Una experiencia de vida

Juan Hernández tiene una historia de la que podríamos hacer una película taquillera. El drama giraría en torno a la experiencia de un hombre que tras 17 años de haber estado recluido un una cárcel de Estados Unidos es dejado en libertad al lograr demostrar su inocencia. De no haberlo hecho a tiempo, Juan hubiera tenido que enfrentar el final inevitable de su condena: la pena de muerte.

 

Juan tuvo la “suerte” de contar con el apoyo de una juez que decidió re-abrir su caso tras considerar que había las evidencias suficientes para hacerlo. Tras 17 años de reclusión en espera del mortal final, una prueba de ADN comprobó lo que siempre Juan se cansó de afirmar: que era inocente.

 

Con lágrimas en los ojos, Juan jura tener la certeza de que dos de sus compañeros de cárcel, ya ejecutados, también eran inocentes. Juan recuerda que, a diferencia de la visión fría e indiferente del “sistema”, el logró ver en estos dos compañeros a unos seres humanos capaces de hacer el bien y obrar rectamente. “Me enseñaron a leer y a escribir, cuando nunca nadie me había dedicado ese esfuerzo”.

“¡No están matando monstruos sino seres humanos…!” grita al cielo.

 

Como muchos en su misma situación, Juan sufrió el abuso de un sistema judicial que se jacta de ser de primer mundo pero que no es capaz de velar por el derecho principal de cualquier ser humano, el respeto y la defensa de la vida. Al final, Juan Hernández sólo recibió un billete de 100 dólares y un par de jeans al salir de la cárcel. Nunca escuchó de nadie un “perdón por lo que te hicimos”.

 

Expongo este caso ya que actualmente en México un partido político esta invirtiendo enormes cantidades de dinero en la promoción publicitaria de una iniciativa que permitiría la pena de muerte para asesinos y secuestradores. Ya se han iniciado los debates y los foros de discusión en la cámara de diputados.

 

¿Por qué combatir el mal con mal? ¿Por qué tenemos la costumbre de proponer siempre soluciones de corto plazo y carentes de profundidad? Si Cristo vino a convertir a los pecadores hacia el bien y la verdad, no será que debemos de imitarlo para conseguir lo mismo con quienes se alejan de Él.

 

“¿Y Si fuera tu hermana, tu hija o tu madre a quien hubieran secuestrado y matado?” me dirían algunos.

Definitivamente yo, lleno de coraje y odio en mi interior, sería el menos calificado para juzgar al agresor. Así que prefiero preparar mi espíritu con oración…

Señor, por que se que soy pecador y un ser débil lleno de odio y prejuicios, te pido que si es tu voluntad que yo pase por una prueba de tal magnitud, me des la fortaleza necesaria para seguir defendiendo lo que hoy predico como tu lo hiciste en la cruz: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”

 

¡Sí a la vida! 

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