Chile, Haití y… México.

Son impresionantes las imágenes que hemos visto de la manera en que un terremoto devastó Haití. Apenas nos estábamos reponiendo de esa noticia cuando ahora la naturaleza nos obligó a dirigir la mirada a Chile. Edificios caídos, olas gigantescas inundando las playas, personas durmiendo en los jardines por temor a las réplicas del sismo, compras de pánico, militares cuidando las calles. ¡Vaya que esto no es nada agradable!

Con esto no dejo de recordar el terremoto que la ciudad de México sufrió en 1985, y que sentó un precedente social y cultural en nuestro país. No lo hemos olvidado ni lo podremos olvidar jamás.

Recuerdo que yo me preparaba para asistir al colegio cuando mi mamá se percató que la puerta del coche, que estaba abierta, se movía de una manera muy extraña. Inmediatamente dirigimos la mirada a las lámparas que colgaban del techo y ratificamos que el movimiento era producto de un sismo bastante potente que estaba tomando lugar  en ese momento. Nos pusimos debajo del marco de una puerta y esperamos, llenos de angustia, que el fenómeno terminara pronto. Cuando así sucedió, recuerdo que mi mamá nos dio a mi hermana y a mi una cucharada de azúcar para calmar los nervios. ya un poco más calmados en la familia, mi mamá nos llevó al colegio sin la menor idea de la magnitud de lo que había sucedido en otros puntos de la ciudad.

Al llegar a colegio, este nos recibió  sin ninguna objeción (tampoco habían valorado aún la magnitud del problema) y recuerdo que todo se reducía a rumores y anécdotas de lo que cada quien había sentido esa mañana. Como ere de esperarse, al irse conociendo minuto a minuto durante el día la gravedad del desastre provocado por el sismo, se dio el aviso de que el día siguiente no regresaríamos a clases hasta nuevo aviso.

A mi a a mis familiares no nos pasó nada, gracias a Dios, pero lamentablemente cientos de miles de mexicanos no pueden decir lo mismo. Aquel día el Señor llamó a 40,000 almas a su lado. Prácticamente todo la región aledaña al centro histórico de la ciudad se vino abajo.

Es ante estos momentos que se suele escuchar “¿Por qué Dios lo permitió?” o “¿Esto no es justo?“. Y en efecto… la justicia humana nunca lo podrá entender. Nuestro instinto de supervivencia nos lleva a proteger  y valorar la vida (ojalá  así fuera en todos los casos) y todo aquello que la pone en riesgo nos resulta inconcebible e injusto. Pero es en la oscuridad en donde mejor se percibe una luz, por muy pequeña que esta sea. Es en la tragedia en donde mejor se valora el heroísmo. Es en la enfermedad cuando más queremos buscar al médico y ¿no es acaso Jesús el mejor doctor del mundo?

Como siempre sucede gracias a la increíble adaptabilidad del ser humano, México salió adelante del sismo del ´85, como estoy seguro que Haití y Chile también lo harán.  Hoy, estas imágenes nos hacen recordar con dolor pero también con el alivio de que sí pudimos sobreponernos.

¿Cómo lo logramos? Por la gente, al final siempre es la gente, el amigo, el desconocido, el vecino o el familiar… Al final es el prójimo el que hace la diferencia. Eso aprendimos en 1985. No hay gobiernos que funcionen mejor que el amor del prójimo por el prójimo. Punto.

Quienes pusieron sus manos, aún sin ser expertos, para levantar escombros, quienes ofrecieron sus casas y alimentos para apoyar a los voluntarios, quienes organizaron los equipos de rescate, quienes cavaron entre los escombros con la esperanza de encontrar vidas… ellos hicieron la diferencia.

Elevo mis oraciones por Chile y por Haití. Dios está con ustedes… no lo duden.

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