El valor de lo que no se quiere

Tengo a mis dos hijos enfermos esta semana. Ambos tienen temperatura, tos y mucha gripa. Las noches que mi esposa y yo (sobretodo ella) estamos pasando han sido francamente agotadoras.

Llevamos un par de días teniendo que levantarnos varias veces en la madrugada para intentar calmar los ataques de tos y el vómito que esta misma les provoca a alguno de mis dos hijos. Ha sido muy cansado y hasta cierto punto desesperante. Pareciera que por más que les damos medicina, cariño y descanso durante el día, las noches siguen siendo complicadas.

Nos dice el doctor que debemos de tener mucha paciencia pues las de los bronquios, son infecciones que lleva tiempo sanar.

No es fácil tener paciencia, pues nadie quiere  a sus seres queridos pasándola mal, y más si son tus hijos los que tienen los problemas en cuestión. Uno nunca quiere que la enfermedad toque a la puerta de su hogar.

Pero desafortunadamente es poco lo que el hombre puede hacer ante la enfermedad por evitarla al cien por ciento. Somos naturalmente frágiles y con esa condición hemos de vivir hasta que esta misa nos lleve a la muerte.

Pero es precisamente en “aceptar” con entereza y fe lo que no se quiere pero es inevitable, que el alma se empieza a fortalecer como resultado de dicha aceptación. No está en nosotros decidir si obtendremos todo lo que queremos en la vida. De hecho, Dios permite en nuestra vida solo lo justo y necesario, no más y no menos. La salud y la falta de ella  son condiciones que debemos de aceptar con todas sus implicaciones.

Esto es parte de la vida,  aprender a aceptar lo que no está en nosotros provocar o decidir.

La enfermedad, si bien puede dañar el cuerpo, bien llevada con la ayuda de la fe produce el efecto contrario en el espíritu, tanto de quien la recibe como de quienes le acompañan: embellece y dignifica.

Mi esposa es una muestra de ello. Desvelarse por nuestros hijos, levantarse a monitorear su temperatura, calmar su llanto, ofrecer medicamentos a la hora indicada, son acciones que, si bien le desgastan físicamente, me hacen encontrarla más hermosa en su alma.

Los ojos de una madre que no duerme por sus hijos pueden verse fatigados, pero su mirada jamás recibirá daño alguno. Sus brazos podrán debilitarse, pero su abrazo se volverá cada vez más tierno. Sus piernas podrán resentir el cansancio en sus músculos, pero sus pisadas se volverán cada vez más firmes en la dirección correcta.

Esto nos lo enseñó Jesús, a quien los hombres le destrozamos el cuerpo pero jamás pudimos destrozarle el alma. Al contrario, entre más nos esforzábamos por castigar su físico, más bello y digno resplandecía su espíritu. Por lo mismo la figura de Jesús nos resulta tan brillante, pues Él aprendió a aceptar lo que no se quiere pero si tiene valor, como la muerte.

Señor, el corazón de mi esposa y el mío está cansado pero no así nuestro amor, el cual crece en la medida que nos das la oportunidad de pensar menos y menos en nosotros mismos y más y más en nuestros hijos. ¡Gracias por el darnos la oportunidad de amar!

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