Ser hombre (VI)

25 septiembre 2012

Ahora hablemos sobre la paternidad.

Podremos encontrar millones de blogs, sitios y herramientas sobre la maternidad, pero son prácticamente nulos los recursos sobre paternidad.

Siempre que hablo de este tema, invariablemente me remito al rol paternal por excelencia del evangelio: San José.

Sabemos en realidad poco de este personaje que fungió como padre de Jesús. De hecho, según entiendo, lo más descriptivo que podemos llegar a leer sobre José en los textos evangélicos es “que era un hombre justo”. Pero no necesitamos más. El gran brillo se lo lleva María y su rol de madre, y como hombres nos parece justo y adecuado que así sea, ya que es la maternidad y no la paternidad la muestra de amor más cercana al amor de Dios por los hombres  (Erich From “El arte de amar”). Es duro decirlo pero me parece que así es.

Como hombres no nos corresponde vivir el amor desde esa perspectiva, a nosotros nos toca asumirlo como padres, más no por esto es menos especial e importante.

Evidentemente, como hombres participamos en el acto de la concepción de la vida. Dios nos permite coocrear con Él de esta forma, más una vez concebido el nuevo ser en el vientre materno, pareciera que dicha participación biológica se pone en pausa y es reencontrada hasta nueve meses después.

Como padre de tres hijos, puedo dar testimonio que nuestro papel de hombres en este proceso de dar a luz es muy similar al que José tuvo con María en la historia de la natividad: ser acompañantes.

Y esta reflexión me da a lugar para reforzar la definición que más me gusta de paternidad: acompañante. 

Acompañamos a nuestra mujer en su proceso de cambio físico que le provoca el embarazo…

Les acompañamos igualmente en su proceso de preparación mental y espiritual previo a su nuevo rol de madres…

Durante el parto, nos limitamos a acompañarlas en el esfuerzo físico que implica este monumental suceso y…

Justo a partir de ese momento…

…empieza el proceso de acompañamiento más importante de nuestras vidas: el de un padre hacia su hijo.

Una madre se unifica con su hijo. Un padre le acompaña. Y es justo así, en un proceso de acompañamiento muy peculiar a su hijo que también recibe el nombre de amor, que le forma y le educa.

La paternidad es un estado que solo se puede entender desde adentro, es decir, viviéndolo. Cuando un hijo llega al mundo, nuestro cuerpo, mente, psique y espíritu se revolucionan por completo.

Dicen que, como hombres, al ser padres cambian nuestra prioridades; yo diría más bien que se corrigen. Un hijo es el mayor regalo de Dios para el hombre que viaja por el mundo tratando de encontrarse a sí mismo.

Dios, el padre del que emana justo esta vocación paternal, sabe mejor que nadie que un hijo es la oportunidad más sublime que existe para trascender y dejar legado en el mundo.

Nada nos llevaremos al morir, al contrario, todo lo dejaremos; más de todo lo que se quedará en este mundo, nuestros hijos serán la muestra más fiel del amor que le tuvimos a Dios en nuestras vidas.

“tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio hijo…”


Ser hombre (V)

24 septiembre 2012

Ahora hablemos de la mansedumbre.

Definámosla como la virtud que nos permite tener control sobre nuestras emociones explosivas. Si, desde luego que tiene en común con la templanza que ambas buscan regular un impulso, solo que, mientras el enfoque de esta última, es la lujuria, la mansedumbre busca regular principalmente la ira.

Como ya mencioné en anteriores entradas, el hombre es un ser cuya vocación es la protección y la consecución, para lo cual Dios le ha provisto de cualidades muy particulares: fortaleza física, capacidad en enfoque, una mente orientada a los datos y otras cualidades que hacen que el hombre se sienta especialmente capacitado para la lucha.

Pero una cualidad sobresale: la fuerza. El hombre es un ser preparado para resistir, contener y arremeter, que son las principales manifestaciones de esta cualidad. Sin embargo, esta misma fuerza le pueden llevar en múltiples ocasiones a denostar cólera, sobre todo cuando siente amenazada su “supuesta supremacía”.

En nuestro país le solemos llamar “machísmo” al denigrante fenómeno que se da en un hombre que se impone por la medio de la fuerza (física o psicológica) ante una mujer. De hecho, se dice que en América Latina el “machísmo” es un problema relevante y apremiante de erradicar.

Un hombre que usa la fuerza que Dios le proveyó para arremeter contra el objetivo incorrecto es un ser inmaduro y primitivo incapaz de gobernar su propia “hombría”.

Por eso, la mansedumbre es la virtud que, inculcada desde la infancia, lleva al hombre a entender el verdadero sentido de su fuerza: proteger para enaltecer. Si el hombre es fuerte, lo es por que Dios ha querido que sea la columna que sostiene la estructura de la vida, más no para que sea el martillo que la destruye.

Un hombre que se increpa y encoleriza con facilidad es, a todas luces, un hombre falto de formación y carácter.

Así, la mansedumbre tiene como objetivo que el hombre regule su fuerza, su carácter, su poder para ponerlo al servicio de los demás y no de él mismo.

Mansedumbre viene de “manso” y bien podemos recordar que el mismo Jesucristo nos llamo a ser “mansos y humildes de corazón” (Mt:11-29), por que sabía mejor que nadie que los grandes hombres no son quienes demuestran gran fortaleza física sino espiritual.


Ser hombre IV

21 septiembre 2012

Ya hemos hablado sobre la templanza y la mansedumbre como las dos virtudes especialmente importantes a inculcar durante la formación de un hombre.

Profundicemos un poco en la primera…

La templanza, sin hacer uso de terminologías muy complicadas, la podemos definir como la capacidad de decir “no” o “si” cuando el deber así lo exige.

Un hombre templado es aquel que, ante la tentación, tiene la “hombría” de decidir lo correcto y no solo lo conveniente o placentero.

Y en el matrimonio y la vida en pareja, se da el campo ideal para poner a prueba esta virtud.

No es extraño que la mayoría de las infidelidades en un matrimonio se produzcan del lado masculino de la pareja, pues es el hombre quien más es sensible a los arrebatos carnales.

Hace un tiempo supimos en nuestro país de un grupo de jugadores de fútbol que, encontrándose en medio de una gira deportiva de gran importancia, cayeron en la tentación de organizar una fiesta en su hotel a la que invitaron a sexoservidoras. To esto a pesar de que muchos de ellos eran esperados por sus esposas e hijas al regreso de su viaje.

Al haberse hecho público este suceso, los jugadores fueron separados del plantel y las distintas reacciones de la prensa no se hicieron esperar. Algunos hablaban de la indisciplina de los jugadores, otros medios se enfocaron en el castigo que deberían de recibir e incluso, como era de esperarse, hay quienes dijeron que no había existido nada malo en dicha acción perpetrada (pregúntenle a sus esposas para saber si piensan lo mismo…)

Más nadie hablo del grupo de jugadores que no participaron en la fiesta.

Seguramente fueron igualmente invitados a participar, más ellos optaron por no hacerlo.

En ningún medio de comunicación fueron elogiados ni reconocidos. Hubiera sido increíble escuchar en cadena nacional que hubo un grupo de jugadores que, ante la tentación, supieron decir “no”. Hombre también, igualmente débiles y sensibles, más con un temple mejor forjado.

Los hombres sabemos perfectamente bien lo muy difícil que resulta decir que “no” ante una situación en la que la mayoría del grupo dice que justo lo contrario. Sobreponerse a la presión de un grupo en el que pretendes ser aceptado es muy difícil, más no imposible.

Si, el hombre es especialmente carnal y sensual por naturaleza, más no significa que esos deban de ser los impulsos que le gobiernen.

Quien lo debe de hacer es la recta razón que, bien entrenada, tiene que ser capaz de sobreponerse al llamado siempre placentero pero engañoso de las sirenas.

Eso es la templanza, la virtud que le permite al hombre lograr el autogobierno en medio de la tempestad.


Ser hombre (III)

18 septiembre 2012

¿Que los hombres no somos sensibles?

Pongo en duda esta creencia (o mito) en estos mismos instantes.

Los hombres somos altamente sensibles, lo que sucede es que, además de ser especialmente vulnerables a cierto tipo de sentimientos muy diferentes que los que acontecen de manera regular en las mujeres, es un hecho que somos poco expresivos de los mismos.

Pero de que sentimos…¡vaya que sentimos!

La muestra de ello se encuentra  al asomarnos un poco al acontecer de la historia de cualquier nación. Cientos de guerras, anécdotas y desmoronamientos de imperios se han suscitado simplemente por que hombres gobernantes fueron presas de sus emociones y sentimientos.

Pero de entre todos los sentimientos que en el hombre se pueden despertar provocados por estímulos externos, son dos los que, de hecho, más conmoción le provocan, a tal grado que suelen ser la causa de la pérdida de todo autogobierno, lo que de manera muy usual, es la fuente de muchos de sus problemas. Dichos sentimientos son: enojo y sensualidad, sentimientos muy carnales y poco racionales.

Un hombre  incapaz de controlar responsablemente especialmente estas dos emociones,  será presa segura de las mayores de las tentaciones mundanas. Hambre, sexo, placer, poder, son los grandes disparadores de estos sentimientos y solo el hombre de carácter bien forjado, es capaz de sobreponerse a sí mismo, a su propia naturaleza caída.

Si, la sensualidad (nacida de la lujuria) y el enojo (nacido de la ira), son los dos grandes grilletes de la masculinidad.  Los hombres solemos tener muchos momentos de gran tentación a lo largo de nuestras vidas que se nos presenta con especial intensidad de la mano de estas dos depredadoras. Vencerlas suele ser la demostración más fuerte de amor del hombre hacia Dios.

Pero en esta lucha Dios no nos ha desprovisto de armas. Para el hombre que desea escudarse y forjar su alma contra el acecho del enemigo, el Creador ha infundido en su ser dos grandes virtudes que resultan especialmente imperantes: la templanza y la mansedumbre.

Al educar y forjar el carácter de un infante hombre, es especialmente importante cuidar que se siembren estas dos virtudes en su raíz. La templanza servirá para poder  proteger el alma del hombre ante los embates de la lujuria y los placeres carnales y la mansedumbre para poder regular su explosividad.

Ambas virtudes, bien fundadas, representan un blindaje ideal para velar por la santidad del hombre que se desenvolverá en este mundo.


Ser hombre (II)

14 septiembre 2012

Ser hombre

Pues bien, hablemos de ese singular personaje lleno de testosteronas conocido como “El hombre”.

De principio resulta muy interesante reconocer que siempre se le ha identificado como el “sexo fuerte“, más desde que dejó de ser indispensable la caza de animales al interperie para la sobrevivencia humana, a todas luces esa descripción requiere de una actualización.

El hombre es un ser que, en muchos sentidos, se encuentra a la deriva de su intuición, que de por si es bastante débil. Pareciera que el actuar de un hombre se asemeja más al de un animal depredador que, al tratar de conseguir su preza, da tumbos y vuelcos falto de toda delicadeza.

Es verdad, la delicadeza y el detalle no se nos da en lo general. Somos más bien orientados al destino que al camino, el cual podemos cambiar con mucho más pragmatismo que una mujer. Somo cuadrados, serios, analíticos y especialmente toscos. Pero más que ver dichos adjetivos como debilidades, optemos por entender que Dios nos hizo así por razones muy específicas.

Nuestra vocación principal ha sido, es y seguirá siendo el de ser proveedores de los nuestros.

Ya sea en una medida u otra, el hombre está dotado física, emocional y mentalmente para crear y conseguir. Es nuestra principal ansiedad, la de conseguir a como de lugar.

Por tal motivo, virtudes como fortaleza, templanza, sobriedad y prudencia nos resultan especialmente necesarias de cultivar pues de no ser dominadas, correremos el riesgo de dejarno llevar de más por nuestro principal instinto cazador.

Es así que, explicado por esta peculiar vocación, el hombre ha sido creado para la acción y el resultado. Es de lo que hablamos entre pares una y otra vez: conseguir, conseguir y conseguir.

Si, el hombre es un ser principalmente fuerte y analítico. Cualidades que no solo lo distinguen de la mujer, sino que
además le permiten complementarse con ella en la misión de llegar juntos al cielo.


Ser hombre…

11 septiembre 2012

Tratando de buscar si en Internet existía algún blog, portal o recurso que estuviera cien por ciento dedicado a promover la formación de nosotros los hombres (género masculino), me encuentro con la desagradable sorpresa que prácticamente no hay nada que valga la pena.

Prácticamente todo lo que se encuentra sobre hombres en la red nos refiere a temas sensuales y carnales, pero casi nada que hable de virtudes y formación masculina.

Uno puede navegar por cientos de portales y blogs dedicados a las mujeres y sus innumerables etapas de vida (empresarias, mamás, compradoras, amigas, etc), más casi nada hay destinado a consejar de manera directa a quienes conformamos la otra mitad de la población.

Por tal motivo, he decidido dedicar algunas publicaciones en este blog a tal asunto. El objetivo será hablarle sin tapujos a nosotros, los padres, empresarios, amigos, socios y, sobre todo, “hombres” del mundo.

Al mismo tiempo, seguramente las mujeres que me lean podrán encontrar de mucho beneficio acercarse a la tan singular perspectiva masculina.

Así, espero poder aportar algo en la formación de quienes tenemos la gran responsabilidad de sostener con justicia, fuerza y templanza el amor humano en este planeta.


Mujeres… ¿desarrollo profesional o familiar?

10 septiembre 2012

El mundo cambia. Esa es la única constante.

Y con los cambios nos vienen nuevas costumbres y perspectivas. Y me atrevo a decir que son las mujeres quienes han visto revolucionado su ámbito femenino más que cualquier otro en los último años.

Antes, unos 30 o 40 años atrás, era muy común que las mujeres optaran por quedarse en casa para dedicarse a su familia, principalmente al cuidado de los hijos. Hoy, la tendencia ha cambiado por completo.

Las mayoría de las mujeres está decidiendo que también es posible desarrollar una carrera profesional de manera paralela a sus compromisos familiares, y esto les ha exigido a ellas mismas replantearse de nuevas y diferentes maneras. Y esto no siempre ha sido fácil.

Recién descubrí una estadística que menciona que en nuestro país por primera vez el porcentaje de mujeres que se matriculan en la universidad es mayor que el de hombres.

También a nivel mundial, el número de empresarias aumenta año con año, y no se diga el de mujeres que ocupan puestos de alta dirección en compañías multinacionales.

Es una realidad, la mujer es el agente emergente económico del siglo XXI. Su participación en la productividad de las naciones le ha dado un nuevo tinte al desarrollo económico global. A mi parecer favorable.

Pero… ¿y el tiempo y la dedicación al ámbito familiar?

Una encuesta entre empresarios hombres a quienes se les preguntó ¿cual había sido la mayor dificultad que enfrentaron al iniciar su propio negocio? reveló que en primer lugar se encontraba el miedo a fracasar y el segundo el financiamiento para iniciar. Esta misma pregunta se le hizo a mujeres empresarias y respondieron que la primer dificultad que tenían era la de poder armonizar sus distintos roles como empresaria, madre de familia y  esposa.

¿Que opinión tengo yo al respecto?

La resumo en esta frase…

“Una mujer tiene toda la libertad de decidir cuanto tiempo destina para estar  en casa o no (trabajar o no), pero a lo que jamás  debe renunciar, como pilar de una familia,  es a construir un hogar…”

Y es que casa y hogar no son sinónimos. Casa es un lugar físico, mientras que hogar es un valor universal.

En efecto, si una mujer decide trabajar o no, montar una empresa o no, ser ejecutiva o no, es una decisión a la que nadie debe atreverse a etiquetar como buena o mala. La circunstancias, el temperamento y el ámbito social y familiar en el que se desenvuelve cada mujer hará de esta una elección muy personal y singular.

Sin embargo si una mujer ha decidido que, como parte de su plan de vida, está el formar una familia entonces, trabaje o no, jamás podrá desprenderse de la obligación de construir y aportar todos los elementos necesarios para que dicha familia posea un hogar, entendiendo como tal, el núcleo de valores y sentimientos que toda persona requiere para poder sentirse amado por los suyos en un ámbito muy especial pensado por Dios.

Toda mujer, madre de familia y esposa, tiene la alta responsabilidad de ofrecer el ambiente idóneo para que los valores y las virtudes de quienes integran su núcleo familiar se puedan forjar. El orden, el respeto, la amistad, el servicio al prójimo, la tolerancia, la templanza, la justicia, la fe y todo lo que hace que un ser humano se dirija a Dios, son elementos que no pueden verse sustituidos por un mejor ingreso económico, por mejores escuelas de paga, mejores coches, viajes y todo el tipo de cosas que vienen como consecuencia del éxito laboral.

Por eso el criterio siempre deberá ser: primero un mejor hogar y luego una mejor casa.

Personalmente admiro a una mujer que en estas circunstancias decide hacer a un lado su desarrollo profesional y dedicarse a tiempo completo a construir su hogar. Creo que este es uno de los actos de amor más grandes de una mujer para con los de su sangre y los resultados suelen ser siempre muy favorables a largo plazo.

Pero también existen numerosos ejemplos de mujeres que, habiéndose incorporado de manera exitosa al ámbito laboral, también nos han demostrado que es posible tener hogares bien edificados. Tomar la decisión de tener un pie en ambos mundos, el familiar y el profesional, exige una gran disciplina y orden, pero no es imposible.

Ser mamá y esposa no es antagónico con ser empresaria o trabajadora. Muchas mujeres hoy lo saben bien.

Así que, siendo esta una decisión sumamente personal, yo solo me limito a volverles a ofrecer mi consejo: primero un mejor hogar y luego una mejor casa. Sin que esto signifique, vuelvo a insistir, que solo dejando de trabajar se pueda conseguir lo primero.

Pareciera pues que edificar un proyecto profesional exitoso, una familia llena de valores y además velar por la propia santidad es el nuevo reto del siglo XXI para nuestras queridas mujeres.


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