La lotería celestial (II)

Resulta que has sido elegido para pedirle cualquier cosa a Dios. Ha enviado un ángel a indicarte que tan solo debes solicitar algo y lo que pidas se te concederá al instante…

¿Qué pedirías?

Desde luego que esta situación puede sonar muy fantasiosa y llena de ingenuidad, sabemos que Dios no suele actuar así, de forma tan directa. Más bien para concedernos cosas Dios suele ser bastante más oculto y muy difícilmente se puede interpretar al instante ¿no es as?

Pues resulta que hace aproximadamente unos 3,000 años vivía un Rey llamado Salomón al que Dios le quiso conferir la suerte de sacarse dicha lotería celestial de poder solicitar cualquier cosa que deseara.

Cuanta la Biblia que cuando fue hecho rey, Dios le ofreció concederle cualquier cosa que pidiera:

” El Señor se le apareció entre sueños y le dijo: Pídeme lo que quieras que yo te lo daré…” (Reyes 3:6)

¡Wow, qué momento! Dios en su máxima expresión de generosidad directa y explícita.

Si, ya se que esto es muy difícil que se vuelva a presentar en alguno de nosotros (aunque uno nunca sabe), más me gustaría que reflexionen por un momento lo siguiente:

Ante dicha situación… ¿Qué pedirían?

Aquí algunas cosas que nos podrían venir bien…

– Un súper coche último modelo que jamás se descomponga y que sea la envidia de todos mis amigos…

– No, mejor concédeme riqueza, mucha riqueza, y ya decidiré yo que hacer con ella… (Si,si… desde luego que destinaré algo a la caridad)

– ¡Ya se! Mejor dinero no. Lo que quisiera Dios es fama y poder. Es decir, concédeme que la gente me siga y me obedezca. Estoy seguro que con esto podré lograr grandes cosas…

– Aunque pensándolo bien,tampoco estaría nada mal pedirte que me quites de en medio a ciertas personitas sin las que mi éxito profesional sería mucho más fácil…

– Pero bueno Dios, no vayas a pensar que soy un egoísta y malvado, así que para que también veas que pienso en el prójimo, mejor concédeme… ¡La paz mundial! Si eso, pero que la gente sepa que yo la provoqué  ¿sale?

Pero, y a todo esto…

¿Que fue lo que pidió el rey Salomon hace 3,000 años?

“Señor, tu favoreciste mucho a mi padre David, tu siervo, por que caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole  un hijo que se siente en su trono, como hoy sucede. Y ahora Señor, tu me has hecho rey a mi, tu siervo como sucesor de mi padre David; pero yo soy muy joven y no se como gobernar. Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso que no se puede contar, y cuya multitud es incalculable. Da pues a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quien, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?” (Reyes 3: 6-9)

La Biblia continúa el relato  con el siguiente texto…

“Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón y le dijo: Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riqueza, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar con justicia te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente como no ha habido antes de ti ni lo habrá después. Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado, que no habrá en tus días rey alguno como tú. Si caminas por mis sendas y guardas mis preceptos y mandamientos como lo hizo tu padre David, te daré una larga vida.” (Reyes3: 10-14)

Por mucho, para mi este es uno de los pasajes Bíblicos más impactantes y conmovedores. Pedir sabiduría para liderar es el acto de humildad más grande que un gobernante puede demostrarle a Dios, y al mismo tiempo es la petición más efectiva que jamás alguien podría realizar al Creador.

La sabiduría es la virtud que nos permite clarificar (quitar la venda) nuestra visión ante la verdad, ante lo que es importante y ante lo que vale la pena. El sabio lo es, no por la información que posee, sino por que entiende y sabe qué hacer con ella. El sabio no es el que más habla ni el que más predica, sino el que, incluso en el silencio, enseña mejor.

Durante el transcurso del gobierno del rey Salomón se sabe que el pueblo judío experimentó uno de los momentos de mayor prosperidad y majestuosidad de su historia. Se sabe que durante su reinado fue un gran constructor (edificó muchos templos de gran importancia, incluyendo el Templo de Jerusalén), pero también se le atribuye una gran capacidad de decidir con justicia.

Fue así, hasta que en algún momento de su vida, Salomón se olvidó de los preceptos que había prometido jurar ante Dios (apegarse a los mandamientos como lo había hecho su padre) y las riquezas y la lujuria nublaron su corazón. Al dejar Salomón el trono en manos de su hijo Roboam, el pueblo de Israel se dividió en dos a causa de conjuras económicas y Salomón, tardíamente arrepentido, se lamentó de no haber perseverado en la virtud que Dios le había concedido, lo que demuestra que no solo con pedir a Dios basta, sino que hemos de poner de nuestra parte para mantener la bendición concedida.

Desde que descubrí este pasaje histórico, mis oraciones siempre he procurado llenarlas de dos virtudes en particular: Sabiduría y perseverancia.

Por eso, hoy suelo rezar más o menos así:

“Dios, no me resuelvas mis problemas, más bien dame la sabiduría para ser yo quien sepa discernir lo que debo hacer ante cada circunstancia. Haciéndolo me darás herramientas para poder gobernarme a mí mismo, así como a las personas que me encomiendes guiar hacia ti.

Gracias Señor por no quitar mágicamente los obstáculos en mi andar, pues si lo haces jamás aprenderé a hacerlo por mi mismo y, por lo tanto, no lograré ser quien estoy llamado a ser.

Por el contrario Dios, te agradezco las resistencias que permites que me vengan en cada momento durante el cumplimiento de mi misión, pues sé que afrontándolas (a veces ganando y a veces perdiendo) me vuelvo cada día más fuerte y sabio, y eso Señor, justo eso, es lo que deseo más que nada en el mundo.

Ahora bien, si resulta que me bendices concediéndome esta virtud creadora de bien, te pido que también me concedas perseverancia para mantenerme en el bien y evitar el mal al pasar los años.

Se que soy humanamente imperfecto y  que el éxito me abruma y la derrota me tumba,  más contigo en mi interior, lo importante y no lo conveniente siempre guiará mis pasos, evitando que sea yo mismo quien interfiera con tu gran proyecto de salvación.”

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