Admirar las estrellas…

La semana pasada cuando asistí a misa quise confesarme ya que ya llevaba algo de tiempo sin hacerlo (Créame, para mi más de quince días sin pedir perdón son una eternidad)

Así que al ver que un sacerdote ingresaba al confesionario listo para escuchar a quienes desearan remover el lodo de su alma, me levanté de mi asiento y me dirigí a pedir perdón a Dios.

Desde luego no será este blog un medio para difundir los pecados que confesé en ese momento, pero si me veo en la necesidad de platicarles cual fue la penitencia que el sacerdote me impuso como medio para repara mi alma: admirar las estrellas.

“¿Quéeee? ¿Es en serio?” Pensé en mi interior… ¿Admirar las estrellas era mi penitencia? Más sorprendido que calmado, agradecí al padre la atención de confesarme y me dirigí de nueva cuenta a mi lugar. Con una sonrisa de incredulidad en el rostro me puse a meditar acerca de la penitencia que recién había recibido.

Normalmente las penitencias vienen en términos de oraciones, misas, rosarios, comuniones, etc por lo que me pareció bastante simpático que el sacerdote me dejara algo tan simple y diferente.

Siempre procuro cumplir de manera inmediata la penitencia tras mis confesiones (así me aseguro de no olvidar cumplirla), y dado que que la misa aún no había comenzado y era de noche, me tomé un tiempo para salir del recinto a cumplir con la encomienda pactada.

En medio del conglomerado de gente que usualmente siempre se forma afuera de las glesias antes de iniciar la misa (y que por arte de magia desaparece como por arte de magia cuando el sacerdote asoma la cabeza para ingresar en el altar) levanté mi rostro al cielo y me dispuse a cumplir mi penitencia.

La ciudad de México no se reconoce por ser precisamente un estupendo centro de observación astronómica. La contaminación que nosotros los capitalinos hemos provocado es en gran parte la culpable de que ya no podamos ver el esplendor del cielo creado por Dios. Pero por alguna razón esa noche si que se podían ver varias estrellas. ¡Increíble! Inmediatamente recordé cuantas veces hice eso mismo cuando era niño.

Pensar en mi infancia y las estrellas me llevó a recordar la vez en que salí de viaje con mis papás y por alguna razón que no recuerdo, nos vimos en la necesidad de parar el coche en medio de la carretera durante la noche. Recuerdo haber estado parado a un costado de la negra autopista aprovechando aquel momento de pausa vehícular para admirar las estrellas que en aquel punto del planeta se veían como pintadas para la ocasión. Para quienes lo han experimentado, ver el cosmos en una carretera completamente oscurecida por la noche es… ¡Simplemente espectacular!

Recuerdo que aquella noche en la carretera, teniendo yo aproximadamente unos 10 años de edad, al elevar la mirada al cielo para ver las estrellas brillar sentí…¡Miedo! Si, miedo de la grandeza del infinito. Sentí como si yo estuviera parado al borde de un precipicio del que podría caerme en cualquier momento y perderme por siempre en el mar de estrellas. Pero también recuerdo que dicho miedo… no era como los otros temores que se pueden sentir ante la presencia del peligro. Era más bien como un miedo de incredulidad, de sorprendimiento, de reconocerme por primera vez pequeño e infinito ante el universo. Era una sensación que, de hecho, no me desagradaba del todo. Más bien me provocaba cierto nerviosismo pero del que también emanaba una fuerza interior. Era ese sentimiento de estar presente, inmóvil ante un objeto millones de veces más grande que yo pero que no me haría daño. Simplemente estaba ahí, para que yo lo admirara. Esa era su función ¡Extraño, lo se! Pero así fue.

Al volver al coche para proseguir con la ruta del viaje no pude pensar en otra cosa más que en Dios. Así se debe de sentir el temor a Dios. A eso se refieren las escrituras cuando nos invitan a temer al Señor. No porque debamos huir de su poder y castigo, sino más bien porque su grandeza es tal comparada con nuestra pequeñez que la comparación entre ambos seres no puede producir otra cosa que miedo… el mismo miedo que sentí yo aquella noche al ver el cielo en medio de la carretera. Miedo a la grandeza inalcanzable, miedo a quien fue capaz de crear el infinito, miedo  a quien tiene el poder de destruir pero no lo hace, miedo a quien tiene poder sobre ti pero te deja libre. Es un miedo que te acerca al ser temido más que alejarte el Él.

Regresando a mi penitencia de admirar las estrellas, esta me llevó a recordar aquel miedo que una vez sentí en presencia del cosmos y la noche.

La peculiar encomienda dictada por Dios en voz del sacerdote, me llevó a recordar que es justamente ese ser, tan grande y maravilloso, capaz de lo imposible, que creo las estrellas y el vacío que me dieron miedo aquella noche en la carretera, ese ser es el mismo que se sienta a mi lado y me perdona mis pecados.

Ese es Dios, el que es más grande que el cosmos que Él mismo creo pero que al mismo tiempo se convierte en un pedazo de pan dando lugar al milagro de amor más infinito.

Disculpen si fui un poco abstracto en este ocasión, pero tenía que platicarles de mi penitencia, esa que que me llevó a rememorar lo que hace mucho tiempo no sentía: el miedo a mi Dios, a mi amigo.

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2 Responses to Admirar las estrellas…

  1. Candice Becker (esposa JLDZ) dice:

    A mi me encanta el cielo y ver sus estrellas porque creo firmemente que ahí están las personas que más amo y que se han adelantado…Mi estrella que ilumina mi mundo es mi Papá. Te extraño

  2. Juan José dice:

    felicidades Jose Luis, así me decía mi suegra santa que ya murió Dios ya la tiene en su gloria no lo dudo, un exelente artículo de tu vida pasada que nos ejemplifica claramente , lo que es el santo temor de Dios y su grandeza que es El que todo lo puede, Dios te bendiga a ti y a los tuyos para que Dios te siga inspirando bellos mensajes que solo El puede mandar atraves de personas comprometidas con su Hijo e inspiradas por el Espiritu Santo, en hora buena y saludos

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