Las crisis personales

7 noviembre 2014

Charlando con un grupo de jóvenes al que estoy asesorando en materia humana me atreví a hacerles la siguiente afirmación:

“Jóvenes, si algo les puedo prometer que sucederá en sus vidas es que, de manera inevitable, tendrán una o varias crisis personales”

Con el rostro lleno de duda por la dureza de  mi afirmación, uno de ellos me contestó:

“José Luis ¿pero que no se supone que tú nos ayudarás a evitar esas crisis con tu asesoría?”

– Desde luego que no – le contesté de regreso – Cuando mucho lo que yo puedo por ustedes es fortalecerlos humana y espiritualmente para que puedan sobreponerse a ellas cuando estas sucedan-

Todos, absolutamente todos, estamos destinados a enfrentar crisis personales. Es naturaleza humana que esto así suceda. Quien diga que jamás le ha acontecido en su vida alguna situación adversa deberá de revisar bien su pasado o, estar sumamente atento a su futuro.

De la misma manera como se lo expuse a aquellos jóvenes, el objetivo de las crisis no es evitarlas (no siempre tenemos el control para hacerlo) sino más bien saberlas enfrentar.

En lo personal he tenido muchas de ellas (incluso las he compartido en este mismo blog).

Problemas laborales, personales, familiares y hasta espirituales, todas me han sucedido. Sin embargo, aún así aquí estoy, escribiendo y dialogando con ustedes. Las crisis pasaron y yo seguí adelante. Otras nuevas vendrán y seguro pasará lo mismo.

Pero existe un punto que quiero resaltar en particular sobre las crisis personales y tiene que ver con cuatro riquezas espirituales que surgen en nuestro interior si somos capaces de aprovechar las eventualidades.

Cuando una crisis se nos viene a nuestras vidas, lo primero que hacemos es dejar a un lado las trivialidades y nos comenzamos a enfocar en los elementos más importantes que nos pueden ayudar a resolver dicha situación (primer riqueza: se desarrolla nuestra capacidad de discernir).

Segundo, las crisis provocan que nos acerquemos a la gente a pedir ayuda (segunda riqueza: se nos reduce la soberbia)

Tercero, cuando tenemos un problema que nos hace caer, necesitamos encontrar fuerzas especiales para levantarnos. Dichas fortalezas no surgirían bajo otras circunstancias menos caóticas (tercer riqueza: nos volvemos más fuertes).

Por último, a pesar de que en las crisis solemos renegar y enojarnos con Dios, cuando estas pasan (y siempre pasan) terminamos regresando a Dios con nuevos ojos, con mucha mayor gratitud. (cuarta riqueza: crece nuestro entendimiento del actuar de Dios).

Por eso decimos que las crisis son bendiciones de Dios, pues aunque representan momentos de mucha dificultad, también implican grandes oportunidades para crecer y hacernos de riquezas espirituales muy importantes.

Si, lo se, vivir momentos de dificultad es algo que no se desea en sí mismo, pero como ya mencioné al principio, es irracional pretender que nuestra vida esté exenta de toda dificultad.

Es más, me atrevo a decir que los padres de familia que educan a sus hijos evitándoles a toda costa el sufrimiento y las pequeñas debacles personales, en realidad les están dañando profundamente. Como ya se puede ver ahora, con esta actitud sobreprotectora se les está evitando a los niños acceder a las riquezas espirituales que solo acontecen en los momentos de dificultad.

 

Así, lo único que si podemos hacer es adquirir fortalezas para estar preparados cuando Dios permita que las crisis nos encuentren como parte de su plan perfecto.


Levantarse muy temprano

22 enero 2012

Hoy me he levantado muuuuy temprano (7:00 am)¿Por qué? Pues me encantaría decir que me preparaba para una misión deportiva especial como ir a escalar el monte Everest o por la necesidad de tomar un vuelo muy temprano para viajar a Europa, pero no…. nada de eso.

Lo que me hizo madrugar el día de hoy fue hacer eco al llamado de mis pequeñuelos hijos para bajar a jugar con ellos. Punto.

Como padre uno empieza a entender que el sueño y el descanso son dos cosas que se empiezan a desvanecer de manera irremediable.

“Duerme mientras puedas, pues una vez que tengas hijos jamás lo podrás hacer igual” recuerdo que me recomendaban las tías de mi esposa cuando recién llegábamos de nuestra luna de miel.

Pues bien… En mi caso la profecía se cumplió justo nueve meses después de mi día de bodas. Mi primer hija, María Isabella, llegó a nuestras vidas y las transformó completamente.

Desde entonces, efectivamente mi descanso jamás ha vuelto a ser igual. Mis hijos, ahora tres, son los mejores despertadores domingueros del mundo (promedio 6:30 am todos los fines de semana)

Y bueno, aunque esto en verdad me implica un esfuerzo físico considerable ya me he acostumbrado.

Me gusta pensar en este pequeño detalle hacia ellos como un acto de amor de mi parte. Me cuesta mucho trabajo hacerlo pero por ellos lo hago todos los fines de semana.

Es un detalle casero, lo se. No estoy salvando al planeta de la hambruna mundial ni de las guerras irracionales… No. Pero estoy aportando a la formación en amor de tres pequeños que estoy seguro si cambiarán el mundo y sus problemas en el futuro.


Conferencias

8 junio 2010


Como seguramente ya se habrán dado cuenta algunos de ustedes, en la barra lateral derecha del blog han aparecido tres nuevas imágenes que tienen como propósito dar a conocer tres conferencias.

Pues bien, quiero aprovechar para platicarles un poco al respecto…

Así como me encanta escribir (este blog es muestra de ello) también me encanta dialogar. Después de todo, creo que la herramienta más poderosa con que cuenta el ser humano es  “La palabra”. Usándola puede cambiar al mundo.

Así que mucho de mi labor apostólica la he enfocado a tratar de llevar mensajes de valor  al mundo.

Aunque he tenido la oportunidad de hablar en varios foros sobre varios temas, en especial quiero platicarles acerca de estas tres charlas que pueden resultar de alto interés para los seguidores de este blog.

La primera se titula “El mensajero” y no es otra cosa que mi testimonio personal de crecimiento espiritual. Soy un convencido de que hay mensajes que, aunque intentemos callarlos, siempre encuentran camino para ser escuchados. ¡Cristo es uno de ellos! Así que en esta conferencia me permito narrarles mi experiencia de cómo pasé de ser constructor de casas (estudié arquitectura) a ser constructor de hombres.

La segunda plática lleva como título “The Catholic Way” y tiene como intensión hablar de una manera amena, divertida y emotiva sobre lo que verdaderamente significa ser católico. Si algo podemos hacer mejor los miembros de la Iglesia católica es predicar más eficientemente lo que verdaderamente somos. Así, el “Catholic Way” implica centrarnos más en el “ser” que en el “hacer” nuestra religión.

Y en tercer lugar está “La clase” . Durante varios años de mi vida trabajé muy de cerca con jóvenes preuniversitarios y pude darme cuenta lo mal que estamos haciendo la orientación vocacional en nuestras instituciones de educación media superior. El 80% de los jóvenes que egresan de nuestras universidades argumentan no estar seguros de haber elegido la carrera correcta. Esta conferencia tiene como misión el poder generar un espacio para compartirles mis estudios y descubrimientos personales en materia de discernimiento vocacional.

Cuando hace algunos años estudié arte clown (por muchola experiencia formativa más enriquecedora de mi vida), descubrí que mi vocación en la vida era inspirar la transformación del mundo llevando mensajes de alegría y valor humano. Así que estas conferencias son el producto de varios años de dedicación personal a la enseñanza y el desarrollo del talento humano.

Soy formador de vocación, no puedo dejar de enseñar, así que siguiendo con este llamado de Dios hacia mi persona pongo a su consideración estas propuestas para que me ayuden a difundirlas entre quienes crean se pueden ver más beneficiados de estas pláticas de valor y crecimiento personal.

¡No hay pero cultura que la que no se comparte!


Cómo un papá ateo le enseñó a su hijo a ser católico…

31 mayo 2010

Crecí con un papá ateo.

No podría definir bien si era completamente ateo (no cree en Dios y por lo tanto no le busca) o más bien agnóstico (no busca a Dios porque no le conoce). El punto es que para él, sus papás y sus hermanos, Dios nunca fue un tema relevante.

Pero esto nunca le impidió desear lo mismo para sus hijos.

Verán…

Mi papá creció en el seno de una familia fuertemente orientada al trabajo. En su infancia y juventud, le tocó ser parte de la etapa más importante de industrialización de México y por lo mismo en la mente de su familia la profesión y el trabajo eran la prioridad más importante.

Mi abuela, quien tras la muerte de mi abuelo tuvo que hacerse cargo del sustento económico de sus siete hijos, solía decir… “En esta familia no hay más Dios que el trabajo”.

Yo crecí con la idea de que en casa de mi abuela, cuando nos reuníamos cada semana para convivir, no se hablaba de Dios. No por que estuviera vetado el tema, sino más bien por que nadie entendía de que trataba todo eso de la religión y por lo mismo, la política y la economía ocupaban más bien las conversaciones de todos los asistentes.

En ese ambiente creció mi papá. Un entorno sumamente orientado a lograr el éxito profesional de todos y cada uno de los siete hermanos. Mi abuela, vendiendo tortas fuera de una preparatoria, logró pagarle los estudios universitarios a todos sus hijos. Varios maestros, un doctor, un contador  público,  y con este esfuerzo a cuestas, mi papá llegó a ser ingeniero.

Así, para un niño que veía y vivía ese ambiente,  era claro que su papá no creía en Dios, o más bien no lo entendía. Varias veces les pregunté sobre esto a mis tíos (sus hermanos) y todos más o menos coincidían en la misma postura que él: Dios no existe.

Por que habrían de creer si nadie nunca les invitó a hacerlo.

Pero eso nunca influyó para que mi padre, una vez que se casó con mi mamá y tuvo a sus dos hijos (a mi hermana y a mi), quisiera la misma postura de fe para nosotros.

Si bien mi papá no podía hablarnos de Jesús, la Iglesia y el catecismo, si entendía a la perfección que sus hijos debían de conocer el amor al prójimo.

De los recuerdos más maravillosos que aún tengo de mi infancia, están las innumerables ocasiones en que, caminando por la calle con mi papá, este veía a uno o varios niños de la calle y les invitaba a comer una deliciosa hamburguesa de “Burguer Boy” (El Mcdonald´s de los 80´s).

Tengo muy clara esa imagen…. tres niños sentados alrededor de la mesa de un restaurante de comida rápida, dos de ellos con las ropas y el rostro claramente  maltratados y uno de ellos, yo,  vestido tal y como mi mamá me había deseado ver esa mañana, limpio y con tenis nuevos.

Recuerdo que mi papá, después de comprarnos a todos las respectivas hamburguesas, nos invitaba a sentar para que platicáramos algunos minutos en lo que terminábamos de ingerir los alimentos. No está de más decir que la manera en que aquellos niños solían disfrutar la hamburguesa era para mi un claro signo de que no lo podían hacer muy seguido que digamos.

Así, en este ambiente de camaradería infantil, mi papá solía invitarme a dialogar con aquellos niños para que conociera su dura realidad. Ellos me platicaban de sus vidas y yo les platicaba de la mía. Sin pena me explicaban sus razones para haber dejado la escuela y tener que pedir dinero en la calle. Yo les decía, aconsejado por mi padre, que la escuela era algo importante y que en cuento tuvieran la oportunidad debían de regresar. Hoy me queda claro que las oportunidades de que lo hicieran eran prácticamente nulas.

(Cuando uno es niño, los prejuicios y los tapujos no existen, por lo que las pláticas entre pares pueden desenvolverse sin la menor incomodidad)

Este tipo de experiencias se dieron lugar varias veces durante mi infancia. Aquel restaurante de hamburguesas era nuestro lugar favorito para convivir durante los fines de semana y en múltiples ocasiones mi papá provocó que mi hermana y yo no fuéramos los únicos niños sentados en la mesa. No recuerdo el número exacto de ocasiones en que compartimos comida con uno o varios niños de la calle, pero si se que fueron las suficientes como para dejar clavados esos recuerdos para siempre en mi memoria.

Cuando por razones de tiempo no podíamos quedarnos a comer, mi papá compraba las hamburguesas para llevar y me pedía que se las fuera a regalar en persona a aquellas familias que las agradecían sin dudar.

Así, si bien mi padre no me pudo platicar durante mi infancia de un Dios que no conocía, si tenía claro que el amor al prójimo es un conocimiento universal que puede y debe de ser perfectamente transmitido a como de lugar. Mi padre entendía a la perfección lo que significaba ser un hombre de bien.

Otro momento peculiar se dio cuando llegó el momento en que mis padres tuvieron que elegir  la escuela a la que iban a ingresar sus hijos a estudiar la primaria. Contra lo que se pudiera esperar de alguien que no cree en Dios, optaron por elegir un colegio con un sistema católico ¿Por qué habrían de hacerlo si ellos no eran en lo absoluto practicantes (mi mamá incluida)? ¿Por qué un ateo iba a elegir una instrucción del tipo religioso para sus hijos?

Tiempo después, cuando cuestioné a mi papá el motivo de dicha decisión, me respondió: “Si bien en mi educación yo crecí sin necesitar o entender a un Dios, si nos quedaba claro a tu mamá y a mí que una educación integral era algo bueno para nuestros hijos”.

Así, cuando la escuela empezó a fomentar una actividad espiritual en mi hermana y en mi como parte de su sistema de formación, mis padres entendieron que debían de ser coherentes con dichas enseñanzas. Fue entonces que mi papá, desde aquellos primero días de escuela, instituyó como una actividad prácticamente obligatoria para todos los 4 integrantes de la familia…  ¡La asistencia a misa! Una vez más, la idea de ir de la mano con las instrucciones  que nos enseñaban en la escuela fue el motivo de esta decisión.

“Si en la escuela le enseñan a mis hijos a ir a misa, nosotros en la familia seremos coherentes con dicha enseñanzas” fueron sus palabras. Y así fue que la misa se volvió parte de nuestras vidas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero hoy, a casi 25 años de haber tomado esa decisión de llevar a misa a sus hijos para cumplir con la encomienda escolar, mi padre, quien ya no tiene como motivo obligar a sus hijos a cumplir dicha actividad, sigue asistiendo a misa todos los domingos… ¡Incluso solo! Conozco su temperamento, conozco su tesón. Si algo tiene fuerte mi padre es la voluntad y la disciplina. Es de esas personas que nunca deja de asistir periódicamente a realizarse un chequeo médico y jamás olvida tomar una medicina que el doctor le receta. Cuando encuentra que algo le hace bien… ¡No lo deja jamás!

Cuando le veo ser más perseverante en las misas dominicales que incluso su propio hijo (si, debo de reconocer que muchas veces fallo) , es que empiezo a creer que, poco a poco, Dios se le ha venido esclareciendo cada vez más es su vida.

Es por todo esto que, sin tal vez pretenderlo mucho, mi padre que durante muchos años de su vida se declaró ateo, sembró la semilla de la fe en su hijo.

Hoy, mirando al pasado, le agradezco el haber tomado esas decisiones por mi. Le agradezco que, si bien el no lo iba a hacer, si quiso que alguien me hablara en mi infancia de ese tal Jesús de Nazaret.

¡Pero momento…! ¿Quien dijo que mi papá no me habló de Jesús?

Tal vez no lo hizo de la manera tradicional, pero cada vez que invitó a un niños de la calle a compartir la mesa con sus hijos, si que lo hizo. Cuando él procuró que la educación que recibiríamos sus hijos fuera orientada por el amor al prójimo, nos habló de Jesús.

En resumidas cuentas, cuando dejó de lado su propia filosofía de vida, su propio agnosticismo y su tradición familiar y entendió que la fe es parte importante en la educación de todo niño… ahí, ahí nos habló de Dios.


La vocación…

7 mayo 2009

Ayer sintonicé el canal de televisión “María Visión” (canal 257 de Sky) para encontrarme con la hermosa sorpresa de que el padre Juan Pedro Oriol LC, en su programa titulado “100%” tocó el tema de la vocación como una respuesta a la pregunta “Qué quiere Dios de mi?”. El programa transcurrió de manera amena, como suele ser toda charla con el padre Oriol, ya que estuvo repleto de testimonios y comentarios de jóvenes laicos y hermanos seminaristas que hablaron sobresus posturas antes este importante tema.

La palabra vocación tiene un significado tan fuerte y con tanta riqueza que no debería de ser considerada con sencillez ni simpleza.  

Personalmente puedo decir que  este tema es el  que más me ha inquietado a lo largo de toda mi vida. Descubrir para qué es que Dios me quiso poner en este mundo ha representado la búsqueda más importante y, debo admitirlo, más difícil de toda mi existencia.  

En mi trabajo con jóvenes preuniversitarios y universitarios (fui el encargado durante tres años de la promoción de una universidad católica entre cientos de jóvenes de preparatoria) me di cuenta que debido a que el trabajo que se hace con ellos en materia de orientación vocacional es tan deficiente en muchas instituciones educativas, nunca logran definir si los caminos que toman son acertados o , ya no digamos, llenos de sentido. En el mejor de los casos, se delega esta labor a la psicología, ciencia que en muchas de sus corrientes suele dejar de lado el sentido espiritual del hombre como medio de trascendencia y plenitud humana. Así, saber que debes hacer en la vida, se reduce a trabajar en tener una actitud positiva y realizar ejercicios para conocerte a ti mismo. ¿Y Dios en donde encaja en este proceso de discernimiento vocacional?

Yo mismo me declaro una víctima de un sistema que no se preocupa por la vocación como un tema primordial. No recuerdo haber recibido a mis 18 años un apoyo significativo para ayudarme a descubrir mi llamado personal de vida.   

La vocación es para mi un tema tan importante que he dedicado varios años a estudiar e investigar acerca de este tópico. He aquí algunas de las conclusiones a las que he llegado al respecto:

  • En las escuelas preparatorias se suele confundir la orientación vocacional con lo que en realidad es orientación profesional. ¿Por qué? La profesión se escoge, pero la vocación se descubre. 
  • Uno puede decidir si quieres ser médico, ingeniero, abogado o arquitecto pero el llamado a trascender en Cristo,en la familia, en el sacerdocio, en la vocación al prójimo, eso sólo se descubre con la correcta disposición personal para hacerlo.
  • La vocación se define como “un llamado” y como tal, esta convocatoria solo espera de nosotros disposición para escucharla. En pocas palabras, la vocación no se decide, sólo que se escucha.
  • Si decimos pues que la vocación es un llamado, debemos de asumir que existe ese ser que hace el llamado: ese es Dios.
  • Existe una vocación universal y una vocación personal que deben de ser descubiertas.
  • La vocación universal es, como su nombre lo indica, un llamado que aplica a todo ser humano sobre la faz de la tierra y es el siguiente: ” Ama a Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”
  • A este llamado universal debemos de atender todos sin distinción de razas, culturas o status social. 
  • La vocación universal es pues un llamado de Dios a toda la humanidad.
  • La vocación personal, a diferencia de la universal, es un llamado individual de Dios hacia cada ser humano en particular. 
  • Se trata de una convocatoria a participar de la vocación universal de una manera única y especial dados tus talentos y fortalezas. 
  • Así, la vocación personal es un llamado de Dios hacía ti.
  • Así, la vocación debe de definir tu profesión, o lo que es lo mismo, para elegir tu profesión (¿Qué quieres estudiar?) es primordial encontrar antes tu vocación. 
  • Una vez que uno descubre su vocación personal, entonces si puede optar por cumplirla valiéndose de la gran cantidad de profesiones, técnicas y disciplinas que existen en las universidades.
  • Y para finalizar, haciendo alusión a la pregunta que dio pie a esta publicación… La vocación, al ser un llamado de Dios hacia el hombre, se descubre en la meditación profunda de una sencilla pregunta:

Señor Dios… ¿Qué quieres de mi en esta vida?


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