10 frases para motivar tu fe

26 febrero 2015

Les comparto 10 frases que pueden servir para levantar el ánimo de nuestra fe.

La mayoría de ellas me las he ido encontrando en distintas redes sociales y las he ido coleccionando.

Aunque son frases hermosas, me es importante recalcar que estoy convencido que la fe no necesariamente implica sentir algo bonito sobre Dios, pues no siempre el estado de ánimo está un un punto alto y a favor de lo divino, sino más bien, tener fe significa poseer una firme convicción de la existencia del Ser supremo.

Aún así debo reconocer que cada vez que leo estas frases mi estado emocional suele serenarse y alegrarse pues me hacen recordar que nada de lo que me suceda en la vida es ajeno a la voluntad de Dios.

Aquí 10 de mis frases favoritas:

“La fe no hace que las cosas sean fáciles, hace que sean posibles” (San Lucas)

“Si dejas todo en las manos de Dios, podrás comenzar a ver la mano de Dios en todo” (Anónimo)

“Cuando pases por momento difíciles y no escuches a Dios, recuerda que durante el examen el maestro siempre guarda silencio” (Anónimo)

“Donde sea que Dios te haya plantado ¡Florece!” (Anónimo)

“El diablo conoce tu nombre pero te llama por tu pecado. Dios conoce tu pecado pero te llama por tu nombre” (Anónimo)

“Reza, pero no dejes de remar hacia la orilla” (Anónimo)

“Vive tu vida de tal forma que provoques que los demás quieran conocer a Cristo” (Anónimo)

“Dios no elige a los capacitados, más bien capacita a los elegidos” (Anónimo)

“Dios a veces nos mete en las aguas turbulentas no para ahogarnos, sino para limpiarnos” (Anónimo)

“Yo se lo que quiero, pero Dios sabe lo que necesito” (Anónimo)


Creer en ti

1 octubre 2014

Hoy, una simple pero muy breve reflexión.

“Creer en ti, es creer en Dios. Creer en Dios es creer en ti. 

Dios no se equivoca, Dios te hizo así, tal cual eres.

No eres un error de Dios, al contrario, eres lo más grande y perfecto de su creación.

Tan solo basta que te permitas verlo y aceptarlo.

Ojalá todos nos pudiéramos ver como Dios mismo nos ve.”

 


10 razones por las que creo en Dios

9 junio 2014

No son los únicos, pero les comparto 10 argumentos que tengo para afirmar con suficiente nivel de certeza que Dios existe:

1.- Porque valiéndome del uso de la razón, he dado con pruebas intelectualmente lógicas que me llevan a creer que existe un Ser superior. Las cinco vías de Santo Tomás son un claro ejemplo de cómo el intelecto humano es capaz de Dios.

2.- Porque la historia de la humanidad está llena de testimonios heróicos de personas que dieron su vida por la creencia firme en la existencia de Dios. Ilógico sería dar la vida por aquello que no se cree profundamente.

3.- Porque creo que la búsqueda de la verdad converge siempre en un origen único de la misma. Todo cuanto puede saber el conocimiento humano tiene un origen puntual. La idea del fin último me lleva a creer que este origen se encuentra en Dios.

4.- Porque creo en la veracidad histórica (comprobada científicamente) de la existencia de un hombre llamado Jesús de Nazareth que nació en tierras palestinas y quien, habiendo llegado cierto momento en su vida, se autoproclamó Dios predicando públicamente con elementos bastos y suficientes para creer que lo que decía era cierto.

5.- Porque he precenciado sucesos sobrenaturales que no podría explicar si no es bajo la lógica de la existencia de una realidad espiritual. Si existe lo espiritual, existe Dios. No estoy hablando de fantasmas ni fantasías, sino de casos de milagros y exorcismos.

6.- Porque al ver el mal que se hace en el mundo pienso, de igual forma, en el bien que se debería de hacer. La dualidad mal y bien me refiere a la búsquedad del bien superior absoluto, que no puedo explicar de otro modo sino con Dios.

7.- Por la existencia del amor y su exacta relación con la historia de las salvación. Quien logra entender el verdadero sentido del amor, dejando a un lado la vanalidad del sentimentalismo, puede comenzar a entender a Dios y su relación con los hombres. Decir que Dios es amor, es intelectualmente relevante en la búsqueda de esta verdad.

8.- Porque he seguido los pasos que exige el método de quienes buscamos investigar la realidad espiritual. Este método exige acercarte primero para creer después. Quienes argumentan que no se acercarán a Dios hasta no creer en él, están siguiendo un método erróneo de búsqueda.

9.- Porque mi naturaleza humana se siente inqueita por Dios. Necesito creer que el bien y el amor máximo existen y esa ansiedad solo se ha sentido satisfecha con la experiencia de Dios. El hecho mismo que nos ocupe la pregunta de la existencia de Dios es una prueba de la necesidad que tenemos de encontrarle. Solo podemos desear aquello que ya hemos conocido alguna vez.

10.- Porque cada vez son más los científicos que argumentan que entre más descubren verdades naturales, más terminan convenciéndose que detrás de todas ellas existe un diseño magistral y perfecto sobrenatural.

En resúmen podría decir que creo en Dios por que en mi propia naturaleza humana se encuentra inserta la necesidad de regresar a quien me creó. Dicha necesidad no es creada ni inventada por mi es dada. Cro en Dios por que entiendo que al crearme, Él mismo me regaló el don y los recursos necesarios para creer en su existencia.


Dios contigo

7 abril 2014

Así, tal y como lo muestra este video, me imagino desde niño que Jesús me acompaña en mi vida. Suena lógico entender por que Él nos conoce mejor que nadie en el mundo.


La pregunta más relevante de toda la humanidad…

16 agosto 2013

Me hacía la siguiente pregunta a mi mismo:

“Mi mismo… ¿crees que exista en el mundo una pregunta tan importante para resolver que, de hacerlo, todo cuanto existe en el universo adquiriría un sentido diferente? Es decir ¿Cual es la que considerarías como la cuestión más relevante de todas? Esa que si, llegases a descifrar, todo lo demás terminaría siendo irrelevante…”

Habiéndome sorprendido a mi mismo con la complejidad de dicha reflexión, me puse a meditar sobre ella.

¿Cual podría ser esa única pregunta tan relevante? Es que de existir, me parece que todos los hombres de ciencia, los investigadores, los buscadores y, por ende, prácticamente cualquier ser humano sobre la faz de la tierra se debería de abocar a resolverla prioritariamente.

Cual sería esa pregunta que, de resolverse, todo cuanto hacemos, todo cuanto vemos, todo cuanto somos adquiriría un sentido completamente diferente, o mejor dicho aún, adquiriría o perdería el sentido por completo.

Tras varios días de darle vueltas a esta idea en mi cabeza, llegué a la siguiente conclusión:

La pregunta más relevante es, sin dudarlo…  ¿Dios existe?

Así es, me parece que esta ha sido, en resumen, la gran cuestión a lo largo de todos los siglos de humanidad que hemos acumulado.

Algunos creemos haber encontrado una respuesta afirmativa a esta pregunta y otros lo piensan en sentido contrario, pero sea como sea nuestra postura, me parece que en el corazón de cada hombre, creyente o no, siempre habita un resquicio de incertidumbre que queda sin resolver, y de ahí la relevancia de esa cuestión.

Los creyentes asumimos que tenemos certeza suficiente, más no plena de la existencia de Dios. Los no creyentes, de igual manera, argumentan tener un grado elevado de certeza respecto a la inexistencia de un creador todopoderoso. Pero en ambos casos, dicha certeza no es absoluta.

Por eso, me parece que una respuesta definitiva a la pregunta ¿Dios existe? sería la que eliminaría tal duda latente en ambos corazones y nos uniría en una sola postura, misma que haría que nuestro actuar en el mundo se transformara por completo.

Si Dios existe, y tuviéramos la capacidad de resolver su misterio a prueba de toda duda, los hombres sin excepción, se dirigirían a Él en cada acto,  en cada pensamiento y en cada emoción. No dudaríamos en procurar el bien tal y como Él lo propone con todo esfuerzo, sabiendo que si fallamos en el intento, el Creado estaría ahí para ayudarnos a mejorar. Si las pruebas de Dios fueran irrefutables, los hombres sumirían su compromiso con Él sin miramientos y sin escatimar sus designios.

Presidentes, gobernantes y directores ocuparían cada minuto de su tiempo en llevar a sus gobernados hacia la verdad de Dios. Concluiríamos que, aunque los hombre somos falibles e imperfectos, el destino de la humanidad estaría protegido por la esperanza que Dios siempre nos ha ofrecido y prometido.

 

Pero si resultase que la respuesta a la pregunta de Dios,  fuese en sentido contrario, es decir, que se demostrara la inexistencia de su ser, entonces el mundo se alinearía en forma distinta.Nos habríamos de dar cuenta que como humanidad estamos solos, a la expectativa de lo que se nos ocurra en el momento.

No habría un por qué más grande que el beneficio que como comunidad pudiéramos lograr para nosotros mismos. Las leyes humana serían las normas finales y nuestro deber por apegarse a ellas quedaría supeditado, en gran medida, al miedo que podamos tener de la fuerza pública por obligarnos a hacerlo.

De igual manera, si resultase que Dios nunca existió, entonces entenderíamos que la suerte jugó a favor de los hombres en una escala evolutiva, pero temeríamos que esa misma suerte se terminara en cualquier momento una vez que la naturaleza y sus leyes caóticas y caprichosas así lo provocarán. Seguramente Iglesias y templos serían cambiados por centros de gobierno o museos históricos en memoria de la incredulidad humana. En resumen, la humanidad dependería únicamente de si misma.

Pues bien, así fue mi reflexión.

Toda ella me llevó a considerar la importancia de la posible respuesta que tengamos a la cuestión sobre la existencia de Dios.

Desde luego que yo me incluyo entre quienes tienen la suficiente certeza racional y emocional de que Dios existe, pero también me permitió entender que esta misma certeza puede habitar en sentido contrario en el corazón de muchos otros hombres. Por mi parte, creo y siento que Dios existe, pero aún así, cada día salgo a buscar pruebas que me ayuden a verificar que esto es así.

Me declaro un buscador permanente de la verdad de Dios, pues si Él existe… ¿Que otro asunto podría ser más relevante?


Crecer en la adversidad

30 mayo 2013

Seguir en el camino de la fe, así como en el de prácticamente cualquier ámbito de la existencia humana, implica necesariamente momentos de subidas y otros de bajadas.

Siempre he insistido en este blog sobre la idea de no sobrevaluar o devaluar de más a las personas. Nadie es santo toda su vida, ni tampoco lo es pecador por igual.

La existencia se compone de momentos, acciones y eventos que nos ponen a prueba y que nos obligan a actuar con los recursos internos y personales con los que contamos. Si nos equivocamos, no hay más, habrá que levantarse. Si nos elevamos, cuidado, pues podremos caer más estrepitosamente.

Estoy convencido que las almas fuertes se forjan a través de las distintas crisis y pruebas que Dios nos pone en nuestros caminos.

Hoy, tras haber vivido y razonablemente superado una prueba intensa en mi fe, puedo dar testimonio de que esto, la madurez espiritual, se produce una vez que se pasa la crisis.

Si, en el momento de la tormenta esta se presenta como interminable y muy estruendosa, más no existe mal que dure cien años e invariablemente toda adversidad llega a un final. Y  justo ahí, un segundo después, aparece el entendimiento de Dios. En el preciso momento de inflexión hacia la salida de la oscuridad, la fuerza de Dios empieza a resurgir y a rellenar el alma.

Y una vez que se empieza salir de la crisis, uno termina descubriendo que su alma no es la misma que antes. Se es más fuerte, se siente más preparada y acondicionada para el futuro.

Lo vivo hoy, lo siento hoy.

Resulta difícil explicarlo con palabras, pero esto es así. Dios se vale de la oscuridad para enseñarnos a valorar la luz.


Crisis de fe

17 mayo 2013

Las crisis en el ser humano son algo perfectamente entendibles y previsibles.

Fuera de evitarlas, lo que hay que hacer es preparar el alma (y el cuerpo) para resistir cuando estas se presenten.

Todos, absolutamente todos los seres vivos, hemos pasado más de una crisis severa en nuestras vidas, espiritual, física o intelectual.

Si usted piensa lo contrario, entonces es usted un recién nacido o más bien un personaje de ciencia ficción, ante lo cual dudo mucho que se encuentre posibilitado de leer este blog.

Lo anterior me viene a la mente después de que recibí una convocatoria vía Facebook para unirme a una pequeña cadena de oración para pedir por aquellas personas que en estos momentos se encuentren pasando por alguna crisis de fe. Tal invitación se me ha hecho de lo más significativa.

El hecho de que yo sea un autor y pensador católico, no me hace exento de tales crisis. De hecho, me atrevo a decir que me son más comunes de lo que yo pensaría. Las crisis de fe son momentos que todo católico experimenta en varios momentos de su vida.

Defino como una crisis de fe a ese estado en el que uno empieza a dudar de la existencia de Dios y de todo lo relacionado con él. En el católico estas crisis suelen venir acompañadas de serios sentimientos de culpa y remordimientos pues se puede llegar a pensar que la duda es una ofensa severa al Creador.

Sin embargo, permítaseme argumentar en el sentido opuesto.

Dudar y permitirse pensar en sentido opuesto a lo que uno cree no necesariamente es malo ni destructivo. De hecho, muchos filósofos argumentan que este es un ejercicio reforzador de la propia creencia fundamental.

Claro, habrá que estar preparado para la duda ya que si no se tiene la suficiente fuerza mental para resolverla, puede generar estragos en la solidez personal.

De ahí el valor de siempre contar con el apoyo de un guía. Una persona que pueda ser capaz de regresarte al centro, a ese lugar en donde el piso es firme y el horizonte es más claro. Le prójimo se vuelve relevante.

Por esa razón la fe es un tema que se vive mejor en comunidad, en equipo, pues la debilidad que se llega a vivir en determinados momentos se ve compensada con la fortaleza que en esos mismos instantes puede estar experimentando otro compañero. Y así, por medio del apoyo y el acompañamiento, la fe se protege de las situaciones inevitables de crisis.

Así, me uno a esa campaña de oración por las personas que están experimentando crisis en su fe. Adicionalmente, pido por mi alma y por mi propia  capacidad para salir adelante de las mismas cuando estas se presenten.

Soy católico, si, pero también soy hombre y, como tal, la falla es mi constante. Afortunadamente Dios lo sabe y de esta situación sabrá hacernos más fuertes.


El protagonista

20 febrero 2013

Ayer leía en las redes sociales una frase que me parece oportuno compartirles en estos tiempos de renovación papal.

La frase decía más o menos así:

“La retirada del Papa Benedicto XVI del trono de San Pedro nos enseña una cosa: ¡que Dios es el único protagonista!”

Creo que esta frase resume todo lo que se podría decir son respecto a si un Papa se puede o no retirar de su puesto. La historia de la salvación tiene uno y solo un protagonista indispensable: Jesucristo. Todo lo que suceda fuera de Él, es perfectamente revocable y prescindible.

Que el Papa haya optado por hacerse a un lado para dedicar sus último años de vida a la oración y el estudio, no significa otra cosa que su deseo plenamente humano de devolver lo que en realidad le había sido prestado y conferido por Dios.

Hombres nacen y hombre mueren, gobernantes llegan y gobernante se van, más Dios y su Iglesia perseveran para siempre.


Temas incómodos

7 febrero 2013

Hace un par de semanas participé en un grupo de oratoria en donde a los asistentes se nos invitaba a preparar un discurso de 4 a 6 minutos en el que hablaríamos sobre nosotros mismos. Era más bien un discurso de presentación personal en el que deberíamos de comentar principalmente nuestros intereses y pasiones.

Al tocar mi turno, yo inicié diciendo que como parte de mi persona lo más importante que pudieran conocer sobre un servidor era mi pasión por conocer y hablar de Dios.

“Si me interesa la oratoria, es por que la quiero utilizar para hablar de Dios” comenté.

Acto seguido procedí a explicar el por que de mi decir y, desde luego, a expresar otras cosas sobre mi.

Al finalizar cada discurso, uno de los participantes fungiría como evaluador  y tendría la tarea de ofrecernos una crítica sobre nuestro discurso.

En general los comentario que recibí por mi forma de hablar en público fueron bastante positivos más un asunto le  resultó un tanto incomodó al evaluador de mi participación: El tema de Dios.

Me dijo algo así como…

“Trata de cuidarte al tocar temas religiosos y políticos ya que pueden incomodar a muchas personas. Te sugerimos ser muy cuidadoso al respecto…”

¿Cuidadoso? ¿De Dios? ¿Como por que habría de incomodarle a alguien que se hable de Dios?

Dios no es un tema difícil ni espinoso. Intrigante y complejo tal vez, pero jamás malo.

Una vez que hube recibido mi retroalimentación por parte del mencionado evaluador, agradecí su apoyo y le dije:

“No te preocupes, afortunadamente tengo un antídoto para no incomodar ni hacer sentir mal a las personas al tocar este tema: ¡No atacar ni criticar!”

Dios es un tema maravilloso y, de hecho, me encanta decir que es mi tema, a lo que me dedico y para lo que vivo.

Cuando hace un par de semanas escribí que mi propósito para este año consistía en ser más descaradamente católico, lo que quise decir fue justamente que me propondría hablar más y más de Dios y de su Iglesia, sin miedo y sin ataduras.

Juan Pablo II nos lo dijo cientos de veces en sus muchos y fenomenales discursos: “¡No tengan miedo a Cristo!”

Desde luego entiendo que muchas personas tiene una opinión diferente sobre Dios y a la Iglesia de la que yo tengo y no está mal, al contrario, permítanles expresarse con toda libertad.

Meditar, discutir e incluso debatir sobre Dios no puede ser malo. Si el ánimo entre los que dialogan se basa en encontrar la verdad y no imponerla, no tienen nada que temer.

En fin, yo seguiré hablando de Dios en mis conferencias y actividades diarias, y esto no significa que cada seminario que ofrezca o cada taller que imparta se convierta en una catequesis de moral y religión, pero sucede que dado que Dios decidió hacerse hombre hace más de dos mil años, a partir de ese momento hablar de cualquier tema humano es, en cualquier forma, hablar de Dios.


Recuerdos personales sobre el Rosario y mi vida escolar

31 enero 2013

Unknown

 

Recuerdo que cuando era muy niño y me encontraba cursando la primaria siempre tenía la costumbre de rezar un rosario un día antes de que iniciaran las clases. Descolgaba uno que siempre me acompañaba en la cabecera de mi cama y me ponía a orar meditando y pidiéndole a mi madre del cielo varios asuntos, para mi de alta importancia en esos momentos.

Recuerdo haber estado recostado en mi cama mirando al techo, sujetando el rosario en la mano y siguiendo en él cada uno de los Padrenuestros y Aves Marías pidiendo cosas como:

“Por favor María, ayúdame a que tenga un buen año escolar”

“Por favor María, que el primer día de clases sea tranquilo”

“Por favor María, que a los encargados de hacer el listado escolar no se les bote la canica y crean que lo mejor para mi madurez es ponerme en un salón diferente al de mis amigos…”

“Por favor María si alguno de mis amigos es cambiado de salón y alejado de nosotros, sus compañeros, dale fuerza para hacer nuevos…”

También recuerdo que cierta vez, cuando se acercaba el día en que todo mi salón demostraría públicamente a nuestros papás lo aprendido durante el ciclo escolar, yo elaboré un dibujo de una cruz en una hoja y le puse una petición que decía más o menos así “Dios, que me vaya bien durante mi clase pública” lo doblé y acto seguido me puse a rezar un rosario para amarrar bien dicha encomienda al cielo.

Al parecer Dios siempre me escuchó en lo que le solicité a través de mis oraciones con el rosario pues, hoy que hago un recuento de mi vida escolar, siempre me consideré bendecido en la materia. No tuve grandes dificultades académicas, mantuve siempre un grupo cercano y unido de amigos y en las clases y concursos públicos siempre ocupé buenos lugares.

Desde pequeño y hasta la fecha, siempre he sido gran devoto del rosario. Su oración me ha soportado en muchos momentos de mi vida y por eso, como mencioné en la entrada anterior, siempre cargo con uno en mi mochila.

Para mi, rezar el Rosario es acercarme a Dios a través de la forma en que a Él más le gusta: vía su mamá.

¿Por que es tan efectiva la oración del Rosario?

Por que cada petición hecha a Dios por conducto de su madre lleva el doble de peso, pues se hace utilizando y aprovechando las influencias que ella tiene con Él.

Digamos que hablar con María es como hablar con Dios pero al doble de intensidad.

 


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