Mi oración diaria

2 marzo 2015

Desde hace aproximadamente un año he venido usando una oración que yo mismo me he diseñado.

Muchas veces cuando rezo me sucede que me hundo en una verborrea mental que se traduce en un sin fin de palabras que terminan siendo pensamientos y peticiones desordenadas.

Así que tratando de simplificar (más no evadir) mi forma de orar, en algún momento de mi vida me dispuse a diseñar una oración que, usando apenas unas cuantas palabras, concentrara todo lo que le yo pretendía decirle a Dios en cada momento que rezaba.

¿Qué puede resumir en unas cuantas palabras todo lo que le quiero decir a Dios? me pregunté

Así, concluí que la siguiente oración podía sintetizar en tres frases lo que en realidad me bastaría pensar y decir al rezar.

“Dios existe, Dios gobierna, gracias Dios”

Esa es mi oración cotidiana. La uso en todo momento y en todo lugar.

En los momentos complicados de mi vida recito dicha oración.

En lo momento fáciles y alegres recito dicha oración.

Pero además, gracias a su brevedad, me he dispuesto no solo a recitarla verbalmente, sino también a pensar y concentrarme a profundidad en el significado de cada frase cada vez que la digo.

Dios existe: esta es la frase que le da origen a todo. Tener la firme convicción que Dios es real es el primer paso para que todo lo demás sea posible. Esta frase va en primer lugar por que es la base medular de todo. Esta frase fortalece mi fe.

Dios gobierna: Creer que todo cuanto sucede está en manos de Dios. Jesús es el gobernador del mundo y en Él debemo confiar. Esta frase en particular me provoca mucha, pero mucha paz mental.

Gracias Dios: Finalizo con esta frase en la que simplemente me limito a agradecer. No necesito nada más de lo que Dios ya ha dispuesto para mi. Me convenzo de que así, tal cual soy, es gracias a Dios y eso es perfecto. Esta frase me genera alegría.

Así, rezar diciendo “Dios existe, Dios gobierna, gracias Dios” es mi manera de resumir en una pequeña oración todo lo que deseo decirle al Ser supremo.

Con esta oración que me he diseñado todos los días me dirijo al cielo para decirle a mi Señor que creo en Él, que confío en Él y que estoy agradecido con Él.

Creo que no hace falta decir más.

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Creer en ti

1 octubre 2014

Hoy, una simple pero muy breve reflexión.

“Creer en ti, es creer en Dios. Creer en Dios es creer en ti. 

Dios no se equivoca, Dios te hizo así, tal cual eres.

No eres un error de Dios, al contrario, eres lo más grande y perfecto de su creación.

Tan solo basta que te permitas verlo y aceptarlo.

Ojalá todos nos pudiéramos ver como Dios mismo nos ve.”

 


Confiar en Dios (2a parte)

1 julio 2013

Aparentemente la entrada anterior fue bastante exitosa. Esto lo reflejan varios comentarios que he recibido al respecto ¡muchas gracias!

Y es que podría decirse que la confianza en Dios es algo que todos los católicos predicamos, pero pocos entendemos.

Complementando lo que ya previamente expresé, les cuento que desde hace tiempo he adquirido la costumbre (o el hábito) de dirigir mi mano hacia mi cuello y tomar entre mis dedos la cruz que pende del mismo. Al hacerlo, un pensamiento que he adoptado como mantra reluce en mi interior:

“Si confías en Dios, confía en ti…”

Así, cada vez que empiezo a sabotearme a mi mismo con ideas de derrota, de impotencia o incluso de miedo, sobo con mis dedos mi crucifijo y acto seguido recuerdo que no debe haber lugar para la desesperación y que todo es un asunto de paciencia y esfuerzo personal.

Desde luego confiar en ti mismo no significa que todo cuanto desees se logrará de inmediato pues eres todo poderoso, desde luego que no. Pero si que Dios se ha permitido dotarte de talentos, dones y gracias que, una vez descubiertos, te llevarán a ser cada vez más fuerte y maduro.

Es por eso que debes de confiar en ti, pues lo que necesitas para crecer y ser feliz, Dios ya lo ha puesto en tu interior. Confiar en Él es confiar que así es.


Confiar en Dios

24 junio 2013

A los católicos se nos solicita constantemente que confiemos.

Confía en Dios…
Confía en la Virgen…
Confía en la voluntad del Creador…

Sin embargo, valdría la pena analizar qué exactamente significa esta acción de confiar la cual, dicho sea de paso, pareciera mucho más fácil de decir que de encarnar.

Confiar, desde mi personal punto de vista, significa “creer que puedes“, haciendo énfasis en el “puedes” como forma estricta de decir que “tú puedes”.

Confiar no quiere decir que Dios se hará cargo de tu vida y suerte mientras te sientas a observar cómo esto se lleva a cabo como por arte de magia. No implica que uno deba quitar las manos de su futuro en la espera que Dios meta las suyas.

Más bien, confiar en Dios significa confiar en ti mismo. Confiar en que el Creador, en su infinita sabiduría, te ha dotado ya con todos los recursos necesarios para ser feliz y para lograr la grandeza.

Por eso creo que es más conveniente decir “Confía en Dios, pues Él ya confía en ti…”

Si en verdad crees que eres el hijo de un grandioso y perfecto Dios, entonces también acepta que dentro de ti ya posees los recursos y las herramientas para triunfar.

Dios quiere que seas tú el que triunfe, no Él en tu lugar. Así que confía en que eres una creatura con la fuerza y la inteligencia suficiente para cumplir tu misión en la tierra.

Si confías en Dios, entonces confía en ti.


No me pregunten cómo pero así fue…

23 julio 2012

Les platico que desde hace un tiempo tenía una gran angustia interior. Una de esas espinas que sabes que mientras no logres sacar de tu interior no puedes avanzar en el camino correcto. Era como un asunto que no me permitía pensar claramente y a todas leguas me estaba llevando a caminos desconcertantes.

Dicha cuestión me estaba haciendo sentir débil emocional y físicamente. Es como esas tormentas que, con el tiempo si se les permite crecer, se convierte en huracán y aunque uno sabe que pasará en cuestión de tiempo, mientras toca tierra causa mucho desastre y ruido.

Pues bien, así estaba hace un par de días hasta que decidí intentar nuevamente lo que siempre hago cuando estoy en este tipo de situaciones: ir con el jefe mayor (El chief).

Así que me di un tiempo y terminé sentado en una Iglesia, en la cual se estaba llevando a cabo una misa.

Mientras la liturgia seguía su curso, yo comencé a rezar y a pedirle a Dios que me socorriera pues sentía que por mí mismo no estaba pudiendo ganar dicha batalla interior.Incluso llegué a sentir coraje.

Pasaron unos minutos y llegó el momento de la misa en que se pide la limosna, así que como es usual, dos personas se levantaron, tomaron las canastillas en donde se pide esta y comenzaron a pasar por entre las bancas del templo para solicitar la personal donación.

Al ver que esto sucedía, metí mi mano en la bolsa de pantalón en busca de mi cartera y me dispuse a tomar un billete de $20 pesos (aprox 1.5 usd) para depositarlo como ofrenda. Yo tenía en mi poder varios billetes que en total sumaban aproximadamente $1,500 pesos (aprox $115 usd) pero escogí, de entre todos esos, el de menor denominación.

Sin embargo, justo en ese momento un pensamiento muy singular abordó mi mente: “¿Y si lo entregó todo?”

– ¿¿¡Tooodo! ??– Me respondí a mi mismo.

Si… ¿Y si das no solo el billete de $20 pesos sino todos los que tienes en la cartera?

La persona que recogía la limosna se acercaba cada vez más y más a mi lugar. Yo ya no estaba concentrado en mi rezo sino en la idea disruptiva que yo mismo me había provocado.

No me pregunten cómo pero en el momento en que la canasta de la limosna se puso frente a mi, sin dudarlo, tomé todos los billetes que estaban en mi cartera y los entregué sin más.

La persona que recogía la limosna no se percató de la cantidad de dinero que entregué pues el recipiente en el que se deposita tiene una forma de saco que permite meter la mano hasta el fondo del mismo sin dejar expuesta la cantidad que se está recolectando.

Así fue… entregué todo el dinero que tenía previsto para usarlo en muchas otras cuestiones diciéndome a mi mismo: “Me abstendré de ellas, no pasa nada”.

Acto seguido, me quedé mirando mi cartera literalmente vacía. Lo había entregado todo.

Pero algo brincó en el interior de la misma. Resulta que hace varios meses había guardado dentro de ella, en un compartimentos casi oculto, una pequeña hojita que me había encontrado en alguna otra Iglesia con la siguiente inscripción:

“¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mi todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada  como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos. Cierra los ojos del alma y dime con calma JESÚS, YO CONFÍO EN TI.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en mi. Reposa en mi y deja en mis manos tu futuro. Dime frecuentemente JESÚS YO CONFIO EN TI.

Lo que más daño me hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices JESU YO CONFIO EN TI no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo. YO TE AMO.

Si crees que las cosas empeoraron o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos el alma y confía. Continua diciéndome a toda hora JESÚS YO CONFIO EN TI.

Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. CONFIA SOLO EN MI.

Así que no te preocupes, echa en mi todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre JESÚS YO CONFIO EN TI y verás mi gran misericordia. Te lo prometo por mi amor.

Amén”

Admirado de haberla vuelo a encontrar, tomé esta hojita entre mis manos y la leí una y otra vez. Recé leyendo cada una de las palabras que decía esta oración tratando de tomar plena consciencia de lo que trataba decir cada frase. Me dejé de preocupar por el dinero que ya no tenía en mi cartera y me di cuenta que tal vez este me había estado estorbando para poder llegar a algo más valioso que igualmente se encontraba ahí mismo, la petición de Dios hacia mis de que no me preocupar más, que ahora él se encargaría de todo.

La misa prosiguió y yo seguí con ella.

Al terminar el ritual y tras las palabras de gracias finales,  sentí otro impulso similar al que había experimentado con el del dinero…

-“¡Confiésate!”-

Y  sin pensarlo más, acudí a la sacristía para alcanzar al sacerdote que había celebrado la misa y le pedí que me confesara. Así lo hizo.

Al terminar regresé a casa y seguí con mis actividades cotidianas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero el sentimiento de angustia que originalmente me había llevado a pedir ayuda a Dios… ¡Desapareció!

Comencé a sentir como una nueva fuerza para sostenerme por mi mismo ante el embate de lo que anteriormente era producto de mi debilidad.

La espina se había salido de mi corazón y yo parecía estar sanado. No es que mis problemas todos se hubieran solucionado, pero si me daba la impresión de que ahora contaba con un nuevo ímpetu para afrontarlos. A partir de que salí de esa confesión, me sentí mucho más preparado para luchar nuevamente.

Me gusta pensar que esa es la magia de Dios. Respondiéndonos en una mayor medida que nuestra propia respuesta hacia Él. Yo decidí en un momento entregarlo todo y Él me respondió de regreso. Así es Él, jamás se deja ganar en generosidad.

Estoy contento de saber que el dinero que di se ha de estar usando en alguna obra que Dios dispondrá mejor que yo. Tal vez mi angustia fue un medio para llevar un recurso a quien más lo necesitaba. No lo se. Lo que si me queda claro es que esta oración que volví a reencontrar en mi cartera es muy cierta, probablemente la más cierta de todas.

De hecho, tan convencido estoy de eso que llevo varios días rezando únicamente a la voz de: JESÚNS YO CONFIO EN TI.


¡Salta!

18 agosto 2011

Varias veces he reflexionado sobre lo que significa tener fe. Trato de profundizar mentalmente en lo que significa creer si ver.

De todas, la imagen que más me conmueve, es en la que me imagino parado al borde de un precipicio cuyo fondo es imposible de visualizar a simple vista. Parado ahí, en el borde del acantilado, internamente surge desde mi corazón una voz que me dice… “¡Salta!”

Ante dicha situación me cuestiono de donde puede venir dicha voz interior… “¿Por que alguien en su sano juicio tendría la motivación de saltar al vacío?” 

Mi imaginación sigue. Parado aún junto al precipicio, dudando de las indicaciones que mi corazón me dicta, decido que debo cerrar los ojos y, sin razón lógica aparente… ¡saltar al vacío!

En este ejercicio de imaginación no he podido descifrar lo que sucede después de haber saltado… ¿Me salvo? ¿Muero? Por alguna razón, pareciera que  saberlo no es relevante para mi reflexión sobre la fe ¿Por qué? Por que cuando se actúa por fe, no se consideran las consecuencias, solamente el amor a la acción misma.

En serio, varias veces me he encontrado a mi mismo cerrando los ojos y llevándome imaginariamente a ese acantilado, y siempre, en cada ocasión siento surgir la misma pregunta en mi interior… ¿En verdad saltaría?

Hace dos domingos el evangelio  reflexionaba sobre la duda que tuvo Pedro cuando Jesús le invitó a ir hacia Él caminando sobre las aguas. Pedro, a pesar de haber comprobado en los pasos iniciales que la petición “ilógica” de Cristo se volvía “lógica” por medio de la fe, al sentir las olas y el aire…. ¡Dudo y cayó al agua! A lo que Cristo le replicó… “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”.

Para nosotros es fácil juzgar a Pedro, argumentar que si nosotros hubiéramos estado ahí viendo a Cristo convocarnos a ir hacia Él, seguramente habríamos llegado hasta su presencia caminando sobre las aguas. Pero… ¿en verdad sería así?

Yo no miento cuando digo que aún en el ejercicio mental del precipicio que recién les platiqué, siento duda, miedo y temor. Siento que si llegara el momento de saltar… ¡Saltaría con mucho miedo! pero al final… ¡acabaría haciéndolo!


Pedir consejo al gran consejero…

14 junio 2011

Hace un par de días caminaba por la calle y decidí pasar a una Iglesia que está cerca de mi oficina para realizar una visita a Jesús.

En esta ocasión quise entrar para poner a su disposición ciertos problemas y dudas que me vienen a la cabeza. Son ese tipo de problemas que uno empieza a sentir que le es prácticamente imposible resolver solo. Cuestiones que durante mucho tiempo se empiezan a clavar en el alma y pareciera que no te dejan en paz.

Pues bien, ingresé a esta Iglesia y me dispuse a “entregarle” por completo estos problemas a Dios. No es actitud de rechazo y olvido de los mismos, pero si en el de pedir ayuda a quien todo lo puede. “Yo no estoy pudiendo solo Señor… acudo a ti para que me aconsejes cómo actuar”

Hoy, un para de días después de dicha visita, mis problemas y cuestiones siguen presentes, pero ahora sé que tengo una mente muy superior trabajando en ellos. Y por lo pronto, me siento acompañado en mi andar en busca de la mejor solución.

Teniendo a Dios de mi lado como consejero, y contando con mi firme disposición por trabajar en el camino de mi santidad…. no me queda duda que ningún problema me detendrá.


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