Ser un buen padre

Esta noticia de que voy a ser papá por tercera vez, me a puesto a meditar mucho en el tema de la paternidad.

No me considero en absoluto un papá perfecto (¿Quien si podría hacerlo?) pero si puedo decir que soy alguien que constantemente se cuestiona sobre cómo lo hago todos los días.

Como buen hombre (estadístico y con tendencia al rendimiento) podría pensar que debería de existir un “índice de rendimiento de la buena paternidad”. ¿Cómo sería este índice? ¿Qué tendríamos que medir para calcularlo? Sería acaso el número de horas dedicadas a un hijo en el día, o el número de hijos graduados de la universidad, o por que no mejor el porcentaje de cumplimiento de metas personales por hijo, o mejor nos vamos por la cantidad de hijos casados y felices. Mmmmm… No creo que nada de eso ayude del todo.

Creo que lo que debería de medir este índice (si es que esto pudiera ser medido) para saber si uno es un buen padre tendría que ser el “nivel de  acercamiento o alejamiento de cada hijo a su propia vocación”. Para mi eso lo diría todo.

Creo que mi labor como padre es y será lograr que mis hijos puedan realizar tanto su vocación universal como su vocación particular. Como vocación universal (que todos los seres humano tenemos por igual)  entendería que mi objetivo es acercar a mis hijos a Dios a través de acercarles al prójimo. Como vocación particular (el llamado único y especial de Dios hacia su persona) lo único que puedo hacer es ayudarles a encontrarla y motivarles y ayudarles a seguirla.

Muchos padres cometen el error de querer imponer una vocación a su hijo, no por intentar hacerles un daño, sino por tratar de ofrecerles un camino seguro que a estos mismo padres ya les funcionó en su vida. Pero esto solo conlleva a un desvío del camino personal y único y  da como resultado hijos que, aunque seguramente serán exitosos en lo profesional, no lo serán en lo vocacional y esto es una receta segura para la infelicidad.

Un hijo debe de encontrar y seguir su propia vocación, la que Dios le ha llamado a seguir. Sea cual sea que este fuere. Si reconocemos que Dios nos habla de manera particular, entonces debemos de aceptar de igual manera, que Él mismo le pide una vocación a cada ser humano que nace en esta tierra. La labor de un padre pues es ayudarle a su hijo a reconocer la verdad de esta voz.

Entender esto es mucho más fácil para una madre que para un padre, ya que la mujer nunca olvida, por su propia naturaleza, que la entrega al prójimo es la medida única de la felicidad. Los hombres solemos, en cambio, confundir erróneamente felicidad con dinero, éxito, fama o triunfo personal. (Tal vez por nuestro afán de poderlo cuantificar todo)

¿Cómo medir si somos buenos padres? ¡Imposible hacerlo numéricamente! El único indice que nos puede mostrar si estamos logrando esto o no, es leyendo el rostro de nuestros hijos. ¿Qué dice este rostro? “Estoy siguiendo mi camino de vida, mi vocación y me siento pleno por ello” o “Me siento perdido y no encuentro rumbo”. Papá, no tengas miedo, ve y pregúntale. Probablemente es la encuesta más importante que realizarás en toda tu vida.

En resumen, un buen padre es quien está ahí, no para imponerle un camino a su hijo,  sino para ayudarle a descubrir el suyo propio.

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