DxD (edición especial)

20 octubre 2010

Quiero contarles un secreto.

Si han sido más o menos constantes en el seguimiento de mi blog (lo cual les agradezco de sobremanera), se habrán dado cuenta que tengo un especial interés en el tema del matrimonio. Incluso publico periódicamente ciertos consejos para hacer detalles que mantengan renovado el amor en la pareja. En la sección que he titulado como DxD (Detalle x Día) comparto detalles y regalos creativos que he llevado a cabo para enamorar a mi esposa todos los días.

Pues bien… eso esta muy bien. Reconozco que me gusta ser detallista con mi esposa y eso es parte de lo que nos mantiene a ella y a mi enamorados e ilusionados todos los días, pero aún falta por compartirles el DxD que en mi matrimonio hizo la diferencia. Uno que puso los cimientos definitivos de lo que hoy mi esposa y yo somos como pareja.

Debo empezar diciendo que este DxD no lo hice yo, sino más bien mi esposa y la considero como una de las más grandes muestras de fe y amor hacia mi.

Se los platico…

Cuando faltaban escasos dos meses para casarnos, y tras un largo noviazgo de 7 años, mi esposa decidió que tenia que ofrecerle a Dios un detalle muy significativo en agradecimiento de habernos ayudado a perseverar juntos tanto tiempo. Así que un día me dijo:

“Voy a ofrecer 30 días de comunión seguidos por nuestro futuro matrimonio”

Esto me lo comunicó por vía telefónica pues, por razones de trabajo, yo me encontraba viviendo fuera de la ciudad.

“¿En serio?” Le contesté yo “¿Y crees poder lograrlo?”

“Pues por lo menos lo voy a intentar…” Me argumentó.

Así, sin más preparación espiritual que la de querer hacer algo por Dios, comenzó a comulgar día tras día.

Su gran capacidad de lucha y fortaleza interior la llevaron a cumplir poco a poco la misión. Todos los días mi niña, aún siendo estudiante de universidad, buscó maneras de acudir a misa para recibir a Cristo en la Eucaristía. Fue constante y siempre estuvo al pie del altar durante 29 días hasta que llegó el día 30 y… la promesa se tambaleó.

Por alguna razón que no recuerdo, ese día en particular le resultó imposible asistir a misa y para cuando por fin se desocupó de sus labores ya era muy noche como para alcanzar a cumplir su promesa del último día de comunión.

Eran como las 10 de la noche y ya todas las Iglesias se encontraban cerradas… “¡Todas las iglesias, más no todos los sacerdotes!” pensó para sí.

Así que se dirigió a la casa de un sacerdote para tratar de pedirle que le ayudara a cumplir con su promesa. Tocó la puerta y pidió hablar con el padre.

Un par de minutos después este se presentó en la puerta y le preguntó:

“¿En que puedo ayudarte?”

“Padre… debo comulgar el día de hoy” dijo mi esposa

“Pero ya hemos concluido las celebraciones de hoy” le comentó el sacerdote “Seguramente mañana en misa de primera hora podrás comulgar”.

“Tiene que ser hoy” replicó quien entonces era mi novia. “Es una promesa que le hice a Dios por la perseverancia de mi futuro matrimonio”

Conmovido y visiblemente emocionado por la insistencia enjundiosa de una joven por recibir a Jesús en la hostia, el sacerdote aceptó dirigirse nuevamente a la Iglesia, abrirla solo para ella y impartirle la comunión.

Mi esposa me comenta que incluso le permitió quedarse un tiempo para orar de rodillas frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe después de haber recibido la sagrada eucaristía.

“Es un gusto ver tu alegría por recibir a Cristo” le dijo el sacerdote a ella mientras se despedía.

“Mi matrimonio se lo agradecerá eternamente” concluyó quien entonces era mi generosa novia.

Así sucedió aquella noche en la que mi ahora esposa cumplió su compromiso de comulgar durante 30 días seguidos en favor de nuestro futuro matrimonio.

Les aseguro que ella y yo hacemos muchas cosas el uno por el otro para intentar construir un hermoso matrimonio. Pero lo que ella logró con esas 30 comuniones cumplidas es lo que verdaderamente cimentó nuestra fortaleza actual. Lo se.

Nunca nadie había ofrecido explícitamente por mi 30 comuniones seguidas y se lo estaré eternamente agradecido. Yo podré desvivirme en detalles constantes, ser creativo y hacer locuras por ella, pero lo que mi novia ofreció aquella vez por su futuro esposo y por nuestro futuro es, lo que en definitiva, nos sostiene hoy en día.

En verdad, un DxD en el que involucren a Jesús es el más maravilloso detalle que le pueden ofrecer a su pareja.

P.D. La Iglesia en la que recibió esa comunión número 30 aquella noche, es la misma en la que unos meses después, ella y yo comulgamos como esposo y esposa por primer vez… la misma Iglesia de nuestra boda.


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