Ser padre…

Cuando uno solo vive el rol de “hijo” es muy difícil entender muchas de las posturas de un “padre”.

Al inicio de la vida el papá es probablemente la figura más admirada de todo el universo. Uno, de niño, quiere igualar el heroísmo paterno, ese que se presenta en cada momento de nuestras incipientes vidas. “Papá es lo máximo”, “Yo quiero ser como él” escuchamos decir a nuestro pequeños infantes.

Pero pasa el tiempo y de pronto se nos viene el rol de “adolescentes” y la figura paterna adopta una nueva perspectiva. Papá yo no es el héroe de la infancia ni el súper hombre a seguir. De hecho, por alguna extraña razón, se empieza a convertir en todo lo contrario. Papá empieza a ser un molesto e incómodo supervisor cuya función aparente es la de perjudicar nuestra propia forma de ser. “Déjame en paz” ,”Tú no me entiendes” son expresiones que salen imprudentemente de nuestra boca en la juventud.

Pasa el tiempo, crecemos, y estas visiones radicales de heroísmo y antagonismo dejan de tener sentido cuando los hijos pasamos al rol “profesional”.

Aquí papá es una figura bastante igual a nosotros, empezamos a notar que es un ser humano tan falible como lo somos nosotros también. Sonreímos ante el recuerdo del héroe que alguna vez vimos y empezamos a entender que como nos vemos, él se vio y como él se ve, algún día nos veremos.

Y en esta situación podemos estar por varios años hasta que un día sucede algo que cambia por completo nuestra visión de la paternidad: nos volvemos padres nosotros mismos. Y ahí todo empieza de cero. Nuestro rol de “hijo” se confunde con el rol de “padre”.

Al sucederemos este milagro se nos viene a la mente justo ese camino que nosotros recorrimos con nuestros viejos… “héroe”, “villano”, “ser humano” y no nos queda más que voltear a ver a nuestro propio padre, ahora convertido por nosotros en abuelo, y comenzar a verlo de una manera muy peculiar: “de igual a igual”.

Reflexiono todo esto pues en estos momentos de mi vida estoy convertido en el héroe de tres pequeños que me ven con gran entusiasmo y alegría. Me esperan todos los días en casa y se desviven por imitar lo que yo hago a cada momento. Me encanta, si, pero también me avisa que ahora el rol que alguna vez juzgué, para bien o para mal, me toca asumirlo y  permitir que la historia se repita. Me inquieta.

Esa es la grandiosidad de la naturaleza humana… predecible pero al mismo tiempo misteriosa.

Y es entonces que sucede algo muy extraño.

Aquel hombre que empezó siendo súper héroe en nuestra infancia y a quien nosotros mismos nos encargamos de arrancarle la capa en la adolescencia, al ser padres le volvemos a reconocer que jamás dejó de serlo. Viviendo el rol de la paternidad nos percatamos que, aunque  no lo quisimos aceptar, nuestro propio padre jamás dejó de ser súperman.

Gracias papá!!!

 

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