Una experiencia muy peculiar…

Esta publicación será un poco extensa, pero me veo en la necesidad de compartir detalladamente una experiencia personal de gran relevancia.

Hace una semana fui invitado a impartir una conferencia ante un público muy especial. Se trataba de un grupo de reos que están reclusos en un centro de readaptación regional a las afueras de la ciudad.

La verdad es que en cuanto recibí la invitación de parte de una misionera que lleva varios años dedicada a evangelizar a ese sector de la sociedad, no me pude negar a tratar de vivir esa experiencia.

Debo reconocer que desde que se ingresa al penal, aun en calidad de visita, la sensación que se presenta en el corazón es bastante estrujante. Por un lado se respira la dureza en el corazón y cuerpos de quienes ahí viven, pero al mismo tiempo se puede percibir la debilidad en las almas de quienes se saben caídos y señalados por el mundo (justa o injustamente).

El motivo de la invitación que me hizo la Cofraternidad Carcelaria de México (movimiento de la Iglesia Católica para evangelizar en las cárceles) para charlar con ellos, tuvo como objetivo llevarles un mensaje de esperanza y transformación a estos duros pero angustiados seres que en tales circunstancias suelen ser relegados y olvidados.

Para ingresar, los que asistimos tuvimos que acatar ciertas normas de vestimenta como no llevar prendas blancas, azules ni negras, no usar zapatos con plataformas elevadas, ni llevar absolutamente ningún accesorio como teléfono celular, cartera, monedas ni otros objeto que no hubieran sido previamente avisados por los organizadores de la visita.

Para poder llegar hasta el lugar en donde se llevaría a cabo el encuentro con los reos, tuvimos que pasar por tres revisiones en distintos puntos de control.

Una vez dentro del reclusorio, la conferencia tuvo lugar en el interior de la capilla del centro, misma que estaba siendo rehabilitada y reparada por los mismos presos durante esos días. Un olor a pintura fresca se respiraba por todos lados. Era una capilla sencilla y muy bien cuidada.

Ahora bien… ¿Qué le puedes decir a un público tan peculiar?  ¿Qué mensaje les podría llegar verdaderamente al corazón a estos hombres que son más bien juzgados por no tenerlo?

Juro que no pude preparar mi conferencia previo a la visita por no tener ninguna pizca de inspiración al respecto. Las frases y mensajes que suelo exponer en otros foros parecían  no tener cabida ahí, en ese ambiente de prisión y poca esperanza (hay presos que tienen sentencias de hasta 200 años).

Llegué al reclusorio con apenas unas cuantas ideas de lo que podría decir, más bastante desorientado en cómo hacerlo por espacio de una hora y media que se me había asignado.

Como siempre lo hago antes de comenzar cualquier conferencia, busqué un pequeño espacio previo a la charla para encomendarme al Espíritu Santo y pedirle a Dios que me diera la sabiduría para hablar en su nombre.

“Señor, utilízame para decir lo que tu quieras que les sea dicho”

Y así fue que empecé…

Inicié mi conferencia ante los casi 6o reos que me escucharon esa tarde, agradeciéndoles y felicitándoles por  tener el entusiasmo  de tener la capilla, la casa de nuestro Señor, tan bien cuidada. Ante lo cual respondieron bastante entusiastas y orgullosos, pues se notaba de inmediato que dicho recinto les significaba respeto.

Pero después de dicha introducción, no recuerdo del todo bien exactamente qué palabras usé ni de que frases me valí para dialogar con ellos. Creo que les hablé un poco sobre  talento, vocación o algún tema similar. En serio, no recuerdo bien que palabras usé.

Más si tengo muy presente que las miradas de estos hombres jamás dejaron de dirigirse atentamente hacia mi muy ansiosos de recibir algo que nadie las había dado hace mucho tiempo: atención especial.

De hecho, lo que más recuerdo de mi charla es que, para concluirla, tomé la decisión de subirme al altar que se situaba a mis espaldas, me tomé unos cuantos segundos de silencio para mirar directamente a los ojos al mayor número de asistentes en el foro  y posteriormente les dije con voz fuerte y directa:

“¡¡Los quiero, los quiero mucho!!”

Y esto se los dije muy en serio, no como una frase más dentro de una charla de motivación, sino como una necesidad interior por expresárselos de manera especial a ellos, los rechazados del mundo. Mientras se los decía, el corazón se me exprimía de angustia por tratar de sentir lo que esos hombres llevaban en cada una de sus historias personales de vida.

Ese “los quiero” estaba cargado de todas las muestras de cariño que nadie les ofreció en su pasado  y que pudieron haber evitado que sus vidas llegaran al punto en donde creyeron que no había otra opción que el rencor y el odio para salir adelante.

Tras decirles estas últimas palabras, inmediatamente pude notar en la mirada de muchos de ellos lágrimas y conmoción. Era notorio que les había tocado muchas fibras sensibles. Algunos de ellos, con los ojos un poco humedecidos por las lágrimas, bajaron la mirada para no permitir que se notara su humana debilidad.

Es un hecho, pude haberles hablado de cualquier cosa o no haberles tocado ningún tema en particular, con esas cinco sencillas palabras hubieran bastado para que mi visita les valiera para algo.

Sin tener el ánimo de presumir nada en lo absoluto, puedo decir que esa ha sido una de las mejores conferencias que he dado en toda mi vida. Al terminar me sentí desbordado de energía y muy satisfecho por los resultados obtenidos.

Al concluir la  conferencia tuve la oportunidad de dialogar personalmente con varios de estos reos y conocer de primera mano sus historias. Pude ofrecerles algunos consejos y animarlos para que aprovecharan el tiempo que les correspondiera estar ahí para fortalecer su espíritu principalmente ayudando al prójimo.

Al salir del reclusorio muchas reflexiones me vinieron de inmediato a la mente. Sin duda aprecié el sencillo detalle de atravesar una puerta que me diera acceso a la libertad de poder dirigirme a donde yo quisiera, aprecié la posibilidad de tener acceso a una comida bien servida en casa, también valoré como nunca el baño con agua caliente que cómodamente me pude dar esa noche, pero sobre todo, valoré la posibilidad de tener el abrazo permanente de mi familia a quien llegué a disfrutar como hace mucho tiempo no lo hacía.

Le he contado esta experiencia a varias personas y las reacciones han sido muy variadas. Desde quienes se muestran interesados por conocer los detalles de esta experiencia hasta quienes me cuestionan el que le haya puesto atención a un sector de la sociedad que no tendría por que merecer aprecio alguno.

En fin, el tema es que yo tuve la oportunidad de vivir por una tarde lo que miles de personas vivirá por muchos años de su vida. No soy absolutamente nadie para juzgar el merecimiento que alguien pueda tener para perder su libertad por haber cometido un crimen. Se que la ley humana es imperfecta más necesaria. Más también sé que si Dios decidiera regresar nuevamente al mundo encarnado en Jesucristo, pasaría gran parte de su tiempo predicando en lugares como esos y a personas como dichos reos, pues quienes necesitan al doctor son los enfermos no los sanos.

Para conocer más sobre la labor evangelizadora que nuestra Iglesia Católica lleva a cabo en las cárceles en el mundo y en México pueden visitar el sitio de la Cofraternidad Carcelaria de México.

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One Response to Una experiencia muy peculiar…

  1. Laura dice:

    Felicidades por dejarte recibir see golpe de amor que es misionar en cárceles!

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