Cómo un papá ateo le enseñó a su hijo a ser católico…

31 mayo 2010

Crecí con un papá ateo.

No podría definir bien si era completamente ateo (no cree en Dios y por lo tanto no le busca) o más bien agnóstico (no busca a Dios porque no le conoce). El punto es que para él, sus papás y sus hermanos, Dios nunca fue un tema relevante.

Pero esto nunca le impidió desear lo mismo para sus hijos.

Verán…

Mi papá creció en el seno de una familia fuertemente orientada al trabajo. En su infancia y juventud, le tocó ser parte de la etapa más importante de industrialización de México y por lo mismo en la mente de su familia la profesión y el trabajo eran la prioridad más importante.

Mi abuela, quien tras la muerte de mi abuelo tuvo que hacerse cargo del sustento económico de sus siete hijos, solía decir… “En esta familia no hay más Dios que el trabajo”.

Yo crecí con la idea de que en casa de mi abuela, cuando nos reuníamos cada semana para convivir, no se hablaba de Dios. No por que estuviera vetado el tema, sino más bien por que nadie entendía de que trataba todo eso de la religión y por lo mismo, la política y la economía ocupaban más bien las conversaciones de todos los asistentes.

En ese ambiente creció mi papá. Un entorno sumamente orientado a lograr el éxito profesional de todos y cada uno de los siete hermanos. Mi abuela, vendiendo tortas fuera de una preparatoria, logró pagarle los estudios universitarios a todos sus hijos. Varios maestros, un doctor, un contador  público,  y con este esfuerzo a cuestas, mi papá llegó a ser ingeniero.

Así, para un niño que veía y vivía ese ambiente,  era claro que su papá no creía en Dios, o más bien no lo entendía. Varias veces les pregunté sobre esto a mis tíos (sus hermanos) y todos más o menos coincidían en la misma postura que él: Dios no existe.

Por que habrían de creer si nadie nunca les invitó a hacerlo.

Pero eso nunca influyó para que mi padre, una vez que se casó con mi mamá y tuvo a sus dos hijos (a mi hermana y a mi), quisiera la misma postura de fe para nosotros.

Si bien mi papá no podía hablarnos de Jesús, la Iglesia y el catecismo, si entendía a la perfección que sus hijos debían de conocer el amor al prójimo.

De los recuerdos más maravillosos que aún tengo de mi infancia, están las innumerables ocasiones en que, caminando por la calle con mi papá, este veía a uno o varios niños de la calle y les invitaba a comer una deliciosa hamburguesa de “Burguer Boy” (El Mcdonald´s de los 80´s).

Tengo muy clara esa imagen…. tres niños sentados alrededor de la mesa de un restaurante de comida rápida, dos de ellos con las ropas y el rostro claramente  maltratados y uno de ellos, yo,  vestido tal y como mi mamá me había deseado ver esa mañana, limpio y con tenis nuevos.

Recuerdo que mi papá, después de comprarnos a todos las respectivas hamburguesas, nos invitaba a sentar para que platicáramos algunos minutos en lo que terminábamos de ingerir los alimentos. No está de más decir que la manera en que aquellos niños solían disfrutar la hamburguesa era para mi un claro signo de que no lo podían hacer muy seguido que digamos.

Así, en este ambiente de camaradería infantil, mi papá solía invitarme a dialogar con aquellos niños para que conociera su dura realidad. Ellos me platicaban de sus vidas y yo les platicaba de la mía. Sin pena me explicaban sus razones para haber dejado la escuela y tener que pedir dinero en la calle. Yo les decía, aconsejado por mi padre, que la escuela era algo importante y que en cuento tuvieran la oportunidad debían de regresar. Hoy me queda claro que las oportunidades de que lo hicieran eran prácticamente nulas.

(Cuando uno es niño, los prejuicios y los tapujos no existen, por lo que las pláticas entre pares pueden desenvolverse sin la menor incomodidad)

Este tipo de experiencias se dieron lugar varias veces durante mi infancia. Aquel restaurante de hamburguesas era nuestro lugar favorito para convivir durante los fines de semana y en múltiples ocasiones mi papá provocó que mi hermana y yo no fuéramos los únicos niños sentados en la mesa. No recuerdo el número exacto de ocasiones en que compartimos comida con uno o varios niños de la calle, pero si se que fueron las suficientes como para dejar clavados esos recuerdos para siempre en mi memoria.

Cuando por razones de tiempo no podíamos quedarnos a comer, mi papá compraba las hamburguesas para llevar y me pedía que se las fuera a regalar en persona a aquellas familias que las agradecían sin dudar.

Así, si bien mi padre no me pudo platicar durante mi infancia de un Dios que no conocía, si tenía claro que el amor al prójimo es un conocimiento universal que puede y debe de ser perfectamente transmitido a como de lugar. Mi padre entendía a la perfección lo que significaba ser un hombre de bien.

Otro momento peculiar se dio cuando llegó el momento en que mis padres tuvieron que elegir  la escuela a la que iban a ingresar sus hijos a estudiar la primaria. Contra lo que se pudiera esperar de alguien que no cree en Dios, optaron por elegir un colegio con un sistema católico ¿Por qué habrían de hacerlo si ellos no eran en lo absoluto practicantes (mi mamá incluida)? ¿Por qué un ateo iba a elegir una instrucción del tipo religioso para sus hijos?

Tiempo después, cuando cuestioné a mi papá el motivo de dicha decisión, me respondió: “Si bien en mi educación yo crecí sin necesitar o entender a un Dios, si nos quedaba claro a tu mamá y a mí que una educación integral era algo bueno para nuestros hijos”.

Así, cuando la escuela empezó a fomentar una actividad espiritual en mi hermana y en mi como parte de su sistema de formación, mis padres entendieron que debían de ser coherentes con dichas enseñanzas. Fue entonces que mi papá, desde aquellos primero días de escuela, instituyó como una actividad prácticamente obligatoria para todos los 4 integrantes de la familia…  ¡La asistencia a misa! Una vez más, la idea de ir de la mano con las instrucciones  que nos enseñaban en la escuela fue el motivo de esta decisión.

“Si en la escuela le enseñan a mis hijos a ir a misa, nosotros en la familia seremos coherentes con dicha enseñanzas” fueron sus palabras. Y así fue que la misa se volvió parte de nuestras vidas.

No me pregunten cómo ni por qué, pero hoy, a casi 25 años de haber tomado esa decisión de llevar a misa a sus hijos para cumplir con la encomienda escolar, mi padre, quien ya no tiene como motivo obligar a sus hijos a cumplir dicha actividad, sigue asistiendo a misa todos los domingos… ¡Incluso solo! Conozco su temperamento, conozco su tesón. Si algo tiene fuerte mi padre es la voluntad y la disciplina. Es de esas personas que nunca deja de asistir periódicamente a realizarse un chequeo médico y jamás olvida tomar una medicina que el doctor le receta. Cuando encuentra que algo le hace bien… ¡No lo deja jamás!

Cuando le veo ser más perseverante en las misas dominicales que incluso su propio hijo (si, debo de reconocer que muchas veces fallo) , es que empiezo a creer que, poco a poco, Dios se le ha venido esclareciendo cada vez más es su vida.

Es por todo esto que, sin tal vez pretenderlo mucho, mi padre que durante muchos años de su vida se declaró ateo, sembró la semilla de la fe en su hijo.

Hoy, mirando al pasado, le agradezco el haber tomado esas decisiones por mi. Le agradezco que, si bien el no lo iba a hacer, si quiso que alguien me hablara en mi infancia de ese tal Jesús de Nazaret.

¡Pero momento…! ¿Quien dijo que mi papá no me habló de Jesús?

Tal vez no lo hizo de la manera tradicional, pero cada vez que invitó a un niños de la calle a compartir la mesa con sus hijos, si que lo hizo. Cuando él procuró que la educación que recibiríamos sus hijos fuera orientada por el amor al prójimo, nos habló de Jesús.

En resumidas cuentas, cuando dejó de lado su propia filosofía de vida, su propio agnosticismo y su tradición familiar y entendió que la fe es parte importante en la educación de todo niño… ahí, ahí nos habló de Dios.


Feliz cumpleaños a una fotógrafa excepcional

28 mayo 2010

¡Hoy es el cumpleaños de Laura, mi hermana!

Ella se dedica a la fotografía y tiene una perspectiva muy peculiar de la vida.

Pareciera que su vocación es transmitir la belleza del mundo por medio de una imagen, de un video, de un testimonio. Nunca había visto a una persona cargar tantas horas durante tantos años una cámara de fotos.

Debo decir que si tengo alrededor de unas 12,000 fotografías en mi disco duro es por que ella siempre acompaña a mi familia con su cámara, una parte más de s cuerpo.

Alguna vez pensó en dedicar su vida a Dios pero este le tenía una petición un poco diferente: “Llevar la palabra del amor y la belleza del mundo a través de un lente, de una imagen”

Y eso es lo que hace…

Experta en el tema de la Responsabilidad Social (tiene una maestría) tiene la firme convicción de que el ser humano debe de fijar en el amor su más grande ideal. Inconforme y reflexiva, ama a su Iglesia y le ha seguido desde siempre.

Así, que este post  sirva para felicitar a Laura, la gran fotógrafa del amor, que algún día estará mostrándole al mundo cómo se pude hablar de Dios y de su inmensa belleza con el simple ¡Click! de una cámara que ve lo mejor de la vida.

Eso es vocación…. eso es amar a Dios con tu profesión.


¿En que conviertes lo que tocas?

27 mayo 2010

De todos es conocida la historia de aquel Rey que fue dotado con el poder de convertir en oro todo cuanto tocaba, el famosísimo “Rey Midas”.

Y aunque dicha fábula tienen como objetivo principal brindarnos una lección sobre las consecuencias negativas de tener una ambición desmedida de riqueza, deseo aprovechar dicho cuento desde una perspectiva diferente.

Querido lector, te pregunto…

¿En que conviertes todo los que tocas?

Nuestro pobre amigo Midas tenía una concepción muy marcada de la vida: todo debía de ser medido por la métrica de la riqueza. Así, su más grande sueño era ser el hombre más rico del mundo. Por eso cuando tuvo la oportunidad de pedir un deseo, inmediatamente solicitó poder convertir en oro todo lo que tocara.

Pues bien, ¿Cual es tu más grande sueño? ¿Cual es tu anhelo? ¿Cual es tu métrica de la vida?

En mi caso, por ejemplo, mi anhelo más arraigado es tratar de ser el mejor formador de talentos del planeta. Y en este mismo anhelo está mi respuesta a la pregunta que recién formulé.

Yo, todo lo convierto en enseñanza, en estudio y en lección. Ese es mi don. Todo cuanto llega a mis manos, sea un nuevo proyecto, un nuevo producto, un nuevo libro, una película, una charla con un amigo, un nuevo trabajo, un programa de TV, una palabra que escucho aleatoriamente en la calle, etc… todo lo convierto en “formación”. Para mi, es una especie de obsesión aprender y enseñar, aprender y enseñar, aprender y enseñar, una y otra vez. Así, al igual que el Rey Midas, quien todo lo convertía en oro, yo todo lo convierto en “lección”.

Mi hermana, por ejemplo, es fotógrafa profesional y todo cuanto toca lo convierte en “imagen”. Para ella todo puede ser definido en instantes de belleza. Su más grande anhelo es poder dar un gran mensaje de amor en el mundo por medio de la fotografía. Siempre, vayamos a donde vayamos, irá acompañada de su cámara de fotos. Así, su don es convertir todo en“fotografía”.

¿Otro ejemplo? Mi esposa. Ella todo lo convierte en “maternidad”. Desde niña, su más grande anhelo era ser mamá y formar una familia. Sin duda alguna es la mejor esposa y la mejor madre que jamás hubiera yo podido encontrar. Y es justamente este su don, la meternidad. Todo en ella es organización, unión y entrega. Con sus amigas, platica siempre de hijos, cuando ha querido emprender un negocio, lo hizo de productos para niños, en internet navega sobre temas de “mamás e hijos”, tiene predilección por una revista en particular pues le encanta leer las entrevistas de mamás famosas y sus familias…. En fin, todo lo que toca lo vuelve “maternal”.

Es lógico. Cada quien tiene un don diferente. De acuerdo a lo que anhelas, a lo que sueñas, a lo que aspiras es lo que  conforma tu perspectiva personal de la vida. Y esa visión particular del mundo hace que cuando lo toques lo conviertas en eso que tanto sueñas. Es tu don único y especial concedido por Dios.

Por eso te vuelvo a preguntar… ¿En que conviertes lo que tocas?

Nota: Post publicado desde mi blog El Disruptivo.


El matrimonio

26 mayo 2010

Como ya se habrá dado cuenta si han sido asiduos lectores de este blog, existe un tema que me resulta especialmente importante como católico: el matrimonio.

He llegado a escuchar en un sin fin de ocasiones que la familia es la base de la sociedad. Me parece completamente cierto, pero yo me atrevo a profundizar mucho más en dicha afirmación para decir que “La pareja matrimonial es la base de la sociedad”. Si una pareja está estable, por ende la familia estará estable también.

Por eso nuestros esfuerzos deben de estar enfocados en la pareja como núcleo central de nuestro desarrollo social. El divorcio y las separaciones civiles no son una muestra de libertad legal y mayores alcances en la liberación femenina. ¡No!

Una pareja que se separa nos debería de doler más que cualquier crisis económica, tormenta o terremoto. Y, por el contrario, una pareja que se mantiene fiel y perseverante debería de ser motivo del mayor de los festejos en el mundo.

No soy partidario de juzgar y señalar a quien se divorcian, ya que la decisión y el proceso de separarse es algo tan doloroso y emocionalmente tan complejo que requiere de nuestra mayor atención espiritual. Juan Pablo II encomendó a todos los obispos de mundo que hicieran todo lo que estuviera humanamente a su alcance para no permitir que una personas divorciada se sienta excluida de la Iglesia.

Sin embargo si entiendo el por qué la iglesia no acepta el divorcio como un medio de salida fácil a un problema.

Una institución que tiene como eje fundamental el amor, no puede permitir que este se remplace por un enojo carnal o una decisión emocional. El amor, elemento principal de todo matrimonio, deberá de ser la cadena de unión eterna entre dos personas que se comprometen frente a Dios.

Mi esposa me dice todo el tiempo: “¡Creo que la gente no se da cuenta de la implicación que tiene el hacer una promesa frente a Dios!”

Si te prometo, ante Dios como testigo, entregarte mi vida eterna, es por que estoy dispuesto a dejar de pensar en mi por comenzar a pensar más en ti, a partir de ese preciso momento.

De hecho, la gran mayoría de los divorcios se producen por que alguno de los cónyugues olvida este fundamental principio:

“En el matrimonio es más importante hacer todo lo posible, y hasta lo imposible, por tener a tu pareja que por intentar tener la razón

Debemos de defender la institución matrimonial a toda costa. La Iglesia contra todos los ataques lo ha hecho siempre. No repara en promover el amor conyugal verdadero, pues haciéndolo está llevándonos a vivir justamente la caridad que el mismo Cristo nos enseñó.

Estimado lector… si conoces a algún matrimonio cercano que requiera de ayuda o de asistencia espiritual no dejes de acercarte a ofrecer tu compañía. Y, si así lo necesitas, me ofrezco a ayudar en esta labor. Todo lo que podamos hacer para salvar un matrimonio, será infinitamente agradecido por Dios en el cielo.


Mi esposa.

25 mayo 2010

Hoy, definitivamente tengo que hablar de ella…

Un hombre puede ir por la vida solo intentando cambiar el mundo, pero cuando por fin se encuentra en su camino a una mujer dispuesta a acompañarle, es que en verdad el mundo empieza a transformarse.

Debo de aceptar que en mi juventud yo nunca idealicé el tema del matrimonio. No era que no lo deseara, simplemente no era un tema que ocupara mi mente (¿Quien piensa en matrimonio a los 18 años de edad?).

Pero un día, Dios me presentó a Candice, una de las mujeres más maternales y familiares que jamás yo hubiera conocido. Hablar con ella, es hablar de hijos, de matrimomio, de familia y quedar fascinado con el tema.

De pequeña tuvo la desgracia de perder trágicamente a su padre y  por lo mismo su madre tuvo que salir en busca el sustento económico. Creció sola e independiente, pero lejos de optar por aprovechar dicha falta paterna para convertir su libertad en libertinaje (como cualquier joven hubiera hecho a su edad) ella decidió que tenía que madurar y ayudar a su mamá.

Pasó tiempos difíciles durante su infancia y juventud, el dinero no fue algo que abundara en su casa y desde una corta edad aprendió que la necesidad es la madre de todo esfuerzo.

Con un papá ausente al que no deja de llorar desde hace 27 años y con una madre enfocada en trabajar por necesidad para sacar a sus hijos adelante, Candice creció haciéndose una sola promesa: Algún día formaré la familia que nunca tuve y con la que siempre soñé.

Nunca fue muy apegada a la Iglesia, pero Dios siempre estuvo presente en su vida, protegiéndola y cuidándola del vicio. Mientras sus amigos se escapaban de sus casas para salir a fiestas, ella prefería ayudar a su mamá y soñar con la familia que un día formaría.

El tiempo pasó y la situación económica de su casa nunca mejoró. Y fue en un momento de tantas deudas y poca claridad en el trabajo, que Candice decidió por primera vez acercarse a quien supuestamente podía entender los problemas de una mujer maternal: María.

Parada frente de una imagen de la madre de Dios, Candice pidió la intercesión de la Virgen para que esta ayudará a su mamá a conseguir pagar sus deudas y a cambio de esto, ella prometería ir a Misionar la palabra de Dios en Semana Santa. ¡Y como a María no se le puede ganar en generosidad, ella actuó en favor de la causa solicitada y la luz se hizo para su familia!

Candice cumplió su promesa y se fue de Misiones, y aquí es cuando Dios actuó en su corazón.

La Candice que se fue en aquel camión a una comunidad marginada y lejana para hablarle a los pobres de Dios,  no es la misma que regresó.

Hablar del amor del Creador, predicar su palabra y proclamar la belleza de ayudar al prójimo le confirmaron su misión de amar a Dios entregándole su sueño más profundo: tener una familia.

Cuando la conocí pude leer esto en sus ojos. Pude encontrar desde el primer instante ese amor por el valor de la familia y como era de esperarse, nunca más la dejé ir.

Hoy, ella me ha contagiado de ese amor maternal.  Ella me enseña cada día lo importante que es tener tu centro en el hogar. Ella me ha enseñado que a Dios se le ama mejor en familia. Con ella aprendí que mi no existe un mejor apostolado que predicar a Dios en casa.

Ella, mi esposa, fue para mi la prueba definitiva de que los milagros existen… de que Dios existe.


¿Qué haces con tu tiempo?

25 mayo 2010

Supón que un día en la mañana inmediatamente al despertar encuentras al pie de tu cama una caja con $86,400 dólares.

Una nota viene anexa en la caja que dice… “Lo que hagas con este dinero es completamente tu opción, pero solo una condición tiene su uso, no puedes ahorrarlo para mañana. Lo que no sea usado, al final del día desaparecerá”

Así, puedes hacer con este dinero lo que tu desees, comprar ropa, salir a divertirte, regalarlo, tirarlo a la basura, lo que tu quieras. Al final el día,  el dinero que no gastaste, sin saber cómo ni por que, desaparece.

Al día siguiente vuelves a encontrar la misma caja con la misma cantidad de dinero y con la misma nota…

Y así sucede por todos los días durante el resto de tus vida.

¡Maravilloso! ¿No es verdad?

Este extraordinario sueño que ahora te narro, no es un cuento fantástico imposible. De hecho es más real de lo que crees. Solo cambia la palabra “dólares” por “segundos” y esta historia empieza a tener sentido por completo.

En el día tienes 86,400 segundos… ¿Que haces con ellos? Es tu decisión. Son 1,440 minutos o lo que es lo mismo 24 horas. Lo que decidas hacer con cada uno de tus segundos, minutos y horas depende completamente de ti. Lo único que sabes con toda certeza es que, el tiempo que no utilices hoy, no podrá ser aprovechado mañana. Así que…

¿Qué harás con tu tiempo?


Testimonios de seminaristas

24 mayo 2010

¿Cómo viven los seminaristas mientras realizan sus estudios?


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