Algo lamentable…

Ayer mi esposa me platicaba acerca de una conversación que tuvo con una persona conocida que recién vivió una experiencia indeseable.

 Comentaba esta persona que decidió acompañar a una amiga suya a “librarse de un problema” que se le había venido encima: estaba embarazada. Acudieron a una clínica clandestina disfrazada bajo la imagen de una pequeña oficina de gobierno a realizar el detestable acto del aborto.

Según contaba esta persona, aparentemente todo se llevó a cabo en un lapso no mayor a 3 horas. (¿Acaso se requiere más de 10 segundos para matar a alguien?) y, cómo se podrán imaginar, todo estuvo arreglado de tal manera que la madre nunca pudo conocer al doctor que le practicó el aborto. La mamá es anestesiada de manera general y cuando despierta ya todo concluyó, sin saber con quien, cómo ni cuando estuvo. Uno le entrega la vida de su hijo a un asesino que nunca dará la cara.

 

Por evidentes razones siempre voy a lamentar la pérdida de una vida. Soy de los que entiende el valor de la dignidad del ser humano y lo mucho que vale cada persona ante los ojos de Dios. Cuando mi esposa me contaba este relato sentía como el coraje se me atoraba en la garganta, mismo sentimiento que me vuelve  abordar al escribir este texto.

 

Esto sucedió en la ciudad de Cancún, en donde abortar, gracias a Dios, es ilegal. Sin embargo, el gobierno de la ciudad de México ahora cuenta con una ley que te permite abortar “legalmente” antes de las 12 semanas de gestación del bebé (periodo en que argumentan que aún no se forma la vida) por la simple razón de que la mamá considere que el futuro bebé afecta su plan de vida. ¡Por favor,  ni siquiera saben bien a bien lo que es un plan de vida pleno y trascendente!

 

Me entristeció haber escuchado la vivencia anterior. Me hubiera gustado estar ahí, a un lado de esa chica para exponerle las enormes bondades que le hubiera implicado optar por la vida o en el último de los casos dar a su bebé en adopción ¿No acabo por entender cómo es posible que seamos una especie capaz de tal acto?

¡Dios nos mandó a morir por el otro no a matarlo!

 

Por mi parte, y lleno de tristeza, concluyo con la siguiente reflexión…

 

Viarias veces me han preguntado lo siguiente:“José Luis ¿Qué es lo mejor que te ha dejado el ser papá?” a lo cual siempre he respondido así: “El mayor regalo que un hijo te da cuando llega al mundo es que por primera vez en tu vida entiendes el verdadero significado de lo que es amar… dejar de centrarte en ti para comenzar a centrarte en el otro” Eso, en verdad, no lo entiendes hasta que lo vives.

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