus últimos días de vida.

El capitán Fernando ya no está con nosotros, más mi corazón se encuentra tranquilo y en paz al saber que ahora su espíritu está en presencia del Creador y de su Virgencita amada.

¡Gracias abuelín, ya nos volveremos a encontrar en el cielo para volver a ver el fútbol juntos otra vez!

 


¿Cómo acercar a nuestros hijos a la Iglesia?

30 diciembre 2012

¿Padres católicos = hijos católicos?

No siempre es así, y esto resulta en una preocupación constante en muchos seguidores de Jesús quienes tenemos la misión de educar en el bien y la verdad a nuestros descendientes.

Afortunadamente, y lo digo con toda seguridad, los tiempos en que la educación católica se daba por la vía de la dureza y la imposición estricta ya han empezado a desaparecer. Así, la forma como habrá que acercar a nuestros hijos a la Iglesia en nuestros tiempos difiere mucho de la forma en como nuestros padres y abuelos fueron introducidos a la misma.

Si, la rigidez y la fuerza ya no son una opción para evangelizar, y por los mismo habrá que recurrir a otros medios de transmisión de nuestra fe hacia  las nuevas generaciones.

Aquí les comparto lo que, según mi personal punto de vista, podrían servir como consejos para acercar de manera efectiva a nuestros hijos a la Iglesia católica:

1.- Vive la misa en casa y no solo en la Iglesia. Si aún sigues creyendo que ser católico es un asunto de asistir a misa los domingos y nada más, te estarás perdiendo de la parte más enriquecedora de ser católico. Habla de Dios y reza en familia todos los días de la semana. No es necesario que esto implique que crees grandes y complejos ritos hogareños, más bien con pequeñas oraciones especialmente  pensadas para diversos momentos del día como la comida, la ida a dormir, la salida de casa es más que suficiente.

2.- Fomenten un ambiente católico. Conozco una familia que jamás falta a misa los domingos pero entre semana permiten que sus hijos tengan accesos a material multimedia poco adecuado para su edad, usan lenguaje muy corrosivo ante ellos y les llevan a una escuela de ideología muy liberal.  Sin ánimo de juzgar las razones que puedan tener estos padres para educar de cierta manera a sus hijos, de cara a crear en nuestros pequeños un corazón abierto a la fe católica lo mejor siempre será que noten claramente que lo que se predica en misa se aplica en casa.

3.- Asuman personalmente el rol de catequizar. Muchos padres esperan que sean los grupos religiosos y las escuelas quienes enseñen a sus hijos sobre religión. Si bien ahí lo harán valiéndose de recursos pedagógicos que no hay en casa, no hay como poder aprender la historia de la salvación de parte de los propios padres. Ver películas que hablen de Dios es un gran recurso.

4.- Lleven a cabo labor social en familia. Ninguna experiencia ejemplifica mejor las enseñanzas de Jesús que el servicio prestado a los más necesitados. Tengo razones sólidas para pensar que las familias que más arraigada tienen su fe son aquellas que la traducen en acciones concretas de servicio a los demás. No por nada la Iglesia católica es la organización altruista más grande del planeta.

5.- Recen por sus hijos. Sin importar cual pueda llegar a ser la actitud de los hijos hacia la Iglesia en determinados momentos de su madurez, la oración de los padres por ellos siempre será la herramienta más efectiva para solicitarle a Dios que se haga presente en sus corazones.

6.- Revisa tus motivos como padre para ser Católico. La mayoría de los católicos jamás se cuestionan por qué lo son. Es muy común encontrar personas que recibieron de sus padres una tradición espiritual que les hace seguirla más por costumbre que por convicción. Si tu no tienes una razón personal clara a prueba de fuego para seguir a Cristo, será poco probable que tengas la pasión por contagiar a los demás de dicho amor a la causa.

7.- Apóyate en la vida y obra de quienes ya triunfaron en su fe. Hazle llegar a tus hijos libros, películas y otros recursos que les muestren la biografía de santos y mártires de la Iglesia. El testimonio de quienes ya vivieron apasionadamente su fe en la Iglesia es uno de los medios más útiles para demostrar que efectivamente existen millones de personas dispuestas a darlo todo por Dios.

8.- Explícales con claridad y paciencia cada uno de los ritos de la Iglesia. Cuando acudas a una celebración litúrgica y te hagas acompañar de tus hijos, no esperes que ellos se comporten tranquilos y dispuestos a admirar lo que ahí sucede. Especialmente cuando son pequeños, su naturaleza infantil les incita a desesperarse fácilmente ante lo que no comprenden. Así que utilizando un lenguaje de acuerdo al nivel que ellos puedan entender de acuerdo a su edad, date tiempo de explicarles cada momento del rito. Desde luego que para poder hacer esto deberás primero…

9.- Estudiar tu religión. No puedes enseñar lo que tú no conoces. Así que antes de pensar en trasmitirles o explicarles a tus hijos sobre fe, es necesario que la estudies a consciencia.

10.- Confía en los caminos de Dios. Si aún así resulta que tu hijo necesita un tiempo para analizar su situación personal ante la Iglesia y esto trae como resultado que decida alejarse de la misma, no utilices la fuerza ni la presión para hacerlo volver. En cambio intensifica tu compromiso con tu fe y permite que sea tu ejemplo el que le haga volver. No por que tu hijo se aleje de Dios significa que Dios se alejará de Él, y mucho menos si así lo pides a través de la oración. Dios conoce sus caminos y obrará algo bueno a través del tiempo.


Hijo, te amo por que eres tú.

28 diciembre 2012

Soy padre de tres hermosos hijos que día con día me enseñan algo nuevo del mundo. Podría pensarse que mi labor como su papá es la de mostrarles el mundo  y educarlos para que se puedan desenvolver en él, pero la verdad es que quienes han tomado el papel de instructores son ellos y el alumno soy yo.

Es maravilloso lo mucho que disfruto cada paso, ocurrencia, aprendizaje e incluso cada caída de mis pequeños. Su mamá y yo podríamos pasar horas enteras admirándoles, no esperando que hagan algo en particular sino simplemente observándoles ser, pues para que un padre quiera a su hijo no hace basta que este último haga algo en especial, tan solo que “sea” quien “es”.

Quienes son padres como yo , no me dejarán mentir. No se necesita de su parte acciones extraordinarias para que se les ame. Así como son, o más bien, como van siendo está bien. No hace falta que acumulen fracasos ni éxitos para demostrarme nada. El amor de un padre por sus hijos encuentra su mayor profundidad justo en dicha simpleza.

Es más, personalmente puedo decir que uno de los momentos en que más gozo contemplando a mis hijos es cuando entro a sus cuartos por las noches y los veo dormir. Justo ahí, en ese espacio de quietud y paz es cuando más puedo corroborar que los amo por el simple hecho de ser quienes son, no por que estén haciendo algo en particular.

El amor verdadero es incondicional y es por eso que la familia es el núcleo central del amor pues es, por mucho, el único lugar del mundo en donde se te quiere por que si.


Ser hombre (VI)

25 septiembre 2012

Ahora hablemos sobre la paternidad.

Podremos encontrar millones de blogs, sitios y herramientas sobre la maternidad, pero son prácticamente nulos los recursos sobre paternidad.

Siempre que hablo de este tema, invariablemente me remito al rol paternal por excelencia del evangelio: San José.

Sabemos en realidad poco de este personaje que fungió como padre de Jesús. De hecho, según entiendo, lo más descriptivo que podemos llegar a leer sobre José en los textos evangélicos es “que era un hombre justo”. Pero no necesitamos más. El gran brillo se lo lleva María y su rol de madre, y como hombres nos parece justo y adecuado que así sea, ya que es la maternidad y no la paternidad la muestra de amor más cercana al amor de Dios por los hombres  (Erich From “El arte de amar”). Es duro decirlo pero me parece que así es.

Como hombres no nos corresponde vivir el amor desde esa perspectiva, a nosotros nos toca asumirlo como padres, más no por esto es menos especial e importante.

Evidentemente, como hombres participamos en el acto de la concepción de la vida. Dios nos permite coocrear con Él de esta forma, más una vez concebido el nuevo ser en el vientre materno, pareciera que dicha participación biológica se pone en pausa y es reencontrada hasta nueve meses después.

Como padre de tres hijos, puedo dar testimonio que nuestro papel de hombres en este proceso de dar a luz es muy similar al que José tuvo con María en la historia de la natividad: ser acompañantes.

Y esta reflexión me da a lugar para reforzar la definición que más me gusta de paternidad: acompañante. 

Acompañamos a nuestra mujer en su proceso de cambio físico que le provoca el embarazo…

Les acompañamos igualmente en su proceso de preparación mental y espiritual previo a su nuevo rol de madres…

Durante el parto, nos limitamos a acompañarlas en el esfuerzo físico que implica este monumental suceso y…

Justo a partir de ese momento…

…empieza el proceso de acompañamiento más importante de nuestras vidas: el de un padre hacia su hijo.

Una madre se unifica con su hijo. Un padre le acompaña. Y es justo así, en un proceso de acompañamiento muy peculiar a su hijo que también recibe el nombre de amor, que le forma y le educa.

La paternidad es un estado que solo se puede entender desde adentro, es decir, viviéndolo. Cuando un hijo llega al mundo, nuestro cuerpo, mente, psique y espíritu se revolucionan por completo.

Dicen que, como hombres, al ser padres cambian nuestra prioridades; yo diría más bien que se corrigen. Un hijo es el mayor regalo de Dios para el hombre que viaja por el mundo tratando de encontrarse a sí mismo.

Dios, el padre del que emana justo esta vocación paternal, sabe mejor que nadie que un hijo es la oportunidad más sublime que existe para trascender y dejar legado en el mundo.

Nada nos llevaremos al morir, al contrario, todo lo dejaremos; más de todo lo que se quedará en este mundo, nuestros hijos serán la muestra más fiel del amor que le tuvimos a Dios en nuestras vidas.

“tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio hijo…”


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