Defender a los demás…

17 octubre 2012

Es muy natural que como parte de nuestra educación como buenos católicos se nos invite a “no criticar” a las demás personas.

Me parece, en definitiva, un acto muy loable.

Sin embargo considero que, adicional a esta buena conducta, existe una aún más digna y edificante: “defender a los demás”.

Todos nos hemos visto envueltos de manera directa o indirecta en pláticas en las que se comienza a juzgar las acciones de una persona que no está presente. Mi postura personal ante estas situaciones ha sido la de no participar en dichas conversaciones. ¿Cómo lo hago? Provocando que se cambie de tema hacia un punto más productivo o simplemente guardando silencio.

Pero pienso que con un silencio o una esquiva del tema, si bien se corta de tajo la maledicencia (mal decir), no llega a ser suficiente, pues bien se podría hacer más por construir hacia la beneficencia (el bien decir).

Así que me he propuesto que,  cada vez que escuche que una persona está siendo sujeta de críticas, yo contestaré utilizando el siguiente argumento: “Detrás de cada acción siempre hay una historia que no conocemos…” y listo.

Hablar de quienes no están presentes es muy fácil, pues sabemos que las consecuencias de nuestras palabras no tendrán un impacto inmediato (aparentemente), más salir a la defensa de quienes no están no resulta igualmente sencillo. Esta acción, como todas las virtudes humanas, requiere de un esfuerzo y un don especial que solo las almas nobles pueden conseguir.

Recordemos que nuestro llamado es a construir hombres y mujeres para el Reino de Dios… jamás para destruirlos.

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Estar en el ojo de la crítica…

27 julio 2012

Cuando uno se declara “fervientemente católico” suelen suceder dos cosas en nuestro círculo social:

1) Reacciones diversas

2) Escrutinio obsesivo

La primera quiere decir que, como publiqué en mi entrada anterior, las personas suelen reaccionar extrañadas de que alguien se abra tan fácilmente hacia una creencia en particular. Sobre todo en estos tiempo supuestamente más avanzados.

La segunda responde a la actitud que muchos toman ante los católico por el simple hecho de serlo. Esta actitud es de “críticos morales”. Es decir, pareciera que cuando uno declara ser católico es como si también estuviera diciendo “y por lo mismo, soy moralmente perfecto”.

Nada más alejado de la realidad, pero lamentablemente así se percibe.

Así, al más mínimo error que uno pueda cometer, las críticas y los juicios sobre su persona se vuelven más severos.

“¿Pues no que muy creyente?”

“¿Y según tú eras muy católico, no es así?”

“Por eso yo no soy católico…. por que todos son hipócritas”

Si… los católico cargamos con esa lápida especialmente dura del sobre juicio en nuestros hombros.

Pero no por eso dejaremos de serlo. Más bien habrá que decirle a nuestro críticos que antes que ser católicos, somos seres humanos, con la misma capacidad de libertad que ellos y con la misma imposibilidad de lanzar piedras en contra de nadie por no estar libres de culpas.

Ser católico no significa ser perfecto, sino estar en estado de búsqueda permanente de un Dios que se nos revela a través de Jesucristo y su Iglesia. Si en el proceso de dicha búsqueda nos caemos, no importa, la misericordia de Dios nos permite seguirlo intentando.

Yo mismo he sido criticado por decirme católico y haber fallado en alguna cuestión personal. En lo particular puedo decir que, recibir una crítica así, es probablemente una de las más dolorosas que pueda experimentar interiormente. Duele mucho que a la crítica de una falta cometida se le adjunte el “sobre juicio” de nuestra fe.

Pero con eso tengo que vivir, entiendo que como católico he adquirido un compromiso especial y mucho más sagaz que quienes prefieren vivir en la comodidad del relativismo.

El objetivo es, pues, no desalentarse, saber que las caídas son un medio para madurar y seguir adelante y no permitir nunca que por el escrutinio de un tercero nuestra fortaleza se mengüe.

La palabra final la tendrá Dios no los hombres. Sigamos amando hasta que duela.


Ser católico

26 julio 2012

Me intriga la siguiente afirmación que escuche por ahí…

“Anteriormente, atreverse a decir que uno no era católico podía ser causa de muchas críticas y hasta enojos. Hoy, en la época moderna, decir que uno lo es es lo que causa dichas reacciones…”

Que cierto puede resultar esto.

Yo puedo ir por mi país preguntándole a las personas en qué creen y poca son las que me dirán con convicción firme “En Jesucristo y su Iglesia católica”. 

Yo mismo lo noto en mi persona.

Cuando ante un nuevo grupo social, principalmente de negocios, me declaro abiertamente católico las reacciones suelen ir desde la indiferencia hasta la extrañeza.

Hoy, encontrarte a una persona que hable de su fe y de su creencia en público es bastante raro. Los temas que inundan nuestras conversaciones suelen ser políticos, económicos e incluso deportivos y de espectáculos. No solemos hablar mucho de religión y valores de forma abierta.

En un mundo que cada vez abraza más el relativismo moral, en donde cada quien es el dueño y señor de su propia verdad, los que vamos por el mundo promulgando que la verdad no está en nosotros sino en Dios, desde luego que pasamos como entes raros y anticuados.

Pero eso definitivamente le da más valor a quienes se abren a Cristo en medio de la adversidad. “No tengáis miedo a Cristo” fueron las primeras palabras de Benedicto XVI al iniciar su pontificado y como tal habrá quienes le hagamos caso y otros que prefieran seguir nadando en la corriente de la indefinición.


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