Cómo un papá ateo le enseñó a su hijo a ser católico…

Crecí con un papá ateo.

No podría definir bien si era completamente ateo (no cree en Dios y por lo tanto no le busca) o más bien agnóstico (no busca a Dios porque no le conoce). El punto es que para él, sus papás y sus hermanos, Dios nunca fue un tema relevante.

Pero esto nunca le impidió desear lo mismo para sus hijos.

Verán…

Mi papá creció en el seno de una familia fuertemente orientada al trabajo. En su infancia y juventud, le tocó ser parte de la etapa más importante de industrialización de México y por lo mismo en la mente de su familia la profesión y el trabajo eran la prioridad más importante.

Mi abuela, quien tras la muerte de mi abuelo tuvo que hacerse cargo del sustento económico de sus siete hijos, solía decir… “En esta familia no hay más Dios que el trabajo”.

Yo crecí con la idea de que en casa de mi abuela, cuando nos reuníamos cada semana para convivir, no se hablaba de Dios. No por que estuviera vetado el tema, sino más bien por que nadie entendía de que trataba todo eso de la religión y por lo mismo, la política y la economía ocupaban más bien las conversaciones de todos los asistentes.

En ese ambiente creció mi papá. Un entorno sumamente orientado a lograr el éxito profesional de todos y cada uno de los siete hermanos. Mi abuela, vendiendo tortas fuera de una preparatoria, logró pagarle los estudios universitarios a todos sus hijos. Varios maestros, un doctor, un contador  público,  y con este esfuerzo a cuestas, mi papá llegó a ser ingeniero.

Así, para un niño que veía y vivía ese ambiente,  era claro que su papá no creía en Dios, o más bien no lo entendía. Varias veces les pregunté sobre esto a mis tíos (sus hermanos) y todos más o menos coincidían en la misma postura que él: Dios no existe.

Por que habrían de creer si nadie nunca les invitó a hacerlo.

Pero eso nunca influyó para que mi padre, una vez que se casó con mi mamá y tuvo a sus dos hijos (a mi hermana y a mi), quisiera la misma postura de fe para nosotros.

Si bien mi papá no podía hablarnos de Jesús, la Iglesia y el catecismo, si entendía a la perfección que sus hijos debían de conocer el amor al prójimo.

De los recuerdos más maravillosos que aún tengo de mi infancia, están las innumerables ocasiones en que, caminando por la calle con mi papá, este veía a uno o varios niños de la calle y les invitaba a comer una deliciosa hamburguesa de “Burguer Boy” (El Mcdonald´s de los 80´s).

Tengo muy clara esa imagen…. tres niños sentados alrededor de la mesa de un restaurante de comida rápida, dos de ellos con las ropas y el rostro claramente  maltratados y uno de ellos, yo,  vestido tal y como mi mamá me había deseado ver esa mañana, limpio y con tenis nuevos.

Recuerdo que mi papá, después de comprarnos a todos las respectivas hamburguesas, nos invitaba a sentar para que platicáramos algunos minutos en lo que terminábamos de ingerir los alimentos. No está de más decir que la manera en que aquellos niños solían disfrutar la hamburguesa era para mi un claro signo de que no lo podían hacer muy seguido que digamos.

Así, en este ambiente de camaradería infantil, mi papá solía invitarme a dialogar con aquellos niños para que conociera su dura realidad. Ellos me platicaban de sus vidas y yo les platicaba de la mía. Sin pena me explicaban sus razones para haber dejado la escuela y tener que pedir dinero en la calle. Yo les decía, aconsejado por mi padre, que la escuela era algo importante y que en cuento tuvieran la oportunidad debían de regresar. Hoy me queda claro que las oportunidades de que lo hicieran eran prácticamente nulas.

(Cuando uno es niño, los prejuicios y los tapujos no existen, por lo que las pláticas entre pares pueden desenvolverse sin la menor incomodidad)

Este tipo de experiencias se dieron lugar varias veces durante mi infancia. Aquel restaurante de hamburguesas era nuestro lugar favorito para convivir durante los fines de semana y en múltiples ocasiones mi papá provocó que mi hermana y yo no fuéramos los únicos niños sentados en la mesa. No recuerdo el número exacto de ocasiones en que compartimos comida con uno o varios niños de la calle, pero si se que fueron las suficientes como para dejar clavados esos recuerdos para siempre en mi memoria.

Cuando por razones de tiempo no podíamos quedarnos a comer, mi papá compraba las hamburguesas para llevar y me pedía que se las fuera a regalar en persona a aquellas familias que las agradecían sin dudar.

Así, si bien mi padre no me pudo platicar durante mi infancia de un Dios que no conocía, si tenía claro que el amor al prójimo es un conocimiento universal que puede y debe de ser perfectamente transmitido a como de lugar. Mi padre entendía a la perfección lo que significaba ser un hombre de bien.

Otro momento peculiar se dio cuando llegó el momento en que mis padres tuvieron que elegir  la escuela a la que iban a ingresar sus hijos a estudiar la primaria. Contra lo que se pudiera esperar de alguien que no cree en Dios, optaron por elegir un colegio con un sistema católico ¿Por qué habrían de hacerlo si ellos no eran en lo absoluto practicantes (mi mamá incluida)? ¿Por qué un ateo iba a elegir una instrucción del tipo religioso para sus hijos?

Tiempo después, cuando cuestioné a mi papá el motivo de dicha decisión, me respondió: “Si bien en mi educación yo crecí sin necesitar o entender a un Dios, si nos quedaba claro a tu mamá y a mí que una educación integral era algo bueno para nuestros hijos”.

Así, cuando la escuela empezó a fomentar una actividad espiritual en mi hermana y en mi como parte de su sistema de formación, mis padres entendieron que debían de ser coherentes con dichas enseñanzas. Fue entonces que mi papá, desde aquellos primero días de escuela, instituyó como una actividad prácticamente obligatoria para todos los 4 integrantes de la familia…  ¡La asistencia a misa! Una vez más, la idea de ir de la mano con las instrucciones  que nos enseñaban en la escuela fue el motivo de esta decisión.

“Si en la escuela le enseñan a mis hijos a ir a misa, nosotros en la familia seremos coherentes con dicha enseñanzas” fueron sus palabras. Y así fue que la misa se volvió parte de nuestras vidas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero hoy, a casi 25 años de haber tomado esa decisión de llevar a misa a sus hijos para cumplir con la encomienda escolar, mi padre, quien ya no tiene como motivo obligar a sus hijos a cumplir dicha actividad, sigue asistiendo a misa todos los domingos… ¡Incluso solo! Conozco su temperamento, conozco su tesón. Si algo tiene fuerte mi padre es la voluntad y la disciplina. Es de esas personas que nunca deja de asistir periódicamente a realizarse un chequeo médico y jamás olvida tomar una medicina que el doctor le receta. Cuando encuentra que algo le hace bien… ¡No lo deja jamás!

Cuando le veo ser más perseverante en las misas dominicales que incluso su propio hijo (si, debo de reconocer que muchas veces fallo) , es que empiezo a creer que, poco a poco, Dios se le ha venido esclareciendo cada vez más es su vida.

Es por todo esto que, sin tal vez pretenderlo mucho, mi padre que durante muchos años de su vida se declaró ateo, sembró la semilla de la fe en su hijo.

Hoy, mirando al pasado, le agradezco el haber tomado esas decisiones por mi. Le agradezco que, si bien el no lo iba a hacer, si quiso que alguien me hablara en mi infancia de ese tal Jesús de Nazaret.

¡Pero momento…! ¿Quien dijo que mi papá no me habló de Jesús?

Tal vez no lo hizo de la manera tradicional, pero cada vez que invitó a un niños de la calle a compartir la mesa con sus hijos, si que lo hizo. Cuando él procuró que la educación que recibiríamos sus hijos fuera orientada por el amor al prójimo, nos habló de Jesús.

En resumidas cuentas, cuando dejó de lado su propia filosofía de vida, su propio agnosticismo y su tradición familiar y entendió que la fe es parte importante en la educación de todo niño… ahí, ahí nos habló de Dios.

2 Responses to Cómo un papá ateo le enseñó a su hijo a ser católico…

  1. Irk Ley dice:

    ¡Esta historia es genial!

  2. kulerokuak dice:

    Brother, diosito y cualkier cosa divina, no son entidades reales, los milagros son reales, talvez, y su posible existencia sea un dato mas que descubrir.

    Tu papa era una gran persona, supongo, y no necesitaba de ese invento hasta que se le ocurrio meterte en ese colegio.

    Tu vida sera satisfactoria, incluyendo a ese invento, supongo, pero no es una vida coherente con la realidad de las cosas.

    Saludos.

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