Aprender a sentir

Acabo de terminar una experiencia por demás relevante y conmovedora, y digo conmovedora pues me ha removido las entrañas de mis emociones.

Resulta que me inscribí a un taller fin cuyo objetivo era enseñarme y motivarme a hacer contacto con mis emociones.

No, no es que yo pueda decir que soy una persona que no supiera sentir, en lo absoluto. De hecho, soy un ser humano que se define como altamente sensible y hasta melancólico (reconozco que en el cine he llorado hasta con los comerciales emotivos de Coca Cola).

Siento y mucho. Lo que sucede es que me agradó la idea de aprender que hacer con dicha forma de ser.

Y puedo decir que dicho taller fue simplemente maravilloso.

He descubierto que las emociones, al ser un elemento completamente natural en el ser humano, constituyen una fuente enorme de conocimiento y poder personal.

Somos una cultura que, desde los antiguos griegos, ha evolucionado con la idea de que la razón debe de gobernar a la emoción. Y aunque esto puede definirse como cierto, vale la pena profundizar bien en cómo es exactamente que esto debe de suceder, pues me parece que lo hemos malinterpretado.

Si creemos que el gobierno de las emociones significa opresión y evasión de los mismos, estamos en un total error. Una persona que dice no sentir pues ha logrado imponer su razón sobre sus emociones, no es una persona sana ni fuerte intelectualmente hablando, al contrario, esta idea solo demuestra lo muy alejada que está de una verdadera racionalización de las emociones.

Lo que se debe  hacer con los sentimientos es, en primer lugar,  identificarlos (ponerle nombre a cada emoción), posteriormente permitir que se manifiesten y, entonces si, finalmente tratar de leer lo que dicha emoción nos quiere decir.

Cuando un sentimiento se manifiesta en nuestro interior, este es un indicativo de algo.

Cuando nos sentimos ansiosos, enojados, tristes, alegres o abrumados, esto obedece a que nuestro cuerpo nos está avisando sobre una realidad actual o posible. Si lo que hacemos es callar o evadir (con drogas o acciones opresoras) dichos sentimientos, entonces estaremos perdiendo una valiosa oportunidad de descubrir esa realidad que nos está activando emocionalmente.

Los sentimientos no deben de ser definidos como buenos o malos, ni como deseables o indeseables, pues estos no son objeto de juicio moral ni ético. Los sentimientos simplemente son y Dios los ha puesto ahí, en nuestro interior, por alguna razón.

Así, si te sientes triste, no busques callar la tristeza, más bien permítela salir hasta que ella misma te informe su origen. Lo mismo debes hacer si se suscita en tu persona alegría, ira, entusiasmo, depresión, miedo, etc… Deja que la emoción cumpla su función, informarte de algo que tu razón debe de atender.

Créanme, Dios no nos hizo emocionales y sentimentales por defecto, sino por una razón completamente lógica y valiosa. Aprender a sentir es probablemente una de las lecciones más olvidadas en la historia educativa del siglo XX.

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