Confiésate (no esperes)

30 marzo 2013

Aquí un consejo extremadamente útil para lograr sostener una vida de gracia viva y estable:

Cuando cometas un pecado grave, confiésate lo más pronto posible.

Es decir, no dejes pasar mucho tiempo entre tu error y tu visita al sacramento de la confesión.

Esto tiene como objetivo dos puntos:

1) Restaurar tu confianza en ti mismo y en tu fe (eliminar la culpa)

2) Evitar que el pecado atraiga más pecado (evitar el efecto bola de nieve)

Cuando pecamos las consecuencias negativas de este actuar no suelen presentarse de manera inmediata, sino también en días o semanas posteriores al mismo, claro, sino hacemos algo al respecto por evitarlo.

¿Has sentido alguna vez la ligereza moral que se produce cuando te permites fallar por que previamente ya lo haz hecho?
¿Te has permitido pecar argumentando que una falta más es irrelevante?

Esto sucede pues el pecado suele atraer más pecado.

Por eso mi primer recomendación cuando se ha caído en un hoyo es, de hecho, dejar de cavar para evitar que el problema se vuelva mayor.

Ante el pecado, confiésate pronto, no dejes pasar ni un día sin recuperar la gracia de Dios.

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No me pregunten cómo pero así fue…

23 julio 2012

Les platico que desde hace un tiempo tenía una gran angustia interior. Una de esas espinas que sabes que mientras no logres sacar de tu interior no puedes avanzar en el camino correcto. Era como un asunto que no me permitía pensar claramente y a todas leguas me estaba llevando a caminos desconcertantes.

Dicha cuestión me estaba haciendo sentir débil emocional y físicamente. Es como esas tormentas que, con el tiempo si se les permite crecer, se convierte en huracán y aunque uno sabe que pasará en cuestión de tiempo, mientras toca tierra causa mucho desastre y ruido.

Pues bien, así estaba hace un par de días hasta que decidí intentar nuevamente lo que siempre hago cuando estoy en este tipo de situaciones: ir con el jefe mayor (El chief).

Así que me di un tiempo y terminé sentado en una Iglesia, en la cual se estaba llevando a cabo una misa.

Mientras la liturgia seguía su curso, yo comencé a rezar y a pedirle a Dios que me socorriera pues sentía que por mí mismo no estaba pudiendo ganar dicha batalla interior.Incluso llegué a sentir coraje.

Pasaron unos minutos y llegó el momento de la misa en que se pide la limosna, así que como es usual, dos personas se levantaron, tomaron las canastillas en donde se pide esta y comenzaron a pasar por entre las bancas del templo para solicitar la personal donación.

Al ver que esto sucedía, metí mi mano en la bolsa de pantalón en busca de mi cartera y me dispuse a tomar un billete de $20 pesos (aprox 1.5 usd) para depositarlo como ofrenda. Yo tenía en mi poder varios billetes que en total sumaban aproximadamente $1,500 pesos (aprox $115 usd) pero escogí, de entre todos esos, el de menor denominación.

Sin embargo, justo en ese momento un pensamiento muy singular abordó mi mente: “¿Y si lo entregó todo?”

– ¿¿¡Tooodo! ??– Me respondí a mi mismo.

Si… ¿Y si das no solo el billete de $20 pesos sino todos los que tienes en la cartera?

La persona que recogía la limosna se acercaba cada vez más y más a mi lugar. Yo ya no estaba concentrado en mi rezo sino en la idea disruptiva que yo mismo me había provocado.

No me pregunten cómo pero en el momento en que la canasta de la limosna se puso frente a mi, sin dudarlo, tomé todos los billetes que estaban en mi cartera y los entregué sin más.

La persona que recogía la limosna no se percató de la cantidad de dinero que entregué pues el recipiente en el que se deposita tiene una forma de saco que permite meter la mano hasta el fondo del mismo sin dejar expuesta la cantidad que se está recolectando.

Así fue… entregué todo el dinero que tenía previsto para usarlo en muchas otras cuestiones diciéndome a mi mismo: “Me abstendré de ellas, no pasa nada”.

Acto seguido, me quedé mirando mi cartera literalmente vacía. Lo había entregado todo.

Pero algo brincó en el interior de la misma. Resulta que hace varios meses había guardado dentro de ella, en un compartimentos casi oculto, una pequeña hojita que me había encontrado en alguna otra Iglesia con la siguiente inscripción:

“¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mi todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada  como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos. Cierra los ojos del alma y dime con calma JESÚS, YO CONFÍO EN TI.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en mi. Reposa en mi y deja en mis manos tu futuro. Dime frecuentemente JESÚS YO CONFIO EN TI.

Lo que más daño me hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices JESU YO CONFIO EN TI no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo. YO TE AMO.

Si crees que las cosas empeoraron o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos el alma y confía. Continua diciéndome a toda hora JESÚS YO CONFIO EN TI.

Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. CONFIA SOLO EN MI.

Así que no te preocupes, echa en mi todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre JESÚS YO CONFIO EN TI y verás mi gran misericordia. Te lo prometo por mi amor.

Amén”

Admirado de haberla vuelo a encontrar, tomé esta hojita entre mis manos y la leí una y otra vez. Recé leyendo cada una de las palabras que decía esta oración tratando de tomar plena consciencia de lo que trataba decir cada frase. Me dejé de preocupar por el dinero que ya no tenía en mi cartera y me di cuenta que tal vez este me había estado estorbando para poder llegar a algo más valioso que igualmente se encontraba ahí mismo, la petición de Dios hacia mis de que no me preocupar más, que ahora él se encargaría de todo.

La misa prosiguió y yo seguí con ella.

Al terminar el ritual y tras las palabras de gracias finales,  sentí otro impulso similar al que había experimentado con el del dinero…

-“¡Confiésate!”-

Y  sin pensarlo más, acudí a la sacristía para alcanzar al sacerdote que había celebrado la misa y le pedí que me confesara. Así lo hizo.

Al terminar regresé a casa y seguí con mis actividades cotidianas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero el sentimiento de angustia que originalmente me había llevado a pedir ayuda a Dios… ¡Desapareció!

Comencé a sentir como una nueva fuerza para sostenerme por mi mismo ante el embate de lo que anteriormente era producto de mi debilidad.

La espina se había salido de mi corazón y yo parecía estar sanado. No es que mis problemas todos se hubieran solucionado, pero si me daba la impresión de que ahora contaba con un nuevo ímpetu para afrontarlos. A partir de que salí de esa confesión, me sentí mucho más preparado para luchar nuevamente.

Me gusta pensar que esa es la magia de Dios. Respondiéndonos en una mayor medida que nuestra propia respuesta hacia Él. Yo decidí en un momento entregarlo todo y Él me respondió de regreso. Así es Él, jamás se deja ganar en generosidad.

Estoy contento de saber que el dinero que di se ha de estar usando en alguna obra que Dios dispondrá mejor que yo. Tal vez mi angustia fue un medio para llevar un recurso a quien más lo necesitaba. No lo se. Lo que si me queda claro es que esta oración que volví a reencontrar en mi cartera es muy cierta, probablemente la más cierta de todas.

De hecho, tan convencido estoy de eso que llevo varios días rezando únicamente a la voz de: JESÚNS YO CONFIO EN TI.


Semana Santa

1 abril 2012

Ha llegado ya la semana más importante del año para los católicos.

En lo personal, siempre en esta semana procuro acercarme especialmente al sacramento de la confesión… ¡Vaya que lo necesito¡ Ser católico no implica ser perfecto, más si ser perseverante.

Debo reconocer que mi vida espiritual suele estar llena de rachas. Existen momentos en que mi actividad espiritual está corriendo a cientos de kilómetros por hora y también hay ocasiones en que mi alma pareciera estar atorada en un fango denso y profundo.

Pero, es justo en está última situación, que el riquísimo sacramento de la reconciliación me saca una y otra vez del atasco espiritual.

Es como si cada vez que acudiera al confesionario mi ser literalmente cargara nueva gasolina. Sentir que en verdad Cristo no se atora en mi pasado sino que me valora por mi futuro es una motivación maravillosa.

Por eso, en la Semana Santa reflexiono especialmente en mis errores (graves y no tan graves) y se los presento a Cristo. Él los toma y los traslada a su cruz en donde habrá de llevar no solo mis faltas sino las de toda la humanidad.

Esta idea, la de un Jesucristo no juzgador sino redentor, es probablemente la que más me conmueve en esta temporada. A Él no le importa que tanto peso le pongan mis faltas a la Cruz que está a punto de cargar. Al contrario, pareciera que me pide que no deje nada en mi interior.

“¡Dámelos todos! Yo me encargo…” es lo que me dice.

Si la humanidad en verdad supiera lo que Dios hizo por nosotros en su crucifixión, creo que de manera inmediata nos volcaríamos a los pies del Salvador y le diríamos:

“¡Gracias mi Señor! En verdad… ¡Gracias!”


Miércoles de ceniza

10 marzo 2011

Ayer fue miércoles de ceniza…

Yo atendí con mi familia a recibir la señal de la cruz a la Iglesia que está enfrente de mi casa. Las calles de enfrente del templo fueron cerradas pues es costumbre en nuestro país (y me imagino que en mucho otros países también) que en este día se instalen a las afueras de las Iglesias pequeñas ferias (juegos mecánicos) y puestos de comida que sirven para congregar a los asistentes a la celebración del inicio de la Cuaresma. Todo esto con el objetivo de proponer una amena convivencia familiar.

Pero como sea que cada parroquia decida celebrar este día, lo importante es recordar que la Cuaresma nos lleva a meditar que el alma y el cuerpo deben de entrar en una etapa de preparación para vivir la Semana Santa (40 días de preparación espiritual)

En especial a mi me resulta más fácil asumir compromisos (físicos y espirituales) durante estos 40 días que en el año nuevo. La imagen de Jesús en el desierto me ayuda mucho a querer imitarle sobreponiéndome a las tentaciones del cuerpo y del espíritu.

Así que antes que nada, ayer aproveché para confesarme pues tener el alma tranquila y limpia es indispensable para poder dominar los retos del cuerpo.

Les invito a que ofrezcan de todo corazón a Dios su arrepentimiento sincero por los pecados cometidos y sobre todo una sincera intención por buscar la santidad día a día.


Los siete pecados capitales

6 abril 2010

¿Quieren un gran consejo para preparar una buena confesión? Apóyense de los pecados capitales. No, no estoy diciendo que practiquen los pecados capitales, tan solo les digo que los utilicen como guía en el análisis de su alma.

Dejen explicarme un poco más…

Si uno examina a conciencia todos los actos de pecado que cometemos a lo largo de nuestra vida y en el día a día de nuestro peregrinar en la búsqueda de la salvación, nos percataríamos que todo el mal que hacemos tiene como fuente alguna de estas siete semillas de cizaña: gula, pereza, ira, vanidad, envidia, soberbia y lujuria.

Son la raíz de todo pecado. Son los motores que, en el interior de todo ser humano, nos hacen caer una y otra vez. Nos arrastran hacia el mal que no queremos y nos alejan del bien que añoramos. Los siete pecados capitales son el origen de nuestra debilidad y de todas nuestras ofensas hacia Dios y hacia los hombres.

Así que cuando te encuentres preparando tu mente y tu alma para confesarte te sugiero que te hagas las siguientes preguntas:

¿He pecado de gula? (Desorden en el comer y el beber)

¿He pecado de pereza? (Desorden en mi forma de descansar y no ser militante)

¿He pecado de ira? (Desorden en el control de mi temperamento y falta de caridad ante el prójimo)

¿He pecado de vanidad? (Desorden en la imagen que debo de tener sobre mí mismo)

¿He pecado de envidia? (Desorden en mi apego a lo material y lo mundano)

¿He pecado de soberbia? (Desorden en mi relación con Dios)

¿He pecado de lujuria? (Desorden en mi búsqueda de placer)

Como se podrán dar cuenta, y así los he querido exponer, los pecados capitales no son otra cosa que un desequilibrio de lo que debería de ser orden y armonía y no lo es.  Por eso les podríamos conocer también como desórdenes, ya que son el producto de la falta de una estructura que organice y acomode rectamente nuestra tendencia hacia lo bueno y lo malo. ¿Y en quien podríamos encontrar mejor esta recta guía que en Cristo nuestro Señor? Él y solo Él nos sabe ordenar.

Recuerdo que alguna vez en dirección espiritual se me comentó que, de hecho, si uno desea simplificar todavía más el tema, podríamos decir que todos nuestros defectos dominantes son producto de dos pecados nada más: soberbia y pereza, ya que estas son la madre de todas las demás. Y yo me atrevería a decir que, de las dos, la primera es la más peligrosa. ¿Por qué? Pues por que la soberbia fue la que motivó a nuestros primeros padres en la tierra (Adán y Eva) a morder la manzana prohibida. La soberbia es la que expulsó a Lucifer del cielo y lo convirtió en el príncipe del mal. La soberbia es la que puede hacernos creer que Dios no es tan necesario después de todo.

Quien cree que pude y debe de estar por encima de Dios, está caminando completamente en la dirección opuesta.

Así que, simplificando una vez más, esta podría ser la pregunta única y básica de toda reflexión de conciencia:

¿Me estoy acercando o alejando de Dios?

Por eso, analizar nuestros actos a la luz de los 7 pecados capitales ayuda mucho, ya que nos recuerda que la fuente de nuestro mal obrar siempre es la misma: olvidarnos de quien quiere el bien por encima de todas las cosas, olvidarnos de Dios.


Buscar la gracia

5 abril 2010

Ayer, cuando me acerqué a la última misa del día, la de las 8:00 pm, para buscar aprovechar la ceremonia para encontrarme a un sacerdote en el confesionario de la Iglesia me percaté que este… ¡estaba vacío! Se me informó que aparentemente durante esa misa no iba a haber confesiones. (Los sembradores son pocos y la mies es mucha)

¡No puede ser! Me dije a mi mismo. Prometí que me iba a confesar como propósito de Semana Santa y resulta que no podré cumplirlo en tiempo. Ya había asistido a misa en la mañana y también me había resultado complicado encontrar a un sacerdote disponible para confesarme, así que pensé que durante la noche si lo conseguiría.

Junto al confesionario, existe un pequeño cuarto de oración con una imagen de la Virgen de Guadalupe, así que me dije a mí mismo: “Pues aunque sea a pedir perdón en oración frente a mi madre”, y me arrodillé frente a su dulce presencia y empecé a orar con penitencia. Después de presentar mis disculpas por los pecados cometidos contra su hijo, recé un misterio del rosario y me dispuse a abandonar el recinto no sin antes pedirle que intercediera por mi para poder confesarme prontamente en los próximos días.

Estaba yo en las escalinatas que comunican a la Iglesia con la calle cuando pensé: “¡Un momento! ¿Y si busco yo ir la gracia en vez de esperar a que esta venga a mi? ¿Lograré algo? ¿Qué puedo perder?”

Sin pensarlo me dirigí a la sacristía ubicada en la parte trasera del altar y esperando no interrumpir los preparativos de la misma que estaba por iniciar pregunté: “¿Hay algún sacerdote que me pueda confesar?” Sorprendidos por mi repentina aparición en este lugar, el párroco de la Iglesia me comentó: “Yo te confieso, pues quien oficiará esta última misa será otro sacerdote, ya que me  tengo que retirar a otro compromiso”. Acto seguido me dirigió a una pequeña sala de estar que se encontraba cercana a la sacristía y con toda atención escuchó mi confesión.

Wow… que bien! Misión cumplida. Mi conciencia está renovada una vez más. Tan sólo hacía falta preguntar si alguien me podía ayudar, en vez de asumir que no se iba a poder lograr por los medios tradicionales. Como dice mi esposa, si ya tienes el no, pues ahora ve por el sí.

Las gracias de Dios se buscan, no se esperan así nada más.  Dios nos dice, ayúdate que yo te ayudaré.


Mi propósito de Semana Santa

29 marzo 2010

En esta Semana Santa tengo un propósito muy decidido. Me quiero acercar el sacramento de la confesión de la mejor manera posible.

Ya en anteriores ocasiones he expuesto algunos consejos para realizar una buena confesión, así que pienso poner dichos consejos en práctica hoy más que nunca.

Así que voy a agarrar papel y lápiz y me voy a poner a escribir todos mis pecados… ¡Adiós pena y adiós vergüenza! La intensión es llegar bien preparado al confesionario para que no quede lugar a dudas de que quiero recibir el perdón de Dios.

Si en esta semana vamos a conmemorar el acto de amor más grande que la humanidad haya visto, no me pienso quedar sin hacer algo al respecto.

Es por esto, mi buen amigo Jesús, que para agradecerte lo que has hecho por mi, quiero humildemente, dedicarte  mi arrepentimiento sincero por todos y cada uno de mis pecados.

¡Cristo, amigo, nos vemos en el confesionario!


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