De pescadores a apóstoles

El otro día reflexionaba sobre la siguiente cuestión…

¿Qué ha de haber sucedido en la vida de aquellos pescadores que Jesús encontró en la orilla del río que los transformó en apóstoles?

Mira que transformar el corazón de un pescador en el de un apóstol no es cosa sencilla.

Los pescadores (al igual que aquellas personas que laboran en las industrias primarias) suelen ser personas muy enfocadas en su oficio. Muchos de ellos adquirieron esa profesión más por herencia y necesidad que por convicción. La preparación formal que reciben quienes practican estas actividades profesionales suele ser escasa o nula. Todo se aprende sobre la misma marcha del ejercicio profesional. Normalmente quien nace pescador… muere como pescador.

Por eso pienso que algo grandioso debió de haber pasado en el interior de los corazones de esos hombres del mar, que les transformó completamente.

Piensen por un momento…

¿Qué tendría que suceder para que de repente lo dejaras todo y decidieras dedicar tu vida a una causa distinta?

¿Qué tendría que acontecer en tu interior para que dejaras lo que estás haciendo justo en estos momentos y te lanzaras a conquistar el mundo para Dios?

Estos pensamientos son lo que me intrigaron durante unos días…

“Mira que dejar tu oficio habitual y cambiarlo por uno de martirio y cruz… ¡Que cosa!”

Y después de un tiempo, la respuesta la encontré en el Espíritu Santo.

¡Claro! Fue el Espíritu Santo el que cambió los corazones de aquellos pescadores temerosos y pequeños y los transformó en los hombres bravos y grandiosos que  leemos en “hechos de los apóstoles”. Solo el Espíritu Santo lo pudo hacer así. La transformación radical de un corazón solo se logra con una fuerza de esa magnitud.

Así, partiendo de esta conclusión fue que decidí poner mucho más atención a la siguiente oración que suelo rezar siempre que comienzo alguna actividad:

“Ven Espíritu Santo,  llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos en fuego de tu amor. Envía tu espíritu creador y renovarás la faz de la tierra. Oh Dios, que has querido iluminar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre del bien y gozar de su consuelo, por Cristo nuestro Señor. Amén.”

Siempre la he rezado de manera habitual pero ahora, tras esta reflexión, me hace mucho más sentido. Esta oración es una invocación literal al Espíritu Santo para que convierta nuestro corazones mortales y tibios en unos capaces de transformar la faz de la tierra.

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