Amar es…

2 septiembre 2013

Aquí una frase sencilla, pero poderosa:

“Amar significa, en última instancia, estimular el desarrollo del ser amado…”

Un acto de amor se puede llamar como tal, si la persona a la que se destina dicha acción amorosa, experimenta un desarrollo en su ser como resultado de tal acto.

Si hacemos algo por una persona, pero ese alguien no crece y se engrandece en el proceso, lamentablemente no hubo amor en nuestro acto.

Es por lo anterior que, contrario a lo que se podría pensar, no todo acto de entrega, servicio y sacrificio se puede llamar amor, pues si para que el ser amado crezca hay que retener, quitar o dejar, entonces estas últimas también podrían considerarse como actos generoso (y dolorosos) de amor.

Esta reflexión puede sonar dura y contradictoria, pero me parece que es muy cierta.

Esta es la razón por la que un padre que ama a su hijo, puede encontrar en la disciplina, la abstención y la negación fuentes de amor. Pues es en la imposición de los límites en donde sabe que su hijo, el ser amado, se desarrollará.

Amar no solo es dar, sino más bien dar para desarrollar.


No me pregunten cómo pero así fue…

23 julio 2012

Les platico que desde hace un tiempo tenía una gran angustia interior. Una de esas espinas que sabes que mientras no logres sacar de tu interior no puedes avanzar en el camino correcto. Era como un asunto que no me permitía pensar claramente y a todas leguas me estaba llevando a caminos desconcertantes.

Dicha cuestión me estaba haciendo sentir débil emocional y físicamente. Es como esas tormentas que, con el tiempo si se les permite crecer, se convierte en huracán y aunque uno sabe que pasará en cuestión de tiempo, mientras toca tierra causa mucho desastre y ruido.

Pues bien, así estaba hace un par de días hasta que decidí intentar nuevamente lo que siempre hago cuando estoy en este tipo de situaciones: ir con el jefe mayor (El chief).

Así que me di un tiempo y terminé sentado en una Iglesia, en la cual se estaba llevando a cabo una misa.

Mientras la liturgia seguía su curso, yo comencé a rezar y a pedirle a Dios que me socorriera pues sentía que por mí mismo no estaba pudiendo ganar dicha batalla interior.Incluso llegué a sentir coraje.

Pasaron unos minutos y llegó el momento de la misa en que se pide la limosna, así que como es usual, dos personas se levantaron, tomaron las canastillas en donde se pide esta y comenzaron a pasar por entre las bancas del templo para solicitar la personal donación.

Al ver que esto sucedía, metí mi mano en la bolsa de pantalón en busca de mi cartera y me dispuse a tomar un billete de $20 pesos (aprox 1.5 usd) para depositarlo como ofrenda. Yo tenía en mi poder varios billetes que en total sumaban aproximadamente $1,500 pesos (aprox $115 usd) pero escogí, de entre todos esos, el de menor denominación.

Sin embargo, justo en ese momento un pensamiento muy singular abordó mi mente: “¿Y si lo entregó todo?”

– ¿¿¡Tooodo! ??– Me respondí a mi mismo.

Si… ¿Y si das no solo el billete de $20 pesos sino todos los que tienes en la cartera?

La persona que recogía la limosna se acercaba cada vez más y más a mi lugar. Yo ya no estaba concentrado en mi rezo sino en la idea disruptiva que yo mismo me había provocado.

No me pregunten cómo pero en el momento en que la canasta de la limosna se puso frente a mi, sin dudarlo, tomé todos los billetes que estaban en mi cartera y los entregué sin más.

La persona que recogía la limosna no se percató de la cantidad de dinero que entregué pues el recipiente en el que se deposita tiene una forma de saco que permite meter la mano hasta el fondo del mismo sin dejar expuesta la cantidad que se está recolectando.

Así fue… entregué todo el dinero que tenía previsto para usarlo en muchas otras cuestiones diciéndome a mi mismo: “Me abstendré de ellas, no pasa nada”.

Acto seguido, me quedé mirando mi cartera literalmente vacía. Lo había entregado todo.

Pero algo brincó en el interior de la misma. Resulta que hace varios meses había guardado dentro de ella, en un compartimentos casi oculto, una pequeña hojita que me había encontrado en alguna otra Iglesia con la siguiente inscripción:

“¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mi todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada  como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos. Cierra los ojos del alma y dime con calma JESÚS, YO CONFÍO EN TI.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en mi. Reposa en mi y deja en mis manos tu futuro. Dime frecuentemente JESÚS YO CONFIO EN TI.

Lo que más daño me hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices JESU YO CONFIO EN TI no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo. YO TE AMO.

Si crees que las cosas empeoraron o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos el alma y confía. Continua diciéndome a toda hora JESÚS YO CONFIO EN TI.

Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. CONFIA SOLO EN MI.

Así que no te preocupes, echa en mi todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre JESÚS YO CONFIO EN TI y verás mi gran misericordia. Te lo prometo por mi amor.

Amén”

Admirado de haberla vuelo a encontrar, tomé esta hojita entre mis manos y la leí una y otra vez. Recé leyendo cada una de las palabras que decía esta oración tratando de tomar plena consciencia de lo que trataba decir cada frase. Me dejé de preocupar por el dinero que ya no tenía en mi cartera y me di cuenta que tal vez este me había estado estorbando para poder llegar a algo más valioso que igualmente se encontraba ahí mismo, la petición de Dios hacia mis de que no me preocupar más, que ahora él se encargaría de todo.

La misa prosiguió y yo seguí con ella.

Al terminar el ritual y tras las palabras de gracias finales,  sentí otro impulso similar al que había experimentado con el del dinero…

-“¡Confiésate!”-

Y  sin pensarlo más, acudí a la sacristía para alcanzar al sacerdote que había celebrado la misa y le pedí que me confesara. Así lo hizo.

Al terminar regresé a casa y seguí con mis actividades cotidianas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero el sentimiento de angustia que originalmente me había llevado a pedir ayuda a Dios… ¡Desapareció!

Comencé a sentir como una nueva fuerza para sostenerme por mi mismo ante el embate de lo que anteriormente era producto de mi debilidad.

La espina se había salido de mi corazón y yo parecía estar sanado. No es que mis problemas todos se hubieran solucionado, pero si me daba la impresión de que ahora contaba con un nuevo ímpetu para afrontarlos. A partir de que salí de esa confesión, me sentí mucho más preparado para luchar nuevamente.

Me gusta pensar que esa es la magia de Dios. Respondiéndonos en una mayor medida que nuestra propia respuesta hacia Él. Yo decidí en un momento entregarlo todo y Él me respondió de regreso. Así es Él, jamás se deja ganar en generosidad.

Estoy contento de saber que el dinero que di se ha de estar usando en alguna obra que Dios dispondrá mejor que yo. Tal vez mi angustia fue un medio para llevar un recurso a quien más lo necesitaba. No lo se. Lo que si me queda claro es que esta oración que volví a reencontrar en mi cartera es muy cierta, probablemente la más cierta de todas.

De hecho, tan convencido estoy de eso que llevo varios días rezando únicamente a la voz de: JESÚNS YO CONFIO EN TI.


Cambio de opinión…

19 octubre 2011

No es muy normal que uno encuentre en un blog a una persona diciendo lo siguiente:

“Hey amigos lectores, se acuerdan lo que escribí hace tiempo… pues ya no pienso lo mismo”

En mis ya varios años de trabajo y seguimiento a las redes sociales, juro que no he encontrado esta postura. Pero no por ello creo que sea incorrecto o mala…

De hecho, hoy me veo en la necesidad de hacerlo yo mismo.

Hace dos años publiqué en este blog mi posición personal sobre el debate de  “dar o no dar limosna a las personas en la calle” (Aquí pueden volver a revisar dicha entrada).

En su momento comenté que yo optaba por si dar limosna. Argumenté que dicha postura obedecía no tanto a un intento por erradicar la pobreza en el mundo de esta manera, sino más bien a la idea de que al yo dar, ponía en práctica un hábito más que benéfico en cualquier persona: la generosidad. Así, publiqué que yo si daba limosna a los pobres respaldándome en la idea de que lo hacía por mi, más que por ellos.

Pues bien, mi postura con respecto a dicho tema ha cambiado.

Verán…

Recuerdo bien que hace 20 años, en una de las calles cercanas a donde vivo, un señor vestido de pobreza se intentaba ganar la vida pidiendo limosna en la esquina de dicha avenida. Tenía un saco azul sucio, roído y grande y un sombrero de palma, mismo que extendía en su mano boca arriba para pedir limosna de coche en coche.

Hoy, 20 años despues regreso a esa misma calle y me encuentro que dicho señor…  ¡Sigue haciendo lo mismo! Ahora un poco más canoso, pero vestido con la misma ropa (¡en serio!) y llevando a cabo la misma actividad: pedir limosna.

Viéndole me detuve y pensé el lo siguiente…

“Dios mío, ese hombre no ha mejorado en 20 años… ¡Sigue viviendo de la misma actividad!”

Producto de dicha reflexión saqué las siguientes conclusiones…

1) La única razón que existe para que una persona se mantenga haciendo algo durante 20 años es por que… ¡Le conviene hacerlo!

2) Si en algún momento de esos 20 años, alguien le entregó una moneda a ese hombre para “supuestamente” ayudarle, solo estuvo contribuyendo a una sola cosa: provocar que siguiera haciendo lo mismo.

3) Piénsenlo así, ese señor ha hecho esto por 20 años pues… “es redituable hacerlo“. ¿Por que habría de buscar otra opción para ganarse la vida si la limosna es su modus vivendi?

4) Quienes dan monedas a estas personas solo están logrando que ellas encuentren una mina de oro que puede durarles por los próximos 20 años. De hecho, durará hasta que deje de representarles una fuente segura de ingreso.

5) ¿Se trata de ayudarles cierto? Pues no les ayudes a que la limosnear sea una forma de vivir.

6) No, esta persona no se ira a robar si no recibe tu dinero!!! ¿Te has fijado que practicamente todos los que piden limosna tienen más de 60 o 70 años de edad o son mujeres con niños? ¿Tú crees que estas personas de la tercera edad y mujeres se van a poner a robar? Quienes lo hacen se aprovechan de su fuerza física, no necesitan pedir dinero.

7)Aceptémoslo, quienes le damos limosna a estas personas lo hacemos no por saber que les estamos ayudando, sino por tratar de evitarnos la culpa de no haber contribuido a sacarle de la pobreza. Pero en serio… ¡Pagando por su limosna le estás aprobando su actividad! (Si están haciendo eso es por que es NEGOCIO). Siéntete más culpable si lo mantienes ahí.

8) ¿Quieres ayudarles?  Contribuye con las asociaciones y organizaciones que ya han diseñado planes de asistencia social. Mejor aporta tu donativo ahí. 

9) Repito… Darle una moneda a una persona limosnera no le está sacando de la pobreza. Lo haría si ese dinero lo supiera invertir en algo productivo, lo que por supuesto no hará.

10) Una persona puede pasar 20 años viviendo de la limosna (incluyendo su posible participacion en redes de trata de personas que viven de explotar esta situacion). 

Así, hoy pienso que dar limosna bien puede ejercitar mi hábito de la generosidad, pero dado que también contribuye a fomentar una situación para mi indeseable, es que hoy cambio mi parecer.

¡No fomentemos que dicha actividad sea un negocio altamente redituable de 20 años o más!

Mejor enfoquémonos en crear la mejor ayuda posible que una nación puede ofrecer a su gente… ¡Empleo!

Pues bien, habiendome valido del dicho popular que dice que “es de sabios cambiar de opinión”, les pregunto… ¿qué opinan al respecto?


A %d blogueros les gusta esto: