Sobre el amor…

30 octubre 2010

Estaba leyendo un libro de frases célebres y me encontré con una que especialmente llamó mi atención…

“Ama a los demás por lo que son, no por lo que quisieras que fueran”

Estas palabras tienen mucho poder en cuanto a que hacen referencia a lo que es el amor verdadero.

Si tu medida del amor eres tú mismo, corres el riesgo de querer que todo ser humano, para merecer tu amor, se tengan que adaptar a cómo tu quieres que sean.

“Para que te ame debes de ser lo que yo quiero que seas”

Esto por todos lados es incorrecto.

Nada más en contra del amor que la imposición.

El amor, por el contrario, es el término más sublime de la aceptación del otro tal y como él es.

“Te amo… seas como seas”

Esto definitivamente es más fácil de decir que de hacer. Pero los grandes santos nos dieron muestras de que esto es más que posible.

Quiero que piensen por ejemplo en Santa Teresa de Calcuta. De todos es conocida su gran labor altruista en todo el mundo, pero lo que no reflexionamos muy a menudo es que esta santa no destinaba su amor y cariño únicamente a las personas que se ajustaban a su modelo particular de ver la vida. Aunque ella era ferviente amante de Jesucristo y de su Iglesia, nunca pidió que las personas que recibían su ayuda humanitaria también lo fueran.

Es más… basta este dato  para decirlo todo.

Si bien la tradición cristiana propone una manera particular de enterrar a los muertos, cuando una persona moría en alguna de sus casas de asistencia alrededor del mundo, la madre Teresa le daba sepultura no según su propia concepción católica de la vida, sino respetando las creencias particulares que la persona que había fallecido tuvo durante en su vida. Hacía que se les enterrara bao los ritos de su propia religión. ¡Esto es amor!

Nunca una imposición ideológica será muestra de amor. ¡¡¡¡N U N C A!!!!

Nunca decirle a una persona: “Debes de ser como yo quiero que seas” será muestra de amor.

El amor nos invita a reconocer el valor de una persona por el simple hecho de serlo, no por lo que hace o deja de hacer. Y más aún, aunque lo que hagan vaya en contra de lo que yo haría en una misma situación.

Dicho lo anterior te pregunto…

¿Eres capaz de amar a un asesino? ¿Amas a la persona que te traicionó? ¿Puedes ver el valor de una persona que se droga? ¿Te permites amar a la amistad incómoda de tu hijo? ¿Ese colaborador tuyo que tanto te desespera… recibe tu rechazo o tu cariño? ¿Cual es tu actitud ante los que no creen en lo que tu crees?

Y por último pregúntate…

¿Podrías amar a quienes te van a dar muerte en la cruz?

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¿Cual fiesta eliges?

27 octubre 2010

Buen video corto sobre la vocación sacerdotal…

Me quedo con esta frase…

“¿Quién le puede enseñar de felicidad al que inventó la felicidad?


Lo que verdaderamente importa… (II)

23 octubre 2010

Sigamos con la reflexión del día de ayer sobre nuestro juicio final.

Entonces, en tu juicio final, una vez que te hayas enfrentado a “la pregunta de preguntas”

“¿Cuanto has amado?”

…te verás en la necesidad de profundizar en lo siguiente

¿Cuantas veces perdonaste?

¿Cuantas veces pediste perdón?

¿Cuantas de las almas que están en el cielo lo están por causa tuya?

¿Cuanto bien hiciste?

¿Cuantas almas rieron y se alegraron por tu causa?

¿Cuantas veces me demostraste tu amor… (Dios)?

¿Cuantas lágrimas consolaste?

¿Cuantos matrimonios apoyaste?

¿Cuantas enfermedades curaste?

¿A cuantos enemigos amaste?

¿De qué tamaño terminó el músculo de tu corazón por ejercitarlo en el amor?

¿De cuantas almas se compone la escalera que te trajo hasta aquí?

¿A cuantos niños educaste en la verdad?

¿Cuantas vidas defendiste?

¿Cuantas verdades asumiste?

¿Cuantas amistades enriqueciste?

Muchas preguntas podrían seguirse haciendo… pero como ya mencionamos todas servirán para explicar una sola…

“¿Cuanto has amado?”

La razón de la importancia infinita de esta pregunta es relativamente simple…

Verás, las personas que entren en el cielo se dedicarán a hacer eternamente una sola cosa… ¡AMAR!

Así, si se aprendió a hacerlo en la tierra, la consecuencia inmediata será que se está preparado para hacerlo en el eternidad. Si, por el contrario, nunca se ejercitó esta capacidad en la tierra, en el cielo se estará imposibilitado para poderlo hacer a su máxima potencia.

El cielo es, si me permiten expresarlo así, el lugar en donde habremos de aplicar de manera definitiva el amor que pudimos practicar en la tierra.

Dios nos abrirá las puertas de su cielo para amar… no para otra cosa.

Amar es lo único que habremos de hacer el el paraíso. Amar como jamás habremos de poder hacerlo aquí en la tierra. Para lo cual hará falta llegar con el corazón más que listo para amar al ser más “amoroso de todos”: al mismo Dios.


Lo que verdaderamente importa… (I)

22 octubre 2010

Amigo lector, quiero que te imagines por un instante cómo será el momento de tu juicio final…

Imagina que estás de frente a Dios y alrededor de Él se ubica toda su corte celestial (ángeles, arcángeles, querubines, santos,etc…)

El análisis de tu vida… de toooooda tu vida está a punto de comenzar.

De la decisión que se dictamine en esta corte dependerá si tu destino eterno es disfrutar del amor pleno, total y sublime de Dios o, por el contrario, quedar marginado de esta dicha.

Muy bien… ahí estás, de frente y expectativo a tu momento de inflexión eterno.

Piensa por un instante…

¿Qué crees que se te preguntará?

¿Qué es lo que más peso tendrá a la hora de ponderar las acciones de tu vida?

Es en este momento cuando los hombres hablarán por sí. Tendrán la oportunidad de expresar y dialogar sus razones para la eternidad.

Muchos apelarán a su riqueza material.

“Señor, dime cuanto cuesta el cielo y con gusto pagaré el precio… tan solo dime la cantidad”

Otros tratarán de apelar sus talentos personales para abrirse una posibilidad.

“¡Vamos Dios!… Tú sabes lo mucho que valgo. Sería un error no tomarme en cuenta ¿estás de acuerdo?”

Habrá quienes por primera vez se encuentren en la necesidad  de pensar en Dios…

“Pero…. ¿en serio existías? Que esto de la religión… ¿no era un invento?”

Muchos se verán en la necesidad de usar argumentos tardíamente terrenales…

“Dios… déjame hacer unas llamadas, contactar a unos amigos para ver si puedo arreglar algo…”

Ante todos estos argumentos, Dios y los seres espirituales que ya le acompañan en el cielo se quedarán escuchando… Con toda la atención de su misericordia te dejarán hablar y argumentar todo lo que tu creas conveniente.

Pero al final, una vez que hayas terminado tu exposición humana, te harán una sola  pregunta…

“Ya has hablado… ahora la única cuestión que verdaderamente importa… ¿Cuanto has amado?”

No existe otro parámetro. No hay más variables en la ecuación… Todo dependerá de este único y simple elemento: el amor.

Todos pasaremos por esta pregunta. Esa es la llave del cielo.

De lo que seamos capaces de contestar en ese momento sobre esa pregunta, dependerá nuestro destino eterno.


Una oración muy poderosa…

21 octubre 2010

Existen oraciones que nos ayudan a hablar con Dios Padre (el Padre nuestro). Otras nos llevan a dialogar con nuestra madre celestial (Ave Maria). Otras nos recuerdan y refuerzan nuestra fe (El Credo). Pero existe una en especial que ha transformado corazones, salvado vidas y traído paz al mundo como ninguna otra…

Yo la escuché por primera vez cuando mi padre acudía a AA (Alcohólicos Anónimos) a liberarse de su adicción al alcohol. Mi padre, quien poco a poco se ha ido convirtiendo a la fe a lo largo de su vida, ha llevado esta oración desde entonces marcada en el alma y si bien no la reza precisamente todos lo días, si que la vive en todo momento.

A esta oración se le conoce como “La oración de la serenidad” y pareciera que tiene un poder curativo impresionante.

Presente en cada una de las sesiones de AA a lo largo del mundo, este simple pero poderoso rezo ha logrado curar el alma de millones de personas. Yo mismo he sido testigo de testimonios que avalan esta conversión.

No es una oración de origen católico (la escribió el teólogo y politólogo protestante Karl Paul Reinhold Niebuhr en 1943) pero su uso ha sido aceptado por prácticamente todas las manifestaciones de fe del mundo.

La oración tan solo pide es que aceptes que no estás solo, que existe una fuerza superior (a la que algunos llamamos Dios) que es capaz de ayudarte en tus problemas más graves. (Créanme cuando les digo que el alcoholismo ha sido y será uno de los problemas más graves de nuestra humanidad y curarlo no es poca cosa)

La considero como  una oración que tiene la capacidad de conmover a Dios, es decir, de lograr que Él se mueva por nosotros.

La oración completa dice así…

“Dios, dame la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar;
Valor para cambiar las cosas que puedo;y sabiduría para conocer la diferencia.

Viviendo un día a la vez;
Disfrutando un momento a la vez;
Aceptando dificultades como el camino a la paz;
Aceptando, como hizo Él, este mundo pecador tal como es, no como yo lo tendría;
Confiando que Él hará bien todas las cosas si yo me rindo a Su voluntad;
Que yo sea razonablemente feliz en esta vida y supremamente feliz con Él para siempre en la próxima. Amén”

Aunque cada frase y palabra tienen su singular impacto, bastará con las primeras dos líneas para entender su mensaje completo.

Es una oración que nos invita a navegar en este mundo no intentando cambiarlo todo a la vez, sino un poco cada día. Pero más que nada nos lleva a aceptar que no lo podemos todo, que no lo somos todo y que nuestra debilidad es lo que, en realidad, nos define como seres humanos.

A mi me gusta pues es una oración muy humana, muy terrenal, muy de aplicación cotidiana. No habla de grandes conceptos teológicos ni de la promoción especial de alguna creencia religiosa. No, esta oración habla del inmenso poder de Dios y de la evidente fragilidad humana. Es una oración de amor.

Por eso tiene tanto poder, por que nos hace reconocernos pequeños ante el más grande de todos y este es el primer paso de la transformación. En efecto, cuando tras muchos años de soberbia por fin nos ponemos de rodillas y decimos… “Señor, ya no puedo solo, necesito tu ayuda” …es cuando todo empieza a cambiar.


DxD (edición especial)

20 octubre 2010

Quiero contarles un secreto.

Si han sido más o menos constantes en el seguimiento de mi blog (lo cual les agradezco de sobremanera), se habrán dado cuenta que tengo un especial interés en el tema del matrimonio. Incluso publico periódicamente ciertos consejos para hacer detalles que mantengan renovado el amor en la pareja. En la sección que he titulado como DxD (Detalle x Día) comparto detalles y regalos creativos que he llevado a cabo para enamorar a mi esposa todos los días.

Pues bien… eso esta muy bien. Reconozco que me gusta ser detallista con mi esposa y eso es parte de lo que nos mantiene a ella y a mi enamorados e ilusionados todos los días, pero aún falta por compartirles el DxD que en mi matrimonio hizo la diferencia. Uno que puso los cimientos definitivos de lo que hoy mi esposa y yo somos como pareja.

Debo empezar diciendo que este DxD no lo hice yo, sino más bien mi esposa y la considero como una de las más grandes muestras de fe y amor hacia mi.

Se los platico…

Cuando faltaban escasos dos meses para casarnos, y tras un largo noviazgo de 7 años, mi esposa decidió que tenia que ofrecerle a Dios un detalle muy significativo en agradecimiento de habernos ayudado a perseverar juntos tanto tiempo. Así que un día me dijo:

“Voy a ofrecer 30 días de comunión seguidos por nuestro futuro matrimonio”

Esto me lo comunicó por vía telefónica pues, por razones de trabajo, yo me encontraba viviendo fuera de la ciudad.

“¿En serio?” Le contesté yo “¿Y crees poder lograrlo?”

“Pues por lo menos lo voy a intentar…” Me argumentó.

Así, sin más preparación espiritual que la de querer hacer algo por Dios, comenzó a comulgar día tras día.

Su gran capacidad de lucha y fortaleza interior la llevaron a cumplir poco a poco la misión. Todos los días mi niña, aún siendo estudiante de universidad, buscó maneras de acudir a misa para recibir a Cristo en la Eucaristía. Fue constante y siempre estuvo al pie del altar durante 29 días hasta que llegó el día 30 y… la promesa se tambaleó.

Por alguna razón que no recuerdo, ese día en particular le resultó imposible asistir a misa y para cuando por fin se desocupó de sus labores ya era muy noche como para alcanzar a cumplir su promesa del último día de comunión.

Eran como las 10 de la noche y ya todas las Iglesias se encontraban cerradas… “¡Todas las iglesias, más no todos los sacerdotes!” pensó para sí.

Así que se dirigió a la casa de un sacerdote para tratar de pedirle que le ayudara a cumplir con su promesa. Tocó la puerta y pidió hablar con el padre.

Un par de minutos después este se presentó en la puerta y le preguntó:

“¿En que puedo ayudarte?”

“Padre… debo comulgar el día de hoy” dijo mi esposa

“Pero ya hemos concluido las celebraciones de hoy” le comentó el sacerdote “Seguramente mañana en misa de primera hora podrás comulgar”.

“Tiene que ser hoy” replicó quien entonces era mi novia. “Es una promesa que le hice a Dios por la perseverancia de mi futuro matrimonio”

Conmovido y visiblemente emocionado por la insistencia enjundiosa de una joven por recibir a Jesús en la hostia, el sacerdote aceptó dirigirse nuevamente a la Iglesia, abrirla solo para ella y impartirle la comunión.

Mi esposa me comenta que incluso le permitió quedarse un tiempo para orar de rodillas frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe después de haber recibido la sagrada eucaristía.

“Es un gusto ver tu alegría por recibir a Cristo” le dijo el sacerdote a ella mientras se despedía.

“Mi matrimonio se lo agradecerá eternamente” concluyó quien entonces era mi generosa novia.

Así sucedió aquella noche en la que mi ahora esposa cumplió su compromiso de comulgar durante 30 días seguidos en favor de nuestro futuro matrimonio.

Les aseguro que ella y yo hacemos muchas cosas el uno por el otro para intentar construir un hermoso matrimonio. Pero lo que ella logró con esas 30 comuniones cumplidas es lo que verdaderamente cimentó nuestra fortaleza actual. Lo se.

Nunca nadie había ofrecido explícitamente por mi 30 comuniones seguidas y se lo estaré eternamente agradecido. Yo podré desvivirme en detalles constantes, ser creativo y hacer locuras por ella, pero lo que mi novia ofreció aquella vez por su futuro esposo y por nuestro futuro es, lo que en definitiva, nos sostiene hoy en día.

En verdad, un DxD en el que involucren a Jesús es el más maravilloso detalle que le pueden ofrecer a su pareja.

P.D. La Iglesia en la que recibió esa comunión número 30 aquella noche, es la misma en la que unos meses después, ella y yo comulgamos como esposo y esposa por primer vez… la misma Iglesia de nuestra boda.


¿Podemos demostrar a Dios?

19 octubre 2010

No soy filósofo de profesión, pero si de vocación, por lo que hoy siento que quiero darme un poco a esta tarea… (espero no abrumarlos demasiado… Si lo hago no tenga pena en decírmelo)

Muchos han sido los intentos por demostrar la existencia de Dios. Pero la verdad es una: no lo hemos podido hacer. Por lo menos no de una manera cierta y absoluta. (Digamos que no con la certeza con la que si podemos demostrar lo matemático)

Pero debemos admitir que han existido intentos bastante buenos por hacerlo.

En lo personal me agradan bastante las cinco vías de Sto. Tomás de Aquino.

Los argumentos que el santo escribió en su Suma Teológica como posibles “vías” para poder llegar a la conclusión de la existencia de Dios son los siguientes:

MOVIMIENTO: Es evidente a los sentidos que las cosas en el mundo cambian. Todo lo que se mueve, es movido por otro algo. Si buscamos la causa de movimiento de algo siempre encontraremos que detrás existe un motor que lo origina (en la naturaleza algo siempre es movido por algo). Así, dado que las causas de movimiento no pueden ser infinitas, por lo tanto debe de existir un primer motor de  todo. Ese motor es Dios.

CAUSA: Es evidente a los sentidos que las cosas son causadas por algo. Nada es causa de sí mismo. Esto quiere decir, que nadie puede crearse a sí mismo de la nada. Así, dado que las causas  de las cosas no pueden ser infinitas, debe de existir una primer causa de. Esa primer causa es Dios.

CONTINGENCIA: Es evidente a los sentidos  que una cosa no puede “ser” y “no ser” al mismo tiempo. Para que algo sea requiere de un “necesario” que lo provoque. Así, dado que los seres necesarios no pueden ser infinitos, debe de existir un Ser absolutamente necesario. Ese ser necesario en Dios.

PERFECCIÓN: Es evidente a los sentidos que en la naturaleza existen grados de perfección. Dado que lo perfecto, no puede tener su origen en lo imperfecto. Debe de existir un ser absolutamente perfecto. Ese ser es Dios.

ORDEN: Es evidente que en las cosas existe un orden. Para que algo tenga un orden, debe de existir una inteligencia que las ordene. Dado que no podemos encontrar la causa del orden en el infinito. Esa inteligencia que dio lugar al primer orden se encuentra en Dios.

Com podrán darse cuenta, Sto, Tomás se valió de la lógica filosófica para intentar ir de lo que podemos percibir (sentidos) a lo que podemos entender (razones). A este tipo de pensamiento para tratar de explicar lo universal (Dios) partiendo de lo particular (sentidos) se le conoce como pensamiento inductivo.

Todos hemos conocido a personas que tienen como lema “hasta no ver no creer” y que utilizan este argumento para sustentar su ateísmo.

A mi parecer esta es una visión corta, ya que la vista (y los demás sentidos) sólo nos permiten percibir ciertos tipos de realidades (físicas) más no todas la realidades posibles. El amor, por ejemplo, no lo podemos ver, oler ni mucho menos tocar, pero aún así podemos saber que existe.

A Dios no se le explica por la ciencia. A lo mucho, esta nos puede ayudar a entender la creación, pero no al Creador. Es como si con ciencia alguien pudiera explicar las reglas del juego pero esto en nada nos explicaría algo del Creador de dicho juego.

Ahora, volviendo a la pregunta que dio lugar a esta publicación…

¿Podemos demostrar la existencia de Dios?

No con ciencia, pero si con intuición.

La primera requiere de elementos “causa” que expliquen elementos “efecto”. Es decir, para poder explicar científicamente algo, requeriremos tener elementos previos que nos ayuden a explicar cómo pueden estos dar lugar a un segundo o tercer elemento posterior. ¿Pero que sucede cuando lo que estás intentando explicar resulta que no tiene elementos previos? Pues que no podrás explicarlo con ese método.

Ahora bien… la intuición, que es una parte poco atendida de la inteligencia, nos ayuda a “comprender” cosas que no necesariamente tienen una causa precedente en sí, como pueden ser valores universales, principios humanos… Dios.

Ahí donde la ciencia ya no tiene alcance, la intuición humana si puede llegar.

Por ejemplo, los hombres sabemos, sin que nos lo hayan tenido que explicar, enseñar o demostrar que “hacer el bien y evitar el mal” es algo verdadero. ¿Cómo lo sabemos? por intuición natural. De la misma manera el ser humano sabe, sin necesidad de demostración previa, que “tratar al prójimo como le gustaría que le trataran a sí mismo” es una principio universal. Esto lo sabemos por intuición, no por ciencia.

Así, Dios es posible ser explicado por intuición, pues esa misma intuición nos lleva a quien creo esa misma intuición.

Eso fue lo que intentó hacer Sto. Tomás con sus cinco vías, tratar de hacer uso de su intuición lógica para poder explicar por qué la existencia de Dios es necesaria para el “ser”. Y si es absolutamente necesaria, entonces debe de existir.

En conclusión, para poder saber que Dios existe, no requerimos ser grandes científicos, sino simplemente grandes “seres humanos” per se. El poder saber que Dios existe no depende de un tratado científico lleno de fórmulas numéricas y logaritmos, no. A Dios se le puede comprender desde la simple perspectiva de la intuición.

Ahí, en lo más profundo de nuestro ser, sabemos que existe…. que Él siempre ha existido.


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