La guía

¿Alguna vez han visto a un buzo sumergirse en las profundidades más misteriosas del mar?

Si uno pone especial atención en las herramientas que utilizan para preparar la sumergida, podrá notar que hay algo que nunca deberá de faltarle: la guía.

Platicando con una persona que de manera seguida se dedica a esta actividad a manera de diversión me comentaba lo siguiente:

“Tras alcanzar cierto nivel de profundidad en el oceano uno empieza a experimentar cada vez más las consecuencias que se producen por haber llegado a ese punto. La presión del agua que tienes sobre tu cuerpo empieza a permitir que, alcanzado cierto punto, ya no necesites hacer ningún esfuerzo especial por mantenerte en el fondo. Al mismo tiempo, la luz empieza a escasear y, por lo mismo, la visibilidad empieza disminuir. Así, entre más profundo quieras ir, más susceptible eres de verte afectado por un fenomeno propio de la influencia de estas fuerzas: la confusión. Muchos buzos, de hecho, pueden perder la noción de cual es la parte de arriba y cual es la parte de abajo en el agua. Y si no tienen el apoyo necesario, la desesperación los puede llevar a perderse en las profundidades del mar. Justamente aquí es en donde es imprescindible  utilizar la “La guía” que no es otra cosa más que una cuerda que, anclada por uno de sus extremos al barco que está en la superficie y el otro extremo  a tu traje de buzo, te ayuda recordar en todo momento cual es la dirección para regresar sano y salvo al punto de partida.”

Soy una persona apasionada por la lectura y la investigación, paso gran parte de mi tiempo leyendo y aprendiendo (mi profesión de entrenador de talento me lo exige). En especial suelo acercarme mucho a la Filosofía y al estudio del ser humano. ¡Reconozco que me apasiona! Pero también reconozco que esta actividad, la de la inmersión en la filosofía es, al igual que el buceo, un deporte de alto riesgo.

Si uno intenta echarse un clavado por la profundidad del ser humano y todo lo que envuelve su mundo, puede uno correr el riesgo de perder el rumbo. Nuestra historia está repleta de casos de gente que quiso profundizar en el mar del estudio y la investigación filosófica y no logró regresar a salvo al barco. Freud, Nietzsche, Lutero, Marx,  entre otros personajes se aventaron al mar sin guía y provocaron confusión.

Resultado de esta práctica sin precaución propusieron ideologías radicales que dieron lugar a sectas, movimientos, culturas y revoluciones desapegadas a la verdad.

Por eso, al igual que sucede con la práctica del buceo, yo siempre me sumerjo en mis estudios con una guía que, en caso  de que me encuentre confundido entre tanto mar de información,  me ayuda a regresar a la superficie a volver a tomar una bocanada de aire antes de seguir con mi inmersión.

Esa guía, por su puesto, es: la Iglesia.

La doctrina de mi “madre y maestra” es la que me regresa sano y salvo a la superficie. La que me protege de las falsas teorías y la que me procura las herramientas necesarias para no perderme.

Cuando he tenido dudas, acudo a mi fe. Cuando he encontrado artículos o lecturas que me ponen a reflexionar, siempre acudo a contrastarlas con lo que dice mi gran Maestra. Cuando me pierdo, ella me busca una salida. Cuando no encuentro la superficie, ella me tironea la guía.

Al igual que el buzo que se protege de los efectos de la profundidad del mar por medio de su guía, yo me protejo de las tentaciones de las falsas ideologías con mi guía… la mejor de todas: La Iglesia.

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